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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 23/dic/2021 de La Auténtica Defensa.

Desajustes demográficos, políticos, económicos y sociales que la pandemia del Covid-19 saca a la luz con más crudeza
Por Marcelo Pazos







Marcelo Pazos. Foto: Archivo.

En busca de una paridad demográfica seccionan el AMBA, el Area Metropolitana de Buenos Aires, imaginando ingenuamente que un límite jurisdiccional alcanza para interrumpir los flujos de interacción que se multiplican generando los múltiples subsistemas que son finalmente los ladrillos con los que se construye el sistema urbano.

La reciente renuncia del senador Esteban Bullrich a su banca tuvo un formidable impacto moral equiparable al de aquella carta del doctor Favaloro o el testamento político de Leandro Alem.

Hay circunstancias comunes en estos tres casos que son sobrevoladas por lo fatídico, lo que no puede ser evitado, y entonces su impacto trasciende lo partidario y relativiza lo ideológico. Quizás por eso se vio eclipsado el libro del ya ex senador en el que incursiona en aspectos territoriales de la Provincia de Buenos Aires.

Esa temática no es nueva, y no por eso menos trascendente, y se vincula a los evidentes desajustes demográficos, políticos, económicos, sociales que aunque ya se perciben a simple vista la pandemia del Covid 19 ha expuesto con crudeza. Se trata de desequilibrios que se pretenden compensar desde lo político y jurisdiccional. La macrocefalia porteña como corolario de la preponderancia de la Ciudad de Buenos Aires ya fue observada en tiempos de la Organización Nacional y pese a que hasta 1810 su jurisdicción apenas llegaba al río Salado.

La Constitución de 1853 entendió que el problema no radicaba en su exigua extensión territorial sino en el producido de la recaudación portuaria. La federalización de Buenos Aires resultó el remedio, pero el esquema radial del territorio nacional que luego ratificarían los ramales ferroviarios ya estaba trazado, y la inmensa concentración demográfica de la megalópolis porteña fue la obvia consecuencia de ese paradigma que el saber popular ha consagrado con la expresión que sostiene que Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires.

Esa es la muerte del federalismo y de allí iniciativas tales como la Argirópolis de Sarmiento o el Proyecto Patagonia de Alfonsín, tan recordado en estos tiempos de celebración del Día de la Democracia, o las declaraciones en Tucumán del Presidente de la Nación abriendo la posibilidad del traslado de la Capital al Norte Argentino.

Como vemos el problema de la Capital es indivisible con el reconocimiento de las asimetrías que se manifiestan en el País pero que involucran también, y de modo directo, al territorio de lo que supo ser su jurisdicción provincial originaria. Así hay una Provincia urbana, la Región Metropolitana, cuyo destino y funcionamiento está atado al de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; hay una Provincia con raíces en los Reynos de Indias que se extiende entre el Paraná y su estuario del Plata y el río Salado; y una tercera Provincia que los estancieros pioneros primero, Juan Manuel de Rosas más tarde, y finalmente el general tucumano Julio Argentino Roca habrían de yuxtaponer, avanzando sobre lo que hasta entonces se conocía como "El Desierto" que se extendía más allá de "La Frontera", que tan bien ilustra José Hernández en su Martín Fierro.

Desde el Planeamiento Urbano Ambiental hemos sostenido que el Sistema Urbano es el resultado de la interacción articulada de un subsistema social con un subsistema territorial. Este concepto puede extenderse a lo regional, y también por extensión a todo el territorio nacional. Si el subsistema social no articula equilibradamente con el subsistema territorial se produce lo que denominamos una disfunción. Cuando la entidad -la ciudad, la región, la Nación- no logra desarrollar la homeostasis que corrija la interacción disfuncional entre sus componentes todo el sistema entra en crisis. No se puede llevar adelante una obra de teatro en un escenario colapsado, valga la metáfora. Por eso no resulta extraño que ya en 1900 Carlos Pellegrini presentara en el Senado una división de la Provincia con su cabecera en la ciudad de Bahía Blanca. Y mucho más próximas en el tiempo tenemos las propuestas del economista radical Lucas Llach o de aquella con la que comenzamos este artículo, propuesta por Esteban Bullrich.

Si bien ambas coinciden en sus trazos más gruesos también ambas caen en un mismo error, según lo entiendo: En busca de una paridad demográfica seccionan el AMBA, el Area Metropolitana de Buenos Aires, imaginando ingenuamente que un límite jurisdiccional alcanza para interrumpir los flujos de interacción que se multiplican generando los múltiples subsistemas que son finalmente los ladrillos con los que se construye el sistema urbano.

Por el contrario, sostengo que es la carencia de una autoridad suprajurisdiccional la causa de los múltiples desajustes existentes en el conurbano porteño. Así lo expresé en mi libro Bajo Paraná -no hace falta leerlo, que además está agotado, con mirar la tapa alcanza-, en el que la división propuesta de la Provincia coincide en sus trazos gruesos con los antecedentes mencionados pero con la salvedad de que Buenos Aires Ciudad y su Área Metropolitana deben preservarse en una identidad común y compartida.

La anterior gestión del Gobierno Nacional generó un organismo pionero, el COCAMBA, a cargo de quien fuera intendente de la Ciudad de Buenos Aires, el Dr, Facundo Suárez Lastra, y el actual gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ha aceptado el desafío de imprimir a su Consejo del Plan Urbano Ambiental una mirada metropolitana que se ha reflejado en una serie de encuentros temáticos virtuales con la presencia de diferentes actores sociales, la academia, ONG, organismos oficiales, empresas públicas y municipios de diferentes signos políticos.

Quizás una tan marcada alteración de la actual estructura político-administrativa implique un desafío extremadamente complejo. Hay intereses cruzados que pueden verse afectados. Quizás una más modesta propuesta -por ejemplo establecer regiones con mayor o menor grado de autonomía, quizás una división según el histórico curso del Río Salado- sea un paso intermedio más prudente, más asequible.

Planteado el tema las comunidades de otro conurbano, el nuestro, el de Zárate y Campana, no deben pasar por alto la oportunidad de incidir en su futuro, tomar conciencia de su situación de borde, y en función de eso elegir su destino. Una cosa es ser parte de la Megalópolis o de la Región Metropolitana, pero existen también otras diferentes alternativas que debieran ser evaluadas, para llegar a definiciones consensuadas. De cómo se orienten sus políticas nuestro conurbano puede caer en la órbita de la Región Metropolitana de Buenos Aires, o no -quizás, por ejemplo, en un Corredor Norte- , u otras alternativas, y esa definición debería encontrar a los actores involucrados haciéndose cargo de esa toma de decisión.







 
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