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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 15/may/2022 de La Auténtica Defensa.

Padre Rufino:
Los hermanos sean unidos




El amor sentido, comprendido, vivido y expresado con y hacia los demás, es la llave. Algunos tienen que trabajarlo más, a otros se le da más naturalmente. Pero nos incluye a todos por igual.

En este quinto domingo de Pascua, corresponde la lectura del Evangelio según San Juan, Capítulo 13, versículos de 31 al 35. "Apenas salió Judas, dijo Jesús: — Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios va a ser glorificado en él. 32 Y si Dios va a ser glorificado en él, Dios, a su vez, glorificará al Hijo del hombre. Y va a hacerlo muy pronto. 33 Hijos míos, ya no estaré con ustedes por mucho tiempo. Me buscarán, pero les digo lo mismo que ya dije a los judíos: a donde yo voy ustedes no pueden venir. 34 Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros; como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. 35 El amor mutuo entre ustedes será el distintivo por el que todo el mundo los reconocerá como discípulos míos".

"Estamos –señala el padre Rufino Giménez Fines – en la última cena, escenario donde Juan comienza a relatar el inicio de la Pasión de Jesús, quien viene de Dios y vuelve a Dios, cerrando un círculo de fe en el que los discípulos quedan incluidos. Aun la traición de Judas, responde al plan de Dios. En este pasaje, el autor insiste en la glorificación de Dios, algo que para los rabinos es prácticamente sustituto de Dios mismo. Subrayando de glorificación de Jesús, estamos hablando de la vida nueva que se inaugura con Jesús victorioso del pecado y de la muerte. La Pascua para el cristiano es compartir su vida nueva venciendo a la muerte al haber crucificado al "hombre viejo" con Cristo para participar de su resurrección o, dicho de otro modo, se trata de una nueva era: con la fe y el bautismo somos miembros del segundo Adán, somos el hombre nuevo, cuyo compromiso es amarnos los unos a los otros. Tenemos que escuchar, tenemos que recibir, tenemos que predicar, tenemos que practicar el mandamiento nuevo: amarnos los unos a los otros, como Cristo lo hizo. Y eso nos distinguirá como sus discípulos".

"Este nuevo mandamiento-agrega el sacerdote Rogacionista- en realidad, es la plenitud de la ley que Dios proclamó y dio a Moisés en el Sinaí. Los cristianos intentamos vivir este mandamiento, hacerlo realidad en nuestra vida cotidiana. Proclamar con nuestras palabras y testimonio, tal como Paulo y Bernabé en la primera lectura de hoy, del libro Hecho de los Apóstoles, dedicados a explicar cómo Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe: la vida nueva es aquí y ahora, sin tener que esperar la muerte en este plano terrenal. Cristo es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es por eso que nos toca a nosotros abrirnos a su regalo, a vivirlo y anunciarlo. Para eso y por eso, Jesús camina con nosotros y ama en nosotros a todos. Hagamos visible, entonces, su presencia y amor en nuestras vidas… El caracú del tema no es otro: un mandamiento nuevo, para un mundo nuevo, regido por la lógica del amor: somos libres, para hacer libres a los demás y no para someterlos o esclavizarlos. El diálogo nos hace hermanos si lo utilizamos para acercarnos y no para imponer nuestros criterios. Compartir, es sinónimo de amor cuando no se mira a quien se da, ni se espera nada a cambio. Porque, en definitiva, hacer el bien, hace bien. Es bueno para nuestra salud física, emocional y espiritual… pero además, esa alegría que experimentamos, es contagiosa, si nace de manera genuina, de un corazón ocupado por Dios y no por las cosas. Así, la esperanza se transforma en certeza y nos empuja hacia adelante, en un círculo virtuoso que no nos blinda de los percances, pero sí nos ayudará a transitarlos más livianos y menos angustiados. El amor es siempre nuevo, si no se mide por horas, si no se utiliza con segundas intenciones, si rompe moldes y vergüenzas, si no juzga por lo que ve y se brinda a como dé lugar, si es transparente en vez aparente, si bebe de la misma fuente que Jesús, que es Dios. El amor es siempre nuevo si es como la nieve que cae suavemente, sin hacer ruido, y poco a poco cubre todo lo que toca. O como el agua que, por donde pasa, genera y renueva vida… Entonces, en definitiva, no alcanza con proclamar el Evangelio. Más bien se trata de vivirlo de manera profunda y compartirlo, siempre con Él, por Él, y en Él. Y esa es la gran diferencia, que nos conduce a la trascendencia. Algunos tienen que trabajarlo más, a otros se le da más naturalmente… pero nos incluye a todos por igual. "Los hermanos sean unidos" dice el Martín Fierro de José Hernández. Muy bien. Lo que hay que entender es que todos somos hermanos, el otro no es alguien de afuera, un extraño o una amenaza. Y si lo es, le tendremos genuina misericordia por la triste oscuridad en la que discurre su vida. Entonces, uno se preguntará: ¿Y cómo puedo lograr todo esto? En realidad, es imposible si primero no lo deseo, y se pone en juego nuestro libre albedrío. Luego, pedir y orar para que suceda. Final y principalmente, dejarse amar por Jesús. El resto, tarde o temprano, vendrá por añadidura".



 
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