Cuando Gastón recién había aprendido a caminar, ya le habían regalado tres pelotas de fútbol. En los cajoncitos de su ropero color celeste, bien planchada, se guardaba la camiseta del equipo preferido de su padre, además de un babero y unas mediecitas de algodón con el escudo correspondiente haciendo juego.
Cuando Gastón apenas empezaba a hablar, la palabra "Gol" ya estaba en su diccionario infantil. Colgado de los bracitos, entre los dedos de su padre, empujaba la pelota con sus zapatillitas N° 19 y sin importar la dirección que tomaba ni hacia donde iba, siempre era gol. En ese momento sublime, padre e hijo vivían su momento de felicidad y gozo pleno.
Gastoncito resplandecía su mejor sonrisa feliz, su padre lo miraba emocionado a los ojos y en pleno grito de gol lo tomaba por su péquelas axilas y lo lanzaba por el aire hasta que su remolino rebelde casi casi tocara el techo. Descendía Gastón como ángel del cielo y un abrazo que lo cubría lo hacía girar hasta marearse y sin dejar de reírse se echaba hacia atrás para disfrutar más de ese juego de festejo.
Así, en su primera infancia, Gastón disfrutaba jugar con su padre con esa pelota que se empecinaba en no quedarse quieta. Eran tardes tan divertidas jugando los dos solos, que todo se sentía bien: las risas, el festejo loco, las revolcadas a carcajadas con cosquillas, las trampas simuladas, la complicidad de jugar sin reglas y alegría por el asombro de la superación. Gastón aprendía a jugar jugando y cada vez mejor.
Cuando Gastón empezó la escuela ya había hecho varios amiguitos para compartir su juego preferido y su padre pasó a ser un suplente preferido y espectador de varias tardes. La última vez que lo vi a Gastón jugaba para su club de barrio en un torneo de liga infantil. Con su camiseta dos talles más grandes, unos botines de lujo y ese remolino que seguía en su lugar.
Me acerqué al alambrado bien cerquita, quería que me viera, como tantas veces lo vi jugando con su papá. Del otro lado del alambrado, parado ahí nomás, estaba su responsable técnico e instructor, un hombre mayor de impecable y colorido jogging deportivo, gorrita con visera y zapatillas caras. Cruzado de brazos, a veces se llevaba la mano a la pera como pensado alguna estrategia para niños de ocho años. Otras veces se ponía en cuclillas como si eso le permitiera una idea desbordante de creatividad. Y así, como si nada y de la nada soltó la orden de dictadura:
-¡¡¡Gastón, achicá la cancha carajo y la…!!!
Gastoncito lo miró, no le importo la mala palabra, pero sí tembló por no poder satisfacer la orden impartida. ¿Cómo se achica una cancha? Quizás necesitaría una regla para medir la cancha de nuevo; o una tiza para trazar la línea que la achique; o correr los arcos hasta la mitad de la cancha. Gastón se dio cuenta cómo cambia su juego preferido, ya no había festejo con carcajadas y cosquillas, tampoco nadie que lo arroje por el aire ni alguien que se asombre con su aprendizaje.
Descubrió que el juego de su corta vida tiene otros jugadores que deciden su forma de jugar, que lo divertido de su juego preferido depende de los intereses adultos, que la felicidad de un gol cualquiera en soledad se volvió nervios y miedos junto a otro distinto. En fin: la competencia deportiva en la infancia acorta rápidamente la capacidad de aprendizaje y acorta los tiempos entre un niño libre y un mayor con necesidades mágicas
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



