Las familias y cada uno de sus miembros se hallan en la sofocante labor de buscar un horizonte, allí donde lo cierto es arena que se escurre entre las manos a diario. Intentar sobrevivir, subsistir, perder lo menos posible, conservar lo esencial, identificarse con otros reales, tomar buenas decisiones y armar algún plan viable, son labores cotidianas y extenuantes que ocupan espacios mentales y preocupan en general a gran parte de la sociedad. Subyace aquí el hecho de encontrarse muchas veces demasiado solos para decidir frente a acontecimientos de enorme valor existencial. Los padres como tales, las familias en su conjunto y los sujetos en su ser en soledad, se sienten por momentos parados en un borde filoso donde el vértigo es la única respuesta a la sensación de vacío.
El sujeto requiere desde el inicio de su existencia de apuntalamientos o soportes esenciales. Esto supone en primera instancia, un nombre, un lugar en el mundo, expectativas de los otros que serán más adelante prescripciones y prohibiciones; las cuáles habilitarán y resguardarán al yo, inaugurarán su deseo, el misterio, la propia búsqueda de la identidad y la Ley cómo límite de lo posible. Algo o alguien entre el yo y su deseo; algo o alguien entre el yo y su hostilidad.
De cualquier forma el otro siempre deberá estar presente, no importa la forma que adopte ni el disfraz que elija; contendrá, criará, educará y guiará al yo que hallará innumerables obstáculos en su vida para ser y decidir.
Esto supone en la infancia y adolescencia la función paterna, ejercida por cualquier otro capaz de soportar la palabra que demarca la frontera del peligro y la función materna en la piel de aquél que ayudará a nombrar e interpretar el mundo interno y externo. La paternidad es siempre, en el mejor de los casos, una adopción; ya que supone la asunción de este compromiso de amor. Estos factores de protección, estas funciones primarias y esenciales, son las mismas que necesitará el adulto a lo largo de su vida aunque cambien sus referentes, se magnifiquen y adopten formas más abstractas. El lugar de adulto es a veces un juicio infranqueable, un llamado a poner los pies en la tierra que se supone no debiera moverse, temblar y hacer desear desde lo más profundo volver a ser niño a veces, patear naranjas en lugar de soportar el peso de las decisiones y que el destino lo decidan los otros. Pero el universo requiere grandes decisiones, de hombres simples que no dejen huérfanos a los que son y fueron niños de este planeta.
Resulta indudablemente muy complejo pensar, administrar y vivir en esta pandemia; los referentes del ser que generen la sensación de amparo muchas veces se desfiguran y se hace presente la intemperie. La soledad de las decisiones en la más profunda de las soledades, la ausencia de respuestas que salvaguarden lo humano por sobre el impulso de arrimar la sangre. Lo que vemos en las plazas, en las playas, en el andar cotidiano, forman parte de ese desamparo que la sociedad suele ver cómo otros que "rompen reglas" cuando en realidad pareciera tratarse de que las reglas no están claras. Si el mito se diluye, si la confianza que soporta la creencia pierde el asiento, el hombre que busca la silla caería en el espacio infinito, la música detenida es el fin del relato, el eco de su propio eco.
La intemperie debiera ser la última verdad del hombre, no su tránsito por la tierra.
Los jóvenes y los adultos en pausa, son llamados por una pulsión que los invita al rito permanentemente, rituales cotidianos antes de la pandemia, planes fabricados con el sabor que supone el riesgo o actos simples de oposición absoluta a la realidad vigente.
"El niño que juega a las escondidas bajo el cielo estrellado es dueño del mundo, inaugura su libertad y un misterio, no se percata de su realidad hasta que el conteo hace fondo y toca el barro del universo, la pequeñez del hombre lo apabulla… darse por vencido es a veces pedir que otro se haga presente". En oportunidades el hombre transgrede el orden para cambiar el mundo, en otras sin embargo adopta la forma de su propia miseria y simplemente es una prueba para sentirse vivo.
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga - M.P.20334 - cesarianajulia08@gmail.com



