Estaba en un local de comidas rápidas muy tranquilo tomando un café, hasta que un hombre mayor se sentó cerca de mi mesa. Llegó con su café con leche, dos medialunas y un diario. Quedó justo enfrente de mí, fue entonces cuando vi que sumergió una medialuna en el café con leche, le dio un bocado, volvió a sumergir el resto que le quedaba de medialuna y la terminó. Lo mismo repitió con otra y quedó muy despreocupado ojeando la tapa del diario.
Me pareció que era un hombre grande como para andar haciendo estas cosas. Y Recordé cuando en la casa de la Nona tomábamos el té con masitas. Para divertirnos, llenábamos la taza con trazos de galletitas y mucha azúcar, dejábamos que se humedezcan y las comíamos con la cuchara.
La Nona tenía unas tazas transparentes en las que se podía ver bien cómo se iban hinchando las masitas y hasta qué color podía llegar a teñirse el agua con un saquito de té.
"No se juega con la comida", solían decirnos en ocasiones. No entendía mucho esa frase, ¿Qué tiene malo comer y jugar? Una vez hice lo mismo pero en casa. Mojaba las masitas en el té y las comía. Mi mamá me retó, me dijo que eso no se hace. Tampoco lo entendí en ese momento, igual le hice caso. Después que me retaron, ya no tenía mucha gracia jugar con las masitas en el té y si veía que alguno lo seguía haciendo lo interpretaba como un acto infantil o poco educado.
Ahí entendí que cada lugar tiene sus leyes y costumbres y parece que este hombre todavía se regocija en hacer travesuras de niños.
Yo ya merendé en la autenticidad de un niño y hoy termino mi café en el placer de los buenos modales. El tiempo me enseño que ser genuino no es transgredir la merienda.



