La sociedad espera palabras francas y esfuerzos compartidos donde el mayor acto heroico consista en el compromiso con el presente y futuro, tanto en la voz de aquellos llamados a tomar las decisiones como del conjunto de la ciudadanía. Superar las diferencias es tal vez el sacrificio más valeroso al que el hombre se haya expuesto, pues la bestia por él mismo creada, rompe, disgrega y se adapta con eficiencia extrema; frente a ella el hombre atesora el pensamiento que sólo se potenciará y generará aprendizaje de la mano de otro hombre.
En medio de la amenaza permanente de una pandemia que revoluciona nuestra existencia y no acepta parámetros que permitan enmarcarla, delimitar magnitudes o medir alcances, pareciera existir una puja por portar verdades absolutas que le presten al sujeto ilusiones de pertenecer a algún sitio seguro, aunque el mismo sea sólo una respuesta omnipotente que intenta subsumir los temores y las esperanzas en un destino único y preestablecido.
Frente a lo desconocido no existe recurso más poderoso que la actitud reflexiva y crítica, pues la necesidad adaptativa requiere la revisión de los esquemas internos y externos que hasta aquí nos definían. Cuando los idearios se instalan en posiciones estáticas al modo de: "Se es lo que se es" o "vamos donde debemos ir", queda anulada la polisemia del lenguaje y la creación de sentidos nuevos, como si la identidad pudiera estar tatuada y la existencia no estuviera determinada por elecciones posibles y necesarias, confundiendo origen con destino.
La concretización de los discursos, la tendencia a quedar pegados a los atributos de la cosa que nos amenaza y las formas propuestas de hacer frente a la realidad que hoy vivimos, ubican al sujeto en la lógica errada de la evitación o la espera de soluciones mágicas. Las posiciones extremas parecen ser más expresiones de combates narcisistas que la verdadera necesidad de conciliar el bien común. Esto genera una expectativa de vida cosificada convirtiendo al mito en rito, allí donde la palabra debiera crear sentido y sugerir posibilidades adopta en cambio la forma de un mandato.
Si la voz es grito, se diluye el poder significante de la palabra, su registro evocador se pierde cerrando el mundo de las ideas y los consensos para personificarse en ilusiones de verdad. Impera el desasosiego, pues, en la extrema cotidianeidad el sujeto pierde su proyección y su esperanza.
A un año de vivir en pandemia y a comienzos de año calendario, la sociedad espera un despertar que la contemple en su diversidad.
Lo que ha de venir al mundo, el sujeto naciente, estará determinado por la entereza de los soportes que lo preexisten. El yo incipiente hambriento de ilusiones, hecho un alarido, convoca la esperanza de satisfacción; pero el pecho debe llegar con su leche, con una mirada profunda y un arrullo infinito para convertirse en la primer respuesta posible al sujeto y su lugar en el mundo. Cuando esto no ocurre, el pecho estará corrompido pues su interés genuino está mas allá del yo y entonces la sed será verdadera y la voracidad intentará convertirse en un acto que haga desaparecer lo que pulsa.
Pareciéramos asistir a un tiempo de premura en la toma de decisiones omitiendo complejidades, imaginarios comunes, problemas compartidos y acuerdos necesarios.
En el mundo adulto, los discursos se enfrentan y las palabras tropiezan consigo mismas, la casa se puebla de objetos estrafalarios que compiten entre sí ignorando su existencia inútil, sujeta a los actos y compromisos del hombre.
En el mundo infantil, los pequeños miran sus juguetes, no hay objeto que los colme, ha perdido sentido el juego y la ausencia del otro interroga: "el niño se pregunta si volverá tal vez a ser niño algún día".
El Grito. Obra de Edvard Munch
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) - cesarianajulia08@gmail.com



