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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 16/may/2021 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
Felices con casi poco
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

La tarde aumentaba la cantidad de pelotazos contra el tapial del "Gringo" Facca: una y otra vez la pelota volvía y seguía el partido con un solo jugador. Era defensor, delantero, a veces arquero y hasta relator de goles imaginarios. Una maceta con helechos y otra con calas blancas eran el arco contrario. No había áreas ni banderín del córner, tampoco era cuestión de tener una cancha real para jugar al juego más divertido. Pero había algo que me quitaba la imaginación: no había red. El arco de fantasía no tenía red Una pared alta y marcada de pelotazos hacía que la pelota volviera y no "durmiera" detenida en el fondo. Se podía imaginar cualquier cosa en este juego, pero la red del arco era irremplazable.

Siempre que jugábamos a la pelota con los amiguitos del barrio, el arco era un vacío enorme, tan enorme que a veces había que correr para buscar la pelota que se iba lejos. Protestábamos porque a alguien se le ocurrió "fundir" al arquero de turno y no quería buscar la pelota que ya rodaba sucia en el cordón de la vereda.

A veces pasaba los arboles de Don Domingo y la red se convertía en persiana baja de la siesta obligada y ahí otra vez las culpas y las corridas.

No nos quitaba el sueño la falta de red en el arco ni siquiera se detenía el partido, jugábamos igual. Pero un día el "Tanito" me invitó a jugar a su casa como tantas tardes. La mamá nos preparaba unos sanguches de tuco espectaculares, chorreaba anaranjado en la remera y con la mano nos limpiábamos el sobrante sobre la boca. Así, con esa motivación extra, fuimos hasta el fondo de la casa y nos deslumbró lo que nos esperaba

En una punta del pequeño fondo de tierra sembrada asomaba un arco hecho con cañas mal cortadas clavadas en la tierra, apenas sostenidas con un ladrillo desprolijo. Sobraba travesaño de un lado y un poste estaba un poco torcido, pero algo inolvidable lo adornó de un asombro compartido. Apenas atadas con hilo de barrilete, unas bolsas de cebolla hacían las veces de red. Corrimos hacia el símil estadio más rápido que nunca. No sabíamos si patear y hacer el gol o jugar de arquero como pocas veces lo hicimos.

Éramos tres, los dos "tanitos" y yo, mientras cada uno atajaba en los distintos arcos, yo jugaba al medio y era equipo contrario y a favor a la vez. Era la primera vez que se hacía un gol y algo que no sea una pared o el aire mismo detenía la pelota. Estrenar la red de cebolla fue de un juego divertido, inolvidable, emotivo y feliz como pocas veces.

No importó que el terreno estaba desparejo porque al padre del "Tanito" se le ocurrió sembrar papas y radicheta. No importó que no había que "fundir" para no tirar las cañas. Solo teníamos vida por esa red que nos invitaba a soñar aún más en el juego más divertido existente en mi infancia: jugar a la pelota con toda la imaginación, copia y creación que eso significa.

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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