Hacer el bien, hace bien y todos estamos llamados a ejercerlo. El cristianismo no es una cuestión de buenas intenciones y utopías, sino más bien de práctica y acción a partir de la sanación interior. Todo gesto, por insignificante que nos parezca, suma para transformar nuestras vidas y las de los demás.
En este décimo quinto domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio según San Marcos, capítulo 6, versículos del 7 al 13: "Cuando reunió a los doce discípulos y empezó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus impuros. 8 Les ordenó que no llevaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en el bolsillo; 9 que fueran calzados con sandalias y no llevaran más que lo puesto. 10 Les dio estas instrucciones: -Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que salgan del lugar. 11 Y si en algún sitio no quieren recibirlos ni escucharlos, márchense de allí y sacudan el polvo pegado a sus pies, como testimonio contra esa gente. 12 Los discípulos salieron y proclamaron la necesidad de la conversión. 13 También expulsaron muchos demonios y curaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite".
"El caracú del tema de hoy - dice el padre Rufino Giménez Fines - es que el Maestro ya ha llamado a los Apóstoles por su nombre y los envía de a dos con la misión era anunciar la palabra, lo cual implica desprendimiento y total confianza. Los apóstoles predican la conversión, a partir de lo que han visto y oído. ¿Y por qué los envía de dos en dos? Para que ellos sepan ser compañeros, intercambiar opiniones, animarse mutuamente, saberse ver y compartir… algo que no siempre se da fluidamente porque el otro también puede recibir la luz del Espíritu Santo y señalarme que me estoy equivocando. Si no soy permeable, si no entiendo que puedo también rectificarme en función de portar el pensamiento y el modo de ser de Cristo, la tarea es cuesta arriba. Jesús se fía de ellos aunque a menudo no le entendían en profundidad. Tanto fue así que en el momento de la Pasión, casi todos lo abandonaron. A pesar de esto, él los envía a la tarea: predicar la conversión, llevar la buena noticia, proponer la renovación espiritual ya no sólo a los judíos, sino a todos los hombres y mujeres, con el fin de que se abran al amor de Dios y a la fraternidad, como único camino para liberar a los humanos del mal, curar las enfermedades psíquicas, físicas y espirituales. Es decir, una sanación total… el Evangelio dice que expulsaban demonios y ungían con aceite a los enfermos. Es decir, ellos no sólo predican: sus obras los acompañan, y todos sabemos que los hechos hablan mejor que las palabras".
"Hoy día -agrega el cura párroco de Nuestra Señora del Carmen- tenemos la misma necesidad aquella de contar con auténticos profetas. Aquí y ahora Jesús quiere seguir fiándose de nosotros, los bautizados, a pesar de que tampoco lleguemos siempre a comprender la profundidad de la Palabra, o respetemos a medias las enseñanzas. Importa, pero no es inhibitorio: tenemos que comunicar la Buena Noticia a como dé lugar, anunciar que somos testigos, y así ser partícipes cada vez más de su Espíritu para liberar del mal, para comunicar la vida… Hoy existen miserias frente a la abundancia, injusticias sistematizadas. El olvido de los marginados, familias desocupadas, niños abandonados y hasta explotados. Ser portadores de la verdad puede traer consecuencias, pero siempre pasajeras porque estamos en el Señor. El cristiano que ha conocido a Jesús debe saberse y sentirse misionero: continuar, en la medida de sus posibilidades, la tarea que inició Jesús.
"En definitiva, tenemos que Jesús envía a los 12, de dos en dos, dándoles poder sobre el mal, invitando a la conversión. ¿Por qué hoy eso es una rareza, algo poco frecuente entre los bautizados? Tal vez, por nuestra falta de Fe a pesar de toda la información que manejamos, incluso habiendo sido testigos de gracias, bendiciones e incluso milagros. Al mal se le tiene miedo, pero se lo enfrenta con el convencimiento de derrotarlo. Los bautizados tenemos poder sobre el mal. Y el mal sólo tiene el poder que nosotros le sedemos al permitirle que gobierne nuestras vidas. Depende de nuestro amor a Dios y, por extensión, al prójimo. Nuestras oraciones, la confesión y Eucaristía, el rezo del Santo Rosario... alimentando nuestra fe, siendo robustos espiritualmente, podremos enfrentar al mal. Por nosotros y por los demás", concluye el sacerdote Rogacionista.



