El domingo hubo reunión familiar. Hablando un poco en serio y un poco en joda, nos pusimos al tanto de lo que está haciendo cada uno.
Me preguntaron a mi y no es un momento que me gusta mucho esto de tener que dar explicaciones cuando las cosa no funcionan como quiero, pero viendo que me lo preguntaban con real interés, comencé a comentar.
Mientras les contaba de mi vida, me di cuenta que las cosas no estaban tan mal como creía. Es más, había cosas que andaban realmente bien, así que cuando se fueron me quedé con una buena sensación y recordé cuando en la casa de la Nona nos agarraba el atardecer.
De un momento a otro el patio de la Nona se oscurecía. Prácticamente no había luz y solo podía verse el reflejo de unas luces lejanas o de la luna. A veces nos íbamos adentro todos juntos, pero otras veces nos quedábamos solo los más grandecitos y ahí comenzaban las historias de terror: El hombre sin cabeza, La llorona del cementerio y un montón de otras más.
Un día el relato fue acerca de los de fantasmas. Si me quedaba me asustaba, y para irme tenía que atravesar todo un pasillo oscuro para llegar que realmente me daba pánico. El atardecer en la casa de la Nona te atrapaba y había que ser muy valiente para no llegar a asustarte a esa hora.
Había siempre un narrador, el conocedor de la historia, y los otros que hacían comentarios para mantener el clima tétrico. Mientras mi primo explicaba los poderes del fantasma, decía frases temerosas del tipo: "No hay cómo escapar si aparece".
Mi mente recreaba cada detalle que él explicaba. Así, el