Abrí un paquete de ravioles que compré en el mercado. Me pregunté de qué estaban hechos, decía de pollo, pero la pregunta valía igual ¿De qué están hechos? ¿De perfume de pollo? ¿De abdomen de pollo con nitrato de sodio? ¿De alas de pollo trituradas con espesantes casi naturales? En fin, mi mente empezó a entrelazar innumerables posibilidades acerca de la verdadera consistencia de esos ravioles, que en pocos minutos tendría entre mis venas. Es una cuestión de supervivencia, creo, tal vez algo de neurosis, tal vez porque no hay nada en la tele.
Entre tanto pensar qué hace a un verdadero raviol, apareció la palabra acelga, pero no me conformó. Es raro que en una familia de tanos nunca haya tenido un domingo de verdaderos ravioles, bien caseros, con mucho pollo, pero en la salsa, no en el relleno. Me costó mucho hacer pie en lo que es un verdadero raviol, es difícil cuando uno nunca experimentó eso verdadero, ese punto de partida originario, donde a partir de allí se construye y se van acomodando las cosas de forma ordenada y armoniosa.
Tengo el recuerdo de un puré con dos huevos fritos sucios con pan rallado que los comía en la casa de mi abuela, contra la pared, como estaba la mesa, miraba el plato y no conversaba. Yo no pude experimentar comer verdaderos ravioles, esos caseros que te hace una abuela que te quiere mucho, pero, ya es tarde, si alguien me hace unos ravioles bien caseros no será igual que el experimentar de la infancia, esa ingenuidad con la que aprendemos sin darnos cuenta, porque ya tengo una idea de lo que es un verdadero raviol, le digo "raviol platónico", porque solo permanece en el deseo y la idea, y nunca se hizo realidad.
Mientras hierve el agua, me pregunto qué peligroso es vivir con ideas platónicas, vagas e incompletas, quizá comiendo estos ravioles safo, no me pasará nada, en ésta safo, pero después, no sé.



