Las medias apenas asomaban por arriba del tobillo y se esforzaban para salirse de las zapatillas que ya hacían ruido en cada pisada. La pelota pesaba más de lo normal y era difícil que nos haga caso. Mi mamá siempre me cosía el número cinco en una camiseta de San Lorenzo de hilo que ya tenía varias batallas potreriles y cada trote era como llevar una mochila llena de arena. Las piernas no respondían mucho a las órdenes del cerebro y el juego cambiaba por completo.
Todo era diversión pura: no había gambeta elegante ni tampoco un "caño" fino y certero. Mucha risa nos esperaba más allá del gol casual y casi en contra. Era el momento esperado para que el error se convirtiera en diversión y no en un insulto pasajero. El juego más divertido se hacía aún más cuando se desataba la lluvia y la canchita del barrio era barro puro.
Todas las tardes de todos los días jugar a la pelota en el potrero era casi obligatorio. Nuestra experiencia de conocimiento social tenía como escenario una extensa cantidad de tierra plana para conocer el otro lado de la caverna de Platón. Si se largaba a llover estando en casa no había permiso maternal para ir a la canchita, entonces no quedaba otra que hacer los deberes que la maestra sin piedad regularmente se empecinaba en mandar. Pero lo mejor que podía pasar era que se largue el diluvio mientras se jugaba, no había nada comparable a eso, nada se parecía al picadito entre amigos en el barro.
No había jugadores clásicos con habilidades extremas, nadie se parecía al "Beto" Alonso, ni al "Bocha" Bochini. Le pegábamos de "puntín" con tal de que la pelota llegara a destino y si alguien se acercaba a aquel charco similar a una pileta de natación con agua marrón, tomábamos puntería y tiempo para caernos juntos en una diversión sucia y feliz. No podíamos perder tiempo en pasarnos la mano por la cara para secar lluvia y mezclar tierra, estaríamos perdiéndonos una actuación mágica de experimentar jugando con una textura que se daba de vez en cuando.
Al volver caminando por Urquiza, la calle todavía mostraba huellas por varios metros. En algún momento nos deteníamos para frotar las "Flechas" en algún cordón limpio o en algún pasto mojado que se ofrezca para evitar el reto esperado, quizás acompañado por una ojota blandiendo en la mano de mejor puntería. Pero el hecho ya estaba consumado: jugar un partidito en el barro nos daba la satisfacción de igualarnos en el juego, de que las reglas pueden cambiar para la diversión casi infinita, nos daba la posibilidad de experimentar lo sucio de un juego limpio. Llegar a casa y ver la cara de sorpresa de mi mamá gritando: "¡Mirá cómo viene éste! ¡Pasá, pasá, andá a bañarte ya!".
El jugar, el explorar, conocer, intentar, experimentar lo distinto y crear en la naturaleza la sensación de infinitas sensaciones emocionales, es parte de un trabajo lúdico equilibrado entre la limpieza y la suciedad que siempre debe existir para conseguir la libertad necesaria de aprendizaje. Un trabajo de ambientación y desarrollo del juego en situaciones diferentes y de cambios permite acciones de creación enormes, aunque el "enchastre" sea mayúsculo. Por eso alguien dijo: "Si tus hijos vuelven limpios a diario es que no hacen su trabajo".
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



