No es normal ser madre de fundadores de ciudades, ministros o senadores. Si lo primero es difícil, ser parte de cuatro hermanos cuya madre seguramente iría orgullosa por las calles de la ciudad diciendo "mis cuatro hijos son verdaderos santos" entra seguramente en el libro Güines. No es algo de todos los días. Y como para muestra basta un botón. Está el caso de mi madre que por más que a cuatro varones les puso nombres de evangelistas, su deseo quedó en una buena intención.
Esta es la historia de dos Florentinas, desconocidas entre sí. Algo las unió. Una historia que merece divulgarse. Que hace a la historia de los Costa y por supuesto de Campana.
Para que exista una "segunda" Florentina debe existir la primera.
María Florentina Silvia Ituarte era hija de Don Juan Bautista Ituarte y María Magdalena Pueyrredón. Florentina nació el 20 de junio de 1802 y era sobrina, por vía materna, del Director Supremo el Brigadier General Juan M. Pueyrredón.
Si la historia terminaba ahí…la nota también. Lo cierto es que Florentina, junto a Victoria, Damacia y Juana eran consideradas de las mujeres más hermosas de Buenos Aires aunque nuestra protagonista "picaba en punta" en ese aspecto. En más de una oportunidad sirvió de inspiración a las páginas poéticas de los choniqueurs. Los cronistas, los "intrusos" de la época. Con el tiempo, "Florentina se distinguirá por sus dotes humildes y caritativas. Con una posición económica y social respetable era una aristócrata con toda la acepción de la palabra". (En "Vida de Don Luis Costa" por S. Sinay)
En el otro rincón: Braulio Costa, quien según los dichos de Salomón Sinay "tenía fama de joven bien apuesto, pulcro, aristócrata en todos los modales"…"era un caballero completísimo esbelto y fino como un lord". Braulio, se convertirá en un empresario y financista siendo socio capitalista de las empresas mineras de Facundo Quiroga. Como la historia no terminó allí, en aquella Buenos Aires las tertulias y reuniones semanales que preferentemente se hacían los sábados de 9 a 12, donde el piano, los violines y la flauta ponían el fondo musical, permitía encontrarse a lo más distinguido de la sociedad porteña. De una de esas reuniones caseras organizadas en los tradicionales salones familiares debió haber nacido el idilio que comentó animadamente todo Buenos Aires. Posteriormente y luego de varios años de unión matrimonial nació Eduardo, el primero de "los Costa".
Más allá del liberalismo proverbial de sus hijos y tal vez en reconocimiento a la religiosidad de su madre, doña Florentina Ituarte, Eduardo y Luis donaron al efecto de construir una iglesia, uno de los ocho triángulos de tierra ubicados alrededor de la plaza principal eligiendo en homenaje a su madre, a la segunda Florentina protagonista de estas páginas. Esta otra era Santa y se la eligió como patrona de la incipiente capilla. Tiempo después, con la patrona elegida y contando ya con el edificio, hubo necesidad de buscar la imagen correspondiente. Tarea sencilla en épocas de google, internet y redes sociales pero, allá lejos y hace tiempo, no. En tiempos de jugar a las figuritas bien podríamos decir tranquilamente que en aquellos años Santa Florentina era "una figurita difícil". Es que los testimonios orales recabados afirman que cuándo se pidió una imagen de Florentina, se envió la de una santa florentina, por venir de Florencia! Italia! Vale aclarar que nuestra Santa Florentina proviene de Cartagena, España y con una historia muy particular el combo lo completa con tres hermanos también santos: Leandro, Fulgencio e Isidoro. Como el espectáculo debe continuar: se adquirió la imagen de Santa Rita.
Ambas eran monjas, tenían una contextura similar aunque se le borro el estigma de la frente y por supuesto, el cartel indicador en la parte inferior que la nombraba. Créase o no, decía Ripley.
