La afirmación de Johan Huizinga de que el juego es más antiguo que la cultura y que se distingue de la vida cotidiana hace que el fútbol sea una práctica más allá de la cultura, más antigua que su historia como deporte y que sitúa a sus jugadores -tanto profesionales como amateurs- al margen de su vida cotidiana.
La esencia y sustancia del fútbol como juego es el factor clave que hace de Diego Maradona (Villa Fiorito, Argentina 1960-2020) la encarnación más acabada y fina de un futbolista, lo que le permite trascender su propio tiempo y lugar de nacimiento. Por ello, todas las personas del mundo que alguna vez han visto -por cualquier medio- a Diego Maradona jugar al fútbol avalan el regocijo del juego y hacen suyo ese regocijo, incluso para disfrutarlo en la vida cotidiana.
Considerando como punto de partida para el reconocimiento público de Diego Maradona como futbolista más allá de su propio suelo a los sueños de su infancia: jugar un Mundial y ganar todo lo que sigue en las divisiones inferiores; la dimensión de un sueño como propósito que unifica al disfrute del juego con la sensación de logro en un solo objetivo, se impone en el comienzo de su derrotero.
Siguiendo a Macedonio Fernández -precursor de la trascendental literatura argentina del siglo XX- quien escribió que hay sueños que reclaman el regreso de nuestras almas a la plenitud, y que hay una certeza sin sombras en nuestra decisión de soñarlos; la determinación en las palabras del joven amateur Diego Maradona y su confianza para triunfar a lo largo de toda su carrera, está enraizada en una certeza sin sombras en cuanto a su propósito de materializar sus propios sueños para la plenitud de su alma y, de manera extensiva, para la plenitud del alma colectiva de quienes comparten su derrotero: compañeros, rivales, espectadores, aficionados, etc.
Si el ideal más alto de un atleta es lograr el reconocimiento mundial, cada partido de fútbol ofrece una oportunidad diaria para ganar ese reconocimiento, proponiendo una interacción única en la que los jugadores en el campo representan un-mundo-en-juego en un lugar y tiempo determinados, mientras ejecutan -en sentido real y profundo- la práctica del juego, para triunfar superando al rival.
Esta interacción en el campo también se compone del estado de ánimo de los espectadores en el estadio. La síntesis de un-mundo-en-juego se enriquece entonces con las reacciones de los espectadores y crece de partido en partido para convertirse en una celebración continua de los sentidos y de la inteligencia puestos al servicio del juego.
El reconocimiento mundial alcanzado por Diego Maradona proviene de haber logrado consumar partido tras partido el poner en riesgo su superlativa inteligencia estratégica, sus inigualables habilidades técnicas y tácticas, todos sus sentidos y su alma rebosante en la consecución del éxito; mientras disfrutaba de su ejecución y embarcaba a todos en tal regocijo.
¿Cómo lo hace?, es la pregunta que todos los involucrados en tratar de dilucidar cuál fue la alquimia que transformó la gema escondida de los orígenes pre-supuestamente precarios de Diego en una joya brillante y pulida para el perpetuo deleite y admiración del mundo, se han venido y se seguirán preguntándose.
Desde que falleció Diego Maradona el 25 de noviembre de 2020, se han publicado innumerables artículos y testimonios de alta calidad como homenaje en todos los países del mundo, los cuales han sido elaborados con profundo cuidado y respeto por su trayectoria, sumando un valioso aporte de datos, análisis, e "insight" sobre sus logros en términos de desempeño cuantitativo y cualitativo.
Artículos recientes abordaron también el enamoramiento mutuo entre Diego y el público: sus simpatizantes, la afición y el espectador en general, hecho no baladí que ha sido el corolario de que Diego haya sabido hacerlos participar en la fiesta, pidiéndoles que sean parte de la obra, directamente reconociendo él mismo que tal fascinación era recíproca. En particular, la extrema fascinación por parte de los "tifosi" en Nápoles ha llevado a una devoción que culminó con el reciente cambio del nombre del Estadio "San Paolo" a "Diego Mara-dona", en su honor.
Algunos expertos abordaron la épica de los dos goles que marcó para Argentina ante Inglaterra en el partido disputado por el Mundial de 1986; incluso citando que la mediación divina para propiciar las victorias, tanto en las guerras, como en los deportes se ha venido reivindicando desde hace mucho tiempo, en particular dentro de la narrativa épica clásica de las antiguas civilizaciones Griega y Romana.
La dimensión clásica que transmite su compromiso personal con la realización de los logros deportivos también define a Diego Maradona como un ser humano que busca equilibrar los esfuerzos, las renuncias, el entrenamiento físico diario, en suma, el tiempo y la energía que dedicó a su desempeño, sin mostrar ningún indicio de autocom-placencia. Además, podemos afirmar que este sacrificio en la plena conciencia de disfrutar gastando una energía vital en la búsqueda de la mejor expresión de sí mismo y de la excelencia en toda jugada, sin ningún atisbo de dolor, ha creado un ambiente único en todos los estadios donde jugó y convirtió el hecho de "ver a Maradona" jugar al fútbol ("Ho visto a Maradona" según los tifosi napoli-tanos) en una experiencia colectiva memorable.
También en este aspecto, la personalidad de Diego Maradona debe considerarse clásica, porque el significado como tal radica en su fuerte capacidad de incidir en la formación individual y colectiva, así como en el destino individual y colectivo; por encima de lo político, y de la situación económica; y, especialmente, más allá de las clases sociales.
Como la encarnación más acabada y fina de un futbolista, Diego Mara-dona permanece de pie con su humanidad desnuda en el campo frente al público, poniendo también en juego su método y sus sueños, que siempre han sido creíbles para el público mundial.
Siguiendo a Jorge Luis Borges quien escribió que Dios permite que los hombres sueñen cosas que son ciertas, dentro de su poema en memoria del soldado argentino muerto en las guerras de Malvinas; el viaje de Diego Maradona que ha llevado el alma colectiva mundial del fútbol desde sus sueños de infancia a todas partes y en todo tiempo, no terminará jamás.
En Nápoles, luego de su muerte, se cambio del nombre del Estadio "San Paolo" a "Diego Maradona",



