En la vereda canta una niña: "todo se arregla con chicle, porque el chicle es lo mejor". Un pequeño que apenas camina mira atento a los adultos que están por salir, se pone un barbijo de sombrero y sonríe a sus padres. Las dos cosas son ciertas, las dos el mundo y sus permanentes contradicciones. Si en el universo no hubiese niños que nos interroguen, de seguro en un instante desaparecería.
Los niños son lo suficientemente enteros como para armar un mundo de la nada y lo suficientemente inseguros como para necesitar del amparo de otro que brinde apego y consuelo. En este sentido, la educación es una crianza fundada en un vínculo humanizante, esto supone la presencia de un otro que se propone para acompañar y prestar sentidos que permitan comprender el mundo y a uno mismo; dónde la coherencia de esa figura constituye en un principio la única garantía para la existencia.
Los niños viven, muchas veces, dos realidades emparentadas con la incoherencia del mundo adulto, cuando el espacio de la crianza se desvincula del espacio de la educación.
Si el sujeto se deshace de su investidura moral y le deja las reglas al otro, entonces la educación aparece como algo que está en otro sitio y del que otro, distinto del sujeto, es responsable.
La mala educación se revela como la herida de una contradicción, entre lo sostenido como ideal bueno-malo y las huellas que dejamos en el actuar cotidiano.
La escuela es uno de los sitios donde hoy la crianza perdura, en el cual la cooperación, la conciencia del otro y la incipiente responsabilidad subjetiva se muestra y enseña.
El valor de lo que allí sucede contrasta muchas veces con el habitar cotidiano; cuando el padre espera al niño en la esquina de la escuela porque no llevó barbijo, porque anda así por la vida, o cuando en casa se festeja un cumpleaños con más de veinte invitados como si ese suceso fuese en estas circunstancias particulares un honor a la vida. El niño observa, desconfía de quienes habitan sus espacios, tal vez se angustie y en el mejor de los casos interrogue e intente educar, pues su semana transcurre en espacios donde él no solo construye cotidianamente la realidad que lo circunda sino también es puesto a diario como protagonista de esa realidad. Esto es una compleja labor para el niño, cambió el paisaje presente y el futuro prometido, las reglas para vincularse, los espacios y los tiempos de su infancia. Su mundo se ha poblado de montañas azules, extrañas e ineludibles, que buscan parecerse al que antes habitaba y no lo logran; le imponen la labor permanente de reconocerse, adaptarse y buscar refugio. Los adultos, muchas veces los interpelamos, pues el mundo que recordamos tiene otro color, sin embargo es azul el llamado, la señal de que algo pasa, los tonos fríos de la vida que transitamos.
En este tiempo habremos aprendido mucho o nada, pero poco podremos encubrir nuestras propias contradicciones en un escenario tan potente. La escuela está en casa pero también la casa en la escuela; educación y crianza son espejos que nos revelan la existencia en 360º.
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) - cesarianajulia08@gmail.com



