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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 22/ago/2020 de La Auténtica Defensa.

Rincón del Tango:
Hoy; Julián Centeya
Por Raúl Berra







Raúl Berra


Julián Centeya

Nombre real: Vergiati, Amleto Enrique. Seudónimo: Julián Centeya y Enrique Alvarado. Poeta y letrista. (15 de Octubre de 1910 - 26 de Julio de 1974) Lugar de nacimiento: Borgo Val di Taro (Parma), Italia.

En mi opinión Centeya fue uno de los grandes personajes que sólo se dan en lo que es su hábitat natural: Buenos Aires. Como Carlos de la Púa, Celedonio Flores, Aníbal Troilo, Enrique Cadícamo, Homero Manzi y otros pocos sin olvidar a Enrique Santos Discépolo.

En la primera década del siglo XX su padre Don Carlos Vergiati fue periodista del diario Avanti, que se editaba en Borgo Val di Taro, provincia de Parma (Italia). De ideas y actividades anarquistas se vio obligado a huir del régimen fascista y se trasladó con su familia a Génova. Esa familia la integraban su esposa Amalia, dos niñas, el pequeño Amleto y un perrito llamado Cri-Cri. Julián los evoca en sus versos "Mi viejo", un lacerante relato de la decisión paterna de fugarse de Italia, el 14 de abril de 1912.

El pequeño Amleto sólo tenía algo más de un año, pero su recuerdo de ese espiro permaneció siempre vivo. Como viva permaneció la figura paterna que recaló en San Francisco (provincia de Córdoba), donde don Carlos trabajó como carpintero, ya que, su desconocimiento del idioma no le permitió ejercer su profesión de periodista.

En setiembre de 1923 se trasladan a Buenos Aires, deambulan por varios conventillos hasta asentarse en Parque de los Patricios. Amleto cursa la escuela primaria en el Colegio Abraham Luppi, en Pompeya. Su compañero de banco fue Francisco Rabanal, el mismo que con el tiempo sería Intendente de la ciudad de Buenos Aires.

En el colegio Nacional Rivadavia (esquina de las calles Chile y Entre Ríos), intenta proseguir sus estudios secundarios pero al cursar tercer año es expulsado por mala conducta. Entonces se enrola en la "escuela de la calle" y vive un tiempo cerca de Chiclana y Boedo.

Desde ese momento, comienza otra historia; la de su condición de habitante del barrio de sus amores y sus desencuentros: Boedo.

Se transforma en parroquiano esencial de aquellas veredas y aquellos adoquines que ya no están. Como también lo eran sus hermanos en el afecto Homero, Cátulo, César Tiempo y otros grandes como él. Aquel Boedo, que para Julián no nace en Rivadavia como indican los planos municipales, sino en Independencia, cruza San Juan y muere en Puente Alsina después de atravesar Chiclana. Esa fue su verdadera "via appia" que modeló finalmente su incipiente condición de porteño "pero de Boedo".

Que no haya nacido en Boedo importa poco o nada; Julián vivió (del tiempo "respiratorio" del verbo vivir) en Boedo y fue suya la aventura de transitar los paisajes que Homero Manzi devolvió en "Sur". Y así, le verseó a su barrio querido, aquel del ancho cielo compartido que un día se les haría canción.

Después deambuló por mil asentaderos familiares, pero su cuore siempre latió más fuerte en el barrio de sus aventuras y desventuras, de los reñideros y otras timbas, y el de Celina, la rubia que tanto amó.

Para Amleto, el "tanito" que en 1912 bajo del Comte Rosso sin llegar a tener dos años, recalar en Boedo fue equivalente a ver la luz la prima volta. Y es en el ámbito de esa ciudad, dentro de la gran ciudad, donde pergenia su primera milonga y adopta para sí el nombre del personaje que lo haría, para muchos, inmortal: "Julián Centeya", con música de José Canet (1938).

Y allí nace el mito, la adopción de ese contundente apodo es la partida de defunción del tano Amleto Enrique Vergiati.

