Expansión o densificación, ciudades que se extienden o que se concentran con un crecimiento en altura.
La dispersión urbana hace una ciudad extendida con costos crecientes de mantenimiento y funcionamiento. Contrariamente la concentración urbana hace a la eficiencia en la explotación de los servicios y recursos urbanos. Es una obviedad plantear que la dispersión urbana es un modelo de desarrollo territorial que implica un costo accesorio importante en la economía de la ciudad. Sea en infraestructura como en mantenimiento o seguridad la dispersión territorial es un enemigo de las eficiencias operativas. Implica una cuestión de planificación diferente a los modelos compactos de ciudad. Esta discusión viene cruzando la historia del urbanismo.
Desde los Congresos Internacionales de Arquitectura moderna se discuten las hipótesis de ciudades extendidas versus ciudades verticales. La economía del suelo es un aspecto fundamental en el debate "expansión versus densificación", ya que se plantea como una de las principales razones de la pérdida de habitantes de los centros urbanos europeos.
La suburbanización por ejemplo, se debe en parte a la expulsión de la población, debida a unas rentas inaccesibles para el alojamiento de esta población. La gran ventaja de los espacios periféricos en todas las ciudades del mundo, tanto para la vivienda particular como para las empresas y las industrias, es no solamente el espacio, sino el espacio a un precio accesible. Esta hipótesis es la que rige el mundo moderno.
Pero en todos los procesos de planificación esos territorios se conciben plenamente servidos por la infraestructura básica. En nuestro caso la categorización de las "periferias" está signada por territorios privatizados (barrios cerrados o clubes de campo) donde se debe cumplir con parámetros de la Ley de uso del suelo y por ende se encuentran parcialmente o totalmente servidos y territorios degradados donde es difícil la solución de infraestructuras de servicios, que a la larga se retroalimentan en la degradación de la calidad de vida.
Paralelamente a esta cuestión, las centralidades y las periferias privatizadas, son los ámbitos donde se aplican todos los cánones de la fiscalización en uso del suelo y el control de los parámetros urbanísticos del Código o la Ley 8912. En los barrios periféricos se agrava la situación porque existe una menor fiscalización y muchas de las viviendas no cumplen con los mínimos requisitos de habitabilidad lo cual converge aún más a la merma en la calidad de vida de esos territorios.
En alguna medida parte de esa cuestión surge de la aplicación dogmática de un código que no respeta las individualidades de cada barrio. Nuestra planificación basada exclusivamente en parámetros cuantitativos desconoce las propiedades y los aspectos cualitativos de los modos de uso del suelo en los distintos barrios y sus identidades relativas.
Esto es una consecuencia del academicismo reglamentarista. Existe sí, una visión administrativa y se le adjudica al Código la responsabilidad de hacer la ciudad. El código es entonces el instrumento con el cual la voluntad reglamentaria expresa un supuesto plan sobre el territorio. La ley de uso del suelo nos decía claramente que cada municipio debía darse su plan director, y a partir de allí redefinir sus codificaciones. Un primer esbozo de ese plan de acción sobre el territorio es entender que las ciudades viven un contrapunto permanente entre dos fuerzas. La extensión urbana como sinónimo de crecimiento con calidad en relación a la disponibilidad de espacios y la relación con el suelo y la concentración como alternativa de eficiencia.
La realidad es que las zonas mejor servidas o abastecidas son las que tienen el mayor magnetismo de atracción para la oferta habitacional. Esto significa la necesaria densificación del territorio en sectores centrales. El crecimiento en altura ha traído también consigo la revisión de parámetros de calidad habitacional. Del criterio utilitario del departamento "caja de zapatos" al espacio habitacional valorizado con amenidades complementarias y superficies más generosas hay un cambio conceptual que necesita un correlato reglamentario. Esta promoción de las centralidades tiene que ver con las expectativas de confort urbano que se relacionan con las cercanías, con la calidad de servicios y con las ventajas de las accesibilidades más rápidas y simples. Esto implica que debemos pensar en un crecimiento en altura y un desarrollo vertical con calidades crecientes. Y esto ya es un paso respecto de la conformación de un plan de desarrollo.
Definir un modelo de uso del suelo en base a ciertos parámetros de aprovechamiento del espacio y el establecimiento de nuevos criterios de habitabilidad. Si el Código de Planeamiento no se adecua a esta realidad indudablemente se transforma en letra muerta y objeto de transgresiones o excepciones permanentes.
En un mundo en el cual se discute la plusvalía territorial como punto de partida para la planificación consensuada entre el poder público y los intereses privados, donde las universidades han avanzado en la especialización de carreras sobre economías urbanas y donde los conceptos territoriales ya se han discutido desde múltiples ángulos, frente a una sociedad caracterizada por el fenómeno de urbanización sostenido, nosotros, acá en Campana, no podemos abstraernos de la imperiosa discusión sobre la ciudad que queremos.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



