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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 26/jul/2020 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
Misma acción, mismos resultados
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

Siempre me gustó ver divisiones menores. El futbol infantil–juvenil todavía muestra a esa altura la inocencia del juego y la despresurización de la competencia. Al realizarlo en forma más recreativa, el juego se dimensiona en el campo, aunque detrás de la línea de cal y del alambrado siempre exista alguien que quisiera ocupar ese lugar.

La mañana con un poco de rocío pintaba con sol bárbaro, caminé por vestuarios y me senté en la tribuna cerca de los padres. El humo de la parrilla ya estaba invitando: entonces me dispuse a ver un Villa Dálmine vs Vélez Sarsfield, categoría 2001. Cuando los niños salieron a la cancha, el aplauso bajó de la tribuna y se juntó con algún grito materno mientras se destapaba el termo con vapor de invierno.

Todo iba bien hasta que se puso mejor, el número 9 de Villa Dálmine recibió de espaldas a la altura de la medialuna, con su hombro derecho se sacó de encima al número 2, giró hacia su izquierda y en ese segundo tuvo la visión para dominar la pelota, mirar el arco y sacarse de encima al 6 que venía cerrando. La pelota infló la red.

Ese niño que no superaba los 160 centímetros hizo un gol a lo Batistuta. En una baldosa hizo equilibrio, manejó su cuerpo y miró tres cosas al mismo tiempo y en el mismo segundo: pelota, defensores y arco. Dos jugadores contrarios en el piso, una red levantada y un festejo de una obra consumada de alto nivel.

Pero no todo iba a suceder bien, Villa Dalmine perdió ese partido, creo, ocho a uno. La diferencia era el 10 de Velez. Tranquilo, hábil, con llegada, pases al pie y pases al vacío con mira telescópica. Buscador de espacios para recibir siempre, conductor y acompañante sin cinturón de seguridad, lanzado en gambeta y detenido para pensar.

Cuando terminó el partido fui hasta el baño y esperé que ese señor con el escudo de Vélez entrara casi conmigo, porque no quería desperdiciar el único encuentro que podía tener para la pregunta que se imponía:

-¿Quién es el 10?

-Thiago Almada se llama, juega muy bien. Vélez lo cuida mucho, lo van a buscar para entrenar, lo llevan y lo traen.

Nunca olvido los apellidos si me interesan y los relaciono con alguien conocido para no olvidarme. Así que me fue fácil recordarlo, más cuando asomó en la Primera del Fortín de Liniers de la mano del "Gringo" Heinze. Hoy, Thiago Almada vive el presente que se presentaba seguro en un pasado de hace poco. Codiciado por el Atlético de Madrid, el Manchester United y el Leeds de Bielsa, las notas periodísticas hablan de 18 millones de euros por él, que apenas tiene 19 años recién cumplidos.

Todos los que seguimos el fútbol actual sentimos nombrar o vimos jugar a Thiago Almada, pero lamentablemente no sabemos quién fue el 9 de Villa Dálmine, que por lo menos a mí, en esa mañana de frio y sol, me hizo ver el gol más espontaneo, creador y sorprendente que vi en inferiores. Ahora nos preguntamos dónde está la diferencia, porqué uno está en la élite del fútbol mundial y el otro, en el anonimato. Los dos de la misma edad, distintos puestos en cancha, pero talento similar para su función. Hay una parte en la formación que queda afuera, no solo es ir entrenar, bañarse e irse a la casa. Hay un afrontamiento a recursos psicosociales que quedan expuestos y que los jóvenes se irán encontrando a lo largo del desarrollo. El triángulo formador integrado por el entrenador, el jugador y fundamentalmente los padres es necesario trabajarlo para evitar la presión y el abandono temprano de la práctica deportiva. El entorno formador del desarrollo social que rodea al niño jugador es aconsejable que sea tenido en cuenta: su nutrición, sus estudios, amistades y la motivación sana exterior pasa por su vida para producirlo y formarlo tanto o más que una práctica de táctica, técnica y estrategia.

El cementerio del deporte está lleno de talentos. Muchos chicos de grandes condiciones quedaron al costado del camino por varias situaciones, pero entre el 10 de Vélez y el 9 de Dalmine, la diferencia es solo el desarrollo de todo un entorno que los modifica.

Si siempre se hace la misma acción se obtendrán los mismos resultados. Muchos entrenadores y comisiones de deportes no ven con buenos ojos a los psicólogos en vestuario. Pero ese trabajo como agente de cambio y colaborador del cuerpo técnico hoy es necesario y más en tiempos donde la socialización es estática en lo poco resolutivo.

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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