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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 13/mar/2021 de La Auténtica Defensa.

Ni un hueso de hombre
Por Lic. Ana Julia Cesari







Ana Julia Cesari

El temporal ha desnudado a la especie. Los disfraces esparcidos buscan dueño y no lo encuentran. La pandemia, con todo, ha trastocado nuestras vidas; la alteración de la cotidianidad a la que acostumbrábamos responder de modos mas o menos predecibles ha demostrado que los roles son sólo eso, lugares posibles.

Nos hemos visto llamados a espacios que creíamos sujetos al género cuando de pronto algo modifica el orden establecido; fuimos y seguimos siendo convocados a desplegar nuestro ingenio y flexibilidad en el día a día. Se han emparentado los hombres con lo que hacen habitualmente las mujeres, y ellas con el hecho de salir de un lugar que no les pertenecía por naturaleza y que han debido compartir. Cuando Ella es la primera en ser llamada para volver a su trabajo presencial, frente al primer impacto de este juicio de realidad, los sujetos se adaptan y los roles se flexibilizan; él será computadora, clase de zoom, cocina tres veces por semana y demanda de amor.

Sucede que los roles son intercambiables, puesto que su naturaleza es socio cultural. Sin embargo, la identidad sexual es producto de una identificación, pertenece al campo de la complejidad psicológica y del avatar de la historia subjetiva y particular de cada individuo. Hacerle entender al mundo que no hay hueso de hombre, pestaña de hombre, uña de hombre en la existencia femenina, le ha costado a la mujer tantísimos siglos de insomnio.

La mujer es un misterio, nadie sabrá nada de ella hasta que no se digne revelarse para los otros y para sí misma, ya que nace de una diferencia para la que no hay nombre. En el agujero significante se instaura su propio enigma, será un acertijo para el hombre y su propio acertijo. La polisemia del lenguaje le permite a lo femenino configurar lugares posibles; tendrá un puñado de ellos que conformarán un abanico de espectros en los que habrá de descubrirse y desplegarse. Su naturaleza es creativa pues debe transformarse, desfigurarse, amamantar, trabajar, seducir, dar y sentir placer, pararse en la proa y garantizar el horizonte.

La palabra adopta a la mujer, se le hace carne y la hiere. Su adolescencia y su maternidad posible están marcadas por una cicatriz de siglos. Tendrá un cuerpo de recovecos infinitos que pulsará más allá de las posibilidades del hombre, su fantasía es su más genuino tesoro allí donde ella es el otro y el otro no la descubre. Hay algo en su naturaleza simbólica, en la función de lo femenino, que se emparenta con el hecho de "prestar refugio", puesto que pareciera existir siempre en la historia del hombre algo de lo femenino que alimenta, enseña, cobija o cura.

Indomable, majestuoso, hecho una hoguera se eleva el impulso de dominio, la masculinidad y lo perentorio de la lucha cuerpo a cuerpo. El compás de espera, la guarda, el enamoramiento encarnizado, las crías del hombre y su destino, la feminidad muestra su temple y su filo.

La verdad es la diferencia, la particularidad del ser femenino, frente a la cual la única igualdad debiera ser una ética de la oportunidad.


la Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) - cesarianajulia08@gmail.com


 
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