La justicia debiera ser una realidad y no un milagro, sin embargo nuestra sociedad está gastada de gastarse sus ilusiones, a diario ve escurrirse las oportunidades de desenmarañar la madeja, pues imperan y se imponen deseos individuales por sobre actos éticos, justos y coherentes.
Somos una sociedad que se engaña muchas veces a sí misma y posee una deuda histórica con la verdad.
La falta de justicia torna al hombre oscuro, el impulso se justifica a sí mismo y será toda la sed y todo el hambre. El hombre se vuelve dueño de lo que cree justo.
Salvarse sólo es dejar de pertenecer, perderse para siempre. No hay distancia entre tenerlo todo y no tener nada.
Pareciera existir un simulacro en nuestra sociedad donde permanentemente se condenan los actos injustos de manera simbólica, sin traducirse en actos y hechos que legitimen lo que debieran ser valores innegociables de un pueblo. Sólo sobrevive la promesa como mera expresión de deseo y poco pasa que delimite e inaugure la verdad como genuina expresión del bien común.
El hilo histórico, su secuencia, su devenir se trastoca en el acto egoísta de aquellos que hacen de una posición circunstancial un estatuto.
Como consecuencia de esta toma de posesión de la verdad respecto de las cosas, la sociedad sufre el castigo a los que han vivido y aguardan su descanso, la desestima de las voces de la juventud y le entrega a la infancia de un plato vacío.
Se abandona a los hombres a su suerte cuando se rompen los lazos entre lo que es, lo que será y lo que ya ha sido.
La humanidad se debate constantemente entre dos impulsos vitales, el amor y la hostilidad, ambos poseen capacidad constructiva y destructiva, se mezclan, confunden y conquistan la acción y la palabra.
Asistimos muchas veces a la puesta en acto puro de los impulsos hostiles que se traducen en lo que llamamos violencia. Si es asequible, vivenciable y avasalladora es porque han fallado básicamente las instancias de contención y sojuzgamiento de las mismas, tanto individual como socialmente. Siempre habrá una ausencia en su origen, constitucional o circunstancial.
La violencia invade los cuerpos para demoler y toma la palabra para engañar; la violencia en todas sus formas, física, social, económica, simbólica, etc.
Por momentos la sociedad adopta formas perversas de protección, anclando a los hombres a una miseria futura aún más honda que su propio presente, robándole la oportunidad de ponerse a prueba. Otras invierte los roles y convierte al que sufre en un ser invisible o en el responsable del padecimiento inflingido.
En el desamparo de una Ley que organice, limite y establezca parámetros para el Ser y Hacer, el sujeto transita la endeblez del mundo con un profundo sentimiento de inseguridad.
Los silencios, la falta de respuestas y la indiferencia son defectos a los que nos hemos mal acostumbrado en el devenir cotidiano.
Si no existe verdadera conciencia social que luche por exigir la puesta en práctica de las consecuencias de los actos por parte de los individuos, grupos u organizaciones; la pulsión de dominio y apoderamiento quedará librada a su propio destino, adoptando la forma de la muerte, la corrupción o el engaño.
Será una conquista de la sociedad revertir, reencauzar y condenar los hechos de violencia e injusticia y lograr que lo justo sea parte de un contrato social basado en la ética.
El hombre espera, su destino es creer en el hombre; de otro modo su existencia sería imposible.
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) cesarianajulia08@gmail.com



