El sentido discurso que, como ex alumno fundador de la Escuela de Arte Ricardo Carpani, Luis Magnin leyó en ocasión del trigésimo 30º de la institución, celebrado el pasado 1 de noviembre en la sede de Arenales y Bertolini.
Recuerdo aquel aviso en el diario ´La Auténtica Defensa´ que hablaba de Escuela Superior de Artes Visuales" en Campana, donde aparecía también fecha y lugar de inscripción.
La gran mayoría ya dibujaba o pintaba de manera amateur o había hecho algún curso con Profes que existían en nuestra ciudad por aquella época; yo ya era dibujante de planos mecánicos en la refinería, con origen en la Escuela de Educación Técnica 1 Luciano Reyes, no tuve dudas en inscribirme automáticamente. Necesitábamos el certificado analítico y el DNI para lograr aquel primer paso: la inscripción.
Algún genio visionario había tenido la gran idea de crear una escuela de arte. Era nuestra gran oportunidad porque no era un "Curso de dibujo", era un Terciario con un año de preparación común para después derivarse en dos carreras: Magisterio en Artes visuales y Gráfica. Una gran puerta abierta a un futuro inimaginable por aquellas horas.
No éramos conscientes de que, luego seríamos: el comienzo de un "punto y aparte" en el desenvolvimiento del Arte y la cultura de nuestra querida ciudad. Era muy diverso, el nivel inicial de los alumnos que comenzaban en la nueva escuela. Había algunos que tímidamente se veían por primera vez con un grafito en la mano y un soporte en blanco por delante y también estaban los que ya tenían una trayectoria determinada con obras expuestas en varias muestras o exposiciones.
La primera impresión de aquellos primeros meses (últimos meses de 1991), fue de un impacto académico - espiritual muy positivo para todos nosotros. Primero por la exigencia de las diferentes materias, y segundo por el alto nivel profesional de los docentes que participaban en aquel primer año.
La exigencia era alta. Había trabajos prácticos y tareas teóricas que ocupaban muchas horas de nuestra vida fuera de la escuela. Los que trabajábamos, teníamos solo los fines de semana para hacer las difíciles tareas que nos daban en aquel primer año.
Tal vez por eso y otros diversos motivos fueron quedando en el camino, varios de los alumnos que comenzaron en ese año, faltaba espacio en algunos momentos, faltaba material para trabajar, faltaban cosas que la pasión y el sacrificio de los profes y los alumnos supimos sobrellevar para seguir adelante. El tiempo nos rindió los frutos de aquel esfuerzo.
Había un kiosco llamado "Buenas Ondas" a la vuelta de la escuela donde vendían panchos y bebidas que fue nuestro oasis en el desierto durante algunos meses de aquel año. Estaba ubicado frente al cuartel de bomberos y comenzamos a ir durante el primer recreo. Era como una manera de descansarla la mente después de alguna materia teórica como Fundamentos Psicológicos del Arte, Comunicaciones o bien Historia del Arte.
Comenzó tímidamente yendo un grupo de dos o tres personas, a comer un pancho y una coca, y a volver en horario para el comienzo de la tercera hora. Con el tiempo, el número de compañeros que asistía a ese ´recreo en el kiosko´ fue creciendo y ya, en lugar de una gaseosa, alguien pedía una cerveza con aquel pancho. Eso nos llevó a que llegáramos 15 minutos tarde a la clase de Gráfica o Medios Audiovisuales en el horario de la tercera hora de clase.
Sabíamos que eso no estaba tan bien. Nos tomábamos 25 minutos pero éramos libres, felices, y no hablábamos de otra cosa que no fuera tema de la escuela, de los profesores, del volumen, la materia, los claroscuros, la tridimensión, el valor de los colores primarios, etcétera. Era una parte muy divertida de nuestra jornada de clases.
Es algo muy personal y particular, el pensamiento del artista al estar rodeado por una atmósfera donde impera el arte. No había otro tema de conversación. Íbamos a algún bar a tomar algo o a comer, y terminábamos dibujándonos entre nosotros, estábamos como poseídos. En casa los dibujábamos a nuestros viejos, en la fábrica lo dibujábamos al jefe…
Respirábamos Arte, destilábamos Arte, nos sentíamos Arte.
Ya en aquel primer año aprendimos a revelar nuestras propias fotos y hasta hicimos una fotonovela para un final de Fotografía. Qué decir de los viajes a los museos, o exposiciones en centros culturales de capital, las reuniones para realizar trabajos prácticos o presentaciones grupales de Historia del arte, o Medios Audiovisuales, el taller de serigrafía que armamos para la materia Técnicas de Impresión… fuera del horario normal de la escuela, los sábados. Allí Imprimíamos los afiches y calcomanías con las cuales publicitábamos a nuestra escuela de arte. Qué alimento al alma que era aquello.
Queremos, sin nombrar a nadie, porque podríamos olvidar a alguien y sería errado, recordar a los que han partido y reconocer que este camino recorrido desde aquel momento del cual se cumplen nada menos que 30 años, nos ha dejado el fruto, y el tesoro de contar con grandes profesores de arte y diseñadores gráficos de alto nivel que hoy enorgullecen a nuestra querida Escuela que además de formarnos como artistas, nos ayudó a ser mejores personas.



