La canchita del barrio, lugar lleno de imperfecciones y falencias, era el instructor diario, silenciosamente propio y altamente riguroso, para sacar de sus alumnos de todos los días, la técnica y la práctica sin reloj ni timbre de final de hora.
Éramos pibes en la misma foto todos los días de encuentro. La cara, mezcla de tierra y sudor, de miradas compinches que delataban las travesuras de una tarde sin miedos; una foto de un piquete al peine que quedo tirado al lado de la canilla del baño, una camiseta delatora y alcahueta y unas zapatillas, hasta a veces, sin cordones ni medias.
Un raspón que anda a saber cuándo cicatrizó, un rubor en el cachete que una pelota sin destino dejó huella por un rato y las piernitas desnudas de canilleras que ni siquiera se habían inventado. Los pibes del barrio no corríamos en el potrero, el potrero corría con nosotros y lo llevábamos a la rastra; ahí estábamos desafiando al tiempo, a la autoridad adulta y al maestro inexistente. Un baldío, una pelota y amigos de todos los días y los que se iban haciendo. Una gambeta, un caño, un sombrero, una improvisación y un gol que se festeja aun sin verlo porque el sol se había ido hace rato, todo junto en un pizarrón natural para el aprendizaje.
Éramos todos pibes, los del potrero, los de la canchita del barrio y aun hoy eso nos da el título de "pibes". El que tuvo potrero nunca deja de ser un pibe. Cuando ve una pelota de futbol, la mente se traslada cincuenta años mínimo, la intenta levantar, acertar a ese ángulo que siempre fue imperfecto aun con caños prolijos y comprueba y festeja que sus amigos de la infancia no se olvidan y siempre están.
Más de media década pasó desde que, en algún momento y en algún lugar, nos unió el jugar a la pelota. Hoy hago personal esta crónica, con los amigos protagonistas del juego más divertido de todos, del recurso lúdico que le pasa cerca a la vida misma. Hablamos mucho, jugamos pocos y nos divertimos y reímos enormemente como en el potrero del barrio, hasta que un niño que andá a saber dónde estaba cuando me revolcaba en la canchita de Castilla y Salmini, nos dijo que era la hora. ¡Pero si nunca nos importó la hora!
Hacemos amigos en distintas circunstancias, pero los del fútbol, los del potrero, los de la infancia bien lejana, no se olvidan. Alumnos y docentes, infancia y juegos, tiempos y momentos, como para eludir y gambetear al destino.
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