El engrupe de amor que pasa por Corrientes y Esmeralda (que bien el viento en la blusa, que bien la boca pintada) lo hizo centrero. Pero sólo fue un pasajero de las luces malas del centro que no le hicieron meter la pata... ¿o sí?

Su pertinaz inclinación a la bohemia destruyó su matrimonio con Elena Gorizia Vattuone, hermana de la cancionista Nelly Omar.

"El recuerdo de la enfermería de San Jaime" fue su primer trabajo poemario (1941), firmado bajo su otro seudónimo: Enrique Alvarado. En éste incluye el tema "Sigo pensando en vos, negro" dedicado a Louis Armstrong, que luego fuera grabado utilizando como fondo de su voz el sonido de la maravillosa trompeta del destinatario del poema.

Su dominio del lunfardo, tanto escribiendo como hablando, permite la comparación sin desventaja con Celedonio, Carlos de la Púa, Daniel Giribaldi y otros.

En 1969 se publica su libro "La musa del barro", que incluye sus poemas de homenaje a Aníbal Troilo, a Juan Bertana y a Barquina ese otro fantástico personaje que, con el viejo Pepe Razzano, nunca faltaba a la cita nocturna (de "A Homero" de Cátulo Castillo).

Graba para RCA-Víctor esos poemas y otros dedicados a Arolas, Celedonio, Discépolo y otros grandes e incluye "Atorro" donde relata su gris soledad, su tristeza y su ausencia de sí mismo.

En mi opinión esta es su mejor obra. El prólogo del libro, escrito por César Tiempo, es sin dudas la más elocuente biografía de Julián.

Por su extensión escapa a la intención de este trabajo pero recomiendo enfáticamente su lectura.

Como no podía ser de otra manera, incursionó, como autor, en la temática tanguera; sus obra más conocidas son "Claudinette" con Enrique Delfino, "La vi llegar" y "Lluvia de abril" con Enrique Francini, "Lison" con Ranieri, "Más allá de mi rencor" con Lucio Demare, "Julián Centeya" con José Canet y "Felicita" con Hugo del Carril.

En su única novela, "El vaciadero" (1971), mostró la cruda realidad de los marginados, de los "quemeros", una llaga viva que aún perdura. Es coherente con su filosofía existencial cuando dice: "Para escribir hay que vivirla; si no nos acunamos en el camelo literario".

Horacio Ferrer, además de los datos biográficos ya expuestos, lo ubica "dentro de la corriente de escritores en el Boedo de 1925, que transmutó el ´sermo afanaris´ del lunfardo en literatura con dimensión de escuela y es, junto a Cátulo Castillo, Juan Carlos La Madrid y Juan B. Devoto, la figura más trascendente dentro de su promoción contemporánea".

Ferrer transcribe párrafos que Centeya incluyó en el prólogo de "La musa mistonga":"Lunfardo que me dio la calle, no leído en letras de tango ni memorizado del sainete, evadido de celdas, bulines y conventillos, en demoras de boliche, en la racalada amistosa del feca..." y continúa afirmando que Julián "más que conocedor es baqueano, mejor que habitante es materia y espíritu de Buenos Aires".

Relata también las incursiones radiofónicas por casi todas las emisoras porteñas, particularmente en Radio Colonia (con su programa: "En una esquina cualquiera") y en Radio Argentina ("Desde una esquina sin tiempo") y también sus notas para los diarios Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo y los semanarios Sábado y Prohibido.

Se nos fue una "cheno" de descuido, aquella del 26 de julio de 1974... con una sonrisa amarga y dulce a la vez, y para pintarlo entero, nada mejor que sus palabras al médico que lo asistía en el final, a quien tomando su mano le dijo: "tordo, a usted que lo aprecio tanto le dejo el triste recuerdo de ser el último que apretó mi mano, gracias y perdón" y cerró sus ojos para siempre, pensando, seguramente "si me voy piola / en el finirla está la salvada / llevo conmigo mi alma cansada / que hace diez siglos / no quiere lola."

Se nos fue... o sólo se fueron sus huesos, sus angustias y sus arrugas.


 
P U B L I C I D A D






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