Pasaron los años y hacia 1964 la "vieja capilla pueblerina" al decir del artista Raúl Russel se desvaneció ante los piquetes del progreso. En 1964 comenzó la construcción del actual templo sobre el terreno original de la mano del proyecto de los arquitectos Patricio y Benjamin Massa Lynch siendo Monseñor Antonio María Aguirre, Obispo de San Isidro, quien bendijo la piedra fundamental el 10 de julio de 1966. Diez años más tarde, el actual templo se habilitaba y un año después se elevaba a categoría de Catedral, que dicho sea de paso, es la única en el mundo que venera a Santa Florentina como titular de la Catedral (hay otra, pero es compartida con otra santa).
Muy diferente a aquella maqueta que en alguna vieja fotografía del libro de Alides Cruz presentaban ante el obispo de la diócesis de San Isidro, el entonces intendente Calixto Dellepiane y el padre Bruno. Al parecer, el altar iba a estar ubicado en el centro mismo del edificio, las puertas permitirían que pudiera verse el exterior y una escalinata estaría conectada con la mismísima plaza Eduardo Costa. Pero aquí más que nunca se cumple aquello de "el hombre propone y Dios (o los malos presupuestos, la inflación, etc.) dispone". Lo cierto es que lo del medio no corrió, el altar pasó al fondo y ahí quedó una pared grande y blanca….Ah! la pared blanca!
Por ese entonces habían llegado a Campana los padres salesianos. El Padre Félix Ferrante, hombre de mucha oración y acción quería algo importante para el nuevo templo. Fue entonces que invitó a Don Agustín Roca para conocerla y compartir algunos detalles. Don Agustín, aceptó con gusto la invitación y estando en su interior, el Padre Felix le hizo un comentario acerca de la pared del fondo, detrás del altar ¿No le parece demasiada pared y muy vacía? ¿No le haría falta una pintura, algo importante?
Don Agustín que amaba a Campana, al instante asintió, lo pensó y enseguida se pusieron manos a la obra. Se procedió a contactar al maestro Raúl Soldi. Allí no terminaba todo. Una vez contactado, el artista los miró y preguntó: ¿quién era Santa Florentina? Fue entonces que Ferrante, le pidió a Jorge Modarelli si podía entregarle a Soldi la historia de la Santa (que él mismo había investigado) para conocerla y así ubicarla en tiempo y espacio para poder plasmar la imagen en tela, hasta ese momento. En primer lugar realizó un bosquejo en un lienzo, de 40 x 60 que el artista donó y que fue utilizado para la realización de su obra final. (NdelaR: "Se necesita conocer el paradero de ese lienzo. Si alguien lo vio….).
Y cuál fue su obra? Un mosaico. No un mural. Soldi ha pintado sus murales en la iglesia de Glew, ha pintado la cúpula del Teatro Colón, pero en nuestra ciudad, en la Catedral, su legado es un MOSAICO. Siendo la primera sino la única, que realizó en esta modalidad. No fue una tarea sencilla. Cada artista utiliza sus colores y el tono particular y "el azul Soldi" al llevarlo al horno, cambiaba de tonalidad. "Este no es mi azul" decía el maestro entre las rabietas y los muchos cerámicos desechados y quemados que de ninguna manera lo hicieron claudicar en su objetivo. Dos ceramistas fueron utilizados para la obra. El primero de ellos fue rechazado por haber tenido que rehacer la primera parte.
Como el mosaico está colgado, en algún momento alguien propuso ponerlo afuera del edificio y al parecer el mismo Agustín Rocca se negó, "se hizo para ese lugar"! aseguran que dijo.
Finalmente la obra fue terminada tal como Raúl Soldi, había imaginado (más allá que un mosaico muestra un pié en un lugar indebido)
Antes de retirarse se reunió con Jorge Modarelli para ver juntos el MOSAICO, devolverle el material de investigación que había utilizado como guía de su obra y al preguntarle su opinión y verlo sorprendido, Jorge le dijo: "maestro no veo ahí la historia que yo le di" a lo que Soldi le respondió "usted mira con los ojos de la fe y yo lo miro con ojos de artista".
(En memoria de Jorge Modarelli)
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