Hace un tiempo que en los foros urbanísticos se vienen discutiendo el concepto de "ergociudades". No es más que una adaptación semántica de algo que desde la época de Vitruvio, en la antigua Grecia se tomaba como referencia para la gestión de los espacios urbanos. La simple referencia a la medida del hombre. No olvidemos que en los orígenes de la cuestión urbana se consideraba al hombre como la medida física de todas las cosas, y esto se trasladó a los dimensionamientos y escalas desde lo individual hasta lo multitudinario. Esta revisión conceptual con un nuevo nombre agrega algún componente adicional a aquella simple relación de medidas originales, ya que incorpora muchos conceptos que le ha aportado la sociología, la psicología social y por último la ciencia urbanística en lo que respecta a su visión espacial y contextual, y es lo que le permite actualizar aquellos antiguos postulados homocentristas.
Uno de los manifiestos más significativos de la aplicación de este concepto de "ergociudad" o ciudad con medidas humanas aprehensibles e interpretables son los diseños de los espacios públicos. Ahora bien, al estudiar el espacio público y sus fenómenos se debe reconocer la coexistencia compleja de contextos territoriales y sociales variados en sus procesos de conformación, que incluyen una gran variedad de componentes individuales y colectivos que operan a la vez. Ello, tanto desde la noción de ciudad en tanto soporte físico, como de las relaciones socioculturales que la producen y que derivan en la conformación espontánea de nuevos espacios de ideas, estilos y actividades en transformación permanente. Este último concepto fue firmemente enunciado por Lefevre en la década del 1970 y quiero referir porque es la base conceptual de este razonamiento.
El espacio público debiera ser concebido como un lugar de goce y disfrute (accesible física y socialmente) para todos, parte del bien común de los habitantes, que se renueva conformando otras interacciones socioespaciales, contextos urbanos y redes sociales a lo largo del tiempo.
Por lo tanto, la producción del espacio, desde un punto de vista relacional, debe entenderse como un proceso dinámico y en permanente transformación que requiere flexibilidad en lo construido para adaptarse al habitante que lo produce y no al revés. Y acá creo que con este prólogo el análisis de nuestra costanera es un ejemplo interesante de ergo diseño. Pensemos que una costanera es siempre un desafío de contrapuntos, desde la escala individual, la escala grupal y la magnitud de un espacio dinámico como es el río, que se muestra pero que es inaprehensible en lo físico más allá de que alguien pueda circunstancialmente navegarlo. El proyecto actual que ya va tomando forma constituye una combinación de escalas desde lo dimensionalmente humano hasta lo grupal, social y macro, donde se conjugan la percepción y el disfrute de un río históricamente postergado para nuestra ciudad.
La concepción de Lefebvre, me parece interesante, porque en un punto plantea que algunas escuelas de pensamiento urbano, como el racionalismo en algún momento, plantearon las escalas monumentales como una forma de repetir la idea de magnificencia greco romana.
Nuestra costanera está lejos de cumplir con una macroescala ya que el espacio remanente que el desarrollo histórico nos ha ido dejando es acotado. Sin embargo, como Lefebvre plantea, la idea del diseño de escala humana, permite pensar en visiones grupales que se constituyen en ventanas al espacio abierto. En esta línea de pensamiento la costanera se presenta como un balcón al río más que como un mega espacio, y esto le permite mantener esa concepción de ergo diseño, donde lo humano es la medida del proyecto.
En general creo que, por varias razones, nuestra ciudad tiene una atomización de espacios abiertos de escalas similares que pueden permitir una visión coherente de las proporciones ambientalmente a escala humana. Las plazas, los parterres, el famoso campito y la actual costanera en trámite, son una muestra de esa composición urbana equivalente en escalas. Un interesante desafío, quizás basado en la revisión del concepto de diseño urbano de Chapeaurouge, sería analizar las posibilidades de vinculación de recorridos urbanos, con una fuerte impronta peatonal que generen una vinculación circulatoria entre todos esos puntos de modo que la ciudad tenga una lectura diferente desde la percepción continua de sus espacios abiertos.
Estamos acostumbrados por este criterio americano de subordinación al automóvil, a percibir la ciudad como una película rápida casi imperceptible por la velocidad del recorrido en automóvil. Tenemos una suma de activos urbanos subvalorados que percibidos desde el recorrido peatonal tiene una dimensión totalmente diferente. Probablemente, este criterio, resulte una estrategia de interpretación del concepto de ergo ciudades. Algo para pensar sobre nuestro planeamiento urbano.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



