"Si no logramos la paz, y comienza a caer las bombas nucleares, ¿qué diferencia habrá que seamos comunistas o católicos, o capitalistas, o chinos, o rusos, o norteamericanos? ¿Quién quedará para hacer las distinciones?"Nikita Khrushchev, premier ruso (1963)
Y no se salió a la calle. Nadie intentó protestar, fue algo así como "se lo merecen". Hasta el conejo Bugs Bunny se burlaba de ellos, nos llamaba a la guerra. El océano pacifico no logró impedir que ocurriera, ni la finalización de la contienda bélica en Europa, ni el desembarco y victoria aliada, ni los avisos de informes que mencionaban su enorme poder, lo detuvieron.
El avión "Enola Gay" parte con rumbo hacia Japón sin pedir permiso a la humanidad desmembrada. Las 6 millones de personas esfumadas en campos de concentración, los 20 millones muertos en el frente ruso de combate, los 2 millones de soldados y resistencia en las filas de los aliados y millones más no verían el poder otorgado por los átomos. Esa mañana, la del 6 de agosto de 1945 se deja caer dos megatones de odio, racismo, tecnología, ciencia, venganza y supremacía. No era la humillación, fue la explosión más poderosa y jamás conocida por el hombre. El presidente de los Estados Unidos, después de sobornar a un periodista por haber descubierto el archisecreto de estado y el nombre clave de Manhattan Proyect, limpia su conciencia y demuestra al mundo su nuevo juguete.
Apuntando desde los 3000 metros de altura, una plácida mañana, Hiroshima despierta y sobre sus cabezas un ángel negro vomita sangre y aliento. La salida del sol sobre el puente que divide la ciudad es el blanco y una enorme fuerza lo quema, lo arrasa, evapora y consume a plantas, animales, hombres, mujeres y niños. Por lo alto se escucha una lágrima y el capitán recuerda a su familia y se menciona en voz de radio "dios mío, que hemos hecho". Para el Presidente fue lo justo, frenaría la guerra, el orgullo nipón, los camicaces y toda esa basura oriental que nos atacó por sorpresa en Pearl Harbour. Pero no bastó y el 9 del mismo mes se escuchó el mismo ruido a muerte, olor a fuego y Nagasaki sucumbía a la ineptitud de su emperador y el odio de los bandos. Otra bomba atómica, una de las maravillas más temidas y por lo visto, no hay vencidos porque se evaporaron, solo hay rendidos.
Nadie más volvió a usar este tipo de arma, pero se aseguran que nadie las construya para tal hecho y comienza la carrera armamentista y su famosa guerra fría. Un comentario realizado por el creador de la bomba que supera 100 veces a la lanzada en Japón, la de hidrógeno, menciona que al igual que las probadas en Arizona, siempre se especuló que un mal cálculo, la atmósfera terrestre podría llegar a explotar y hacer desaparecer toda vida biológica del planeta.
En fin, los 100000 muertos evaporados y los 300000 que siguieron por efectos de la radiación, engrosaron las listas de aquellos muertos en la guerra. Cabe aclarar que no hay otro país en el mundo, después del fin de la contienda bélica, que haya realizado una campaña de paz y democracia, como los EE.UU., mostrando su arsenal y avisando que lo usará si se piensa lo contrario. Salvo que esta vez, el resto del mundo tiene, en una gaveta de la heladera, bombas atómicas de finos poderes y millones de seres en boquiabierta posición de ignorancia, la que el hambre otorga y la falta de educación regala.
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El autor es miembro del Centro de Estudios Literarios y Periodísticos del Taller Escuela Mariano Moreno.



