Tras un año de enseñanza remota, las autoridades planifican cómo retornar a las aulas aun en contexto de pandemia. Los casos de Uruguay y Finlandia.
El 2020 será recordado como un año diferente a todos los demás. Crisis sanitaria, social y económica combinadas en un coctel que inundó al mundo entero. Y mientras los gobiernos debaten las medidas para frenar al coronavirus, hay algunos sectores en particular que quieren levantar la cabeza y regresar a la normalidad que conocían.
Uno de ellos es la educación. Este fin de semana, el presidente Alberto Fernández confirmó que en marzo iniciarán las clases presenciales "con los cuidados del caso". Esto es: asegurando los protocolos sanitarios para evitar que los jardines y escuelas se conviertan en focos de contagio.
Hay experiencias de donde rescatar ejemplos y mejores prácticas para lograrlo. Una a pocos kilómetros de nuestras fronteras. Uruguay fue el único país de Sudamérica en diseñar un régimen de clases presenciales en contexto de pandemia. Allí las clases se suspendieron el 13 de marzo, pero desde el 25 del mismo mes las autoridades se pusieron a analizar cómo volver al aula ni bien el ritmo de los contagios lo permitieran. Hacia el 29 de julio, todo el sistema educativo público uruguayo tenía abierta sus puertas.
La estrategia fue coordinada por la Administración Nacional de Educación Pública, un ente autárquico tanto del Ministerio de Cultura y Educación como del Poder Ejecutivo, que está encargado de gestionar desde el nivel inicial al medio superior, inclusive la formación de educadores y la educación terciaria, técnica y tecnológica. En total supervisa 2.780 establecimientos estatales y 660 privados, que reúnen 820 mil alumnos y 65 mil docentes y funcionarios.
Mientras la continuidad pedagógica se garantizaba a través de la enseñanza remota, las autoridades uruguayas planificaban el regreso a las aulas bajo tres prioridades: las comunidades rurales, donde la baja densidad poblacional minimizaba el riesgo de adquirir el virus; los sectores más vulnerables de la población, que tienen en la escuela un espacio de contención; y los cursos que estaban próximos a egresarse.
Las autoridades dispusieron entonces protocolos generales, orientaciones y lineamientos pero dando a cada establecimiento la opción de actuar atendiendo sus contextos y las necesidades de sus familias y comunidad. Hubo pautas sanitarias -reglas de higiene personal y de limpiezas de los espacios, distanciamiento, ordenamiento en las entradas y salidas, uso obligatorio de tapaboca a partir de los 11 años-. Las jornadas fueron primero de 3 horas, luego de 4 y finalmente hasta se restableció la jornada completa incluso en aquellas instituciones de doble escolaridad. Además, se procuró el desarrollo de los aprendizajes a partir de las diferentes realidades, estableciendo prioridades curriculares y sugiriendo actividades adaptadas al contexto.
Mucho más al norte, desde Finlandia también llegan experiencias que pueden ser tenidas en cuenta. La autoridades de este país escandinavo, donde el 98 por ciento de las escuelas son de gestión municipal, decretaron el 16 de marzo la orden de quedarse en casa a todos los estudiantes. Tuvieron la posibilidad opcional de seguir asistiendo a los establecimientos los niños en edad de educación inicial y preescolar y los de 1º a 3º año de primaria, así como aquellos que necesitaran un apoyo especial.
La evolución de la pandemia de COVID-19 le permitió a Finlandia proponer el retorno generalizado a las clases presenciales para el 14 de mayo. Sin embargo, se planteó la disyuntiva acerca de si realmente valía la pena ya que solo restaban dos semana antes del receso de verano. La respuesta fue afirmativa: volver a clases era imperioso desde el punto de vista socioemocional, ya sean en alumnos o docentes.
Para asegurar que el sistema educativo no se transformara en un multiplicador de contagios, se reforzaron los protocolos de higiene y se establecieron medidas de distanciamiento. En primaria, la particularidad fue que el contacto estrecho estuvo permitido entre integrantes de un mismo curso, aunque no entre cursos distintos. Por eso se asignaron turnos para ir al patio y al comedor. El tapaboca no fue obligatorio. En tanto, en secundaria, donde los alumnos tienen mayor edad, sí se procuró distanciamiento y el uso de espacios amplios o abiertos con el fin de reducir las chances de contagio. Los eventos multitudinarios se prohibieron.
Las clases presenciales solo se extendieron por dos semanas. Pero las autoridades finlandesas vieron en las vacaciones de verano la posibilidad de preparar al sistema educativo para una eventual implementación de un formato mixto, entre presencial y remoto, en caso de que la pandemia recrudeciera.
Cada país tiene su realidad y es imposible trasplantar medidas de a uno sin un análisis de los recursos disponibles y la situación sanitaria. Asimismo, es imprescindible escuchar y hacer valer en la toma decisiones las visiones de todos los protagonistas de la comunidad educativa. Aun así, el camino de regreso a las aulas ya comenzó a ser transitado en algunos puntos del globo y no está demás ver qué se hizo para animarnos a dar el primer paso.

Alumnos de primaria se preparan para una clase en Helsinki durante el mes de mayo.



