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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 09/ago/2020 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
Tan poco y tanto a la vez
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

Nos sentamos con el "Tanito" Petta en el escalón de entrada al zaguán de mi casa. Era de mañana muy temprano, el lechero Cozzo ya había pasado con su carro de leche fresca y también ese camión grande que vendía plumeros, escobas y canastos de mimbre. Habíamos terminado de jugar un partidito a las cabezas con la pelota de goma amarilla y marrón que me compré en la librería de "Kelo" y no era que estábamos cansados, al contrario, de jugar con la pelota nunca nos cansábamos. Es que en la arremetida trabamos fuerte y se rompió la única pelota existente. ¡La gran siete!

Estábamos en pleno entretiempo cuando mi tío Claudio, que vivía dos casas más allá, nos llamó y nos dijo: "Tengo una pelota de cuero, ¿quieren jugar!". No recuerdo haber tenido al mismo tiempo tanta velocidad y tanta alegría juntas. Quizás aquella vez cuando subí por primera vez a los autitos chocadores del "Ital Park" o cuando corrí para sentarme en la platea infantil del Viejo Gasómetro de San Lorenzo.

No tardamos mucho en elegir el juego: primero el "Tanito" fue al arco en los árboles de la casa de don Domingo, que tenían mucho pasto y estaban bárbaros para hacer una buena volada sin rasparse. El cordón de la vereda tenía mucha agua, había que estar concentrado para que la pelota no se ensuciara. Se ve que estaba pateando bastante porque las zapatillas "Flechas" azules ya estaban chorreando barro desde mis canillitas sin medias. Así que decidí, para hacerme el jugador profesional, ir a ponerme mis flamantes botines "Sacachispas" que mi mamá me había comprado en la zapatillería de Mitre y Chiclana.

Duró poco el juego, me tocó ir al arco. El "Tanito" hizo jueguito con la derecha, la levantó con el muslo de la izquierda y la agarró de volea mientras la pelota bajaba mansa por el aire. Y allí la vi venir cruzada, salpicando agua podrida del cordón, dando vueltas como la bala de un cañón en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma. Estiré mi mano derecha más arriba que mi cabeza, me incliné sacando la lengua a modo de esfuerzo y me impulsé con mi pierna derecha cuando la izquierda ya estaba en el aire. Una volada fenomenal, como las del "Gato" Marín. Pero la magia no podía ser completa, la pelota picó en el pasto de la vereda, bajó a la calle lenta y explotó bajo las ruedas de un colectivo cruel que no supo apreciar mi mejor atajada.

Nos miramos con el "Tanito", corrimos hacia ella que yacía desinflada y arrugada dando los últimos suspiros de aire. Nos echamos las culpas. Fue tuya porque no valía "fundir". No, fue tuya porque te quisiste hacer el volador y no la atajaste. Y así volvimos al umbral del zaguán, sentados más sucios que antes, tratando de armar la pelota metiendo los deditos por entre la costura descocida. Me miré los "Sacachispas" y hasta los cordones estaban negros; el pelo rubio del "tanito" mojaba sudor y tierra. Nos miramos en la complicidad del juego, escondimos la pelota y reímos. Esa mañana con el "Tanito" fuimos felices con poco, una pelota cualquiera, los árboles del vecino, unas zapatillas y unos botines de goma.

Este mes fui a comprarle zapatillas a mi sobrino, había tantas que la elección demostraba la ignorancia del tiempo que pasó. La fila se perdía dando la vuelta en el negocio. Con cordones, sin cordones, con tiritas, sin tiritas, con suela rara, con aire, sin aire. No encontré las cómodas "Flechas" y menos los queridos "Sacachispas". En una caja bonita me las entregaron envueltas en un papel más bonito. Las miré y me pregunté si era mejor la mayor diversidad para elección o la poca existencia para decidir. Con poco éramos felices, pero quizás con estas zapatillas la pelota todavía estaría nueva. Andá a saber…

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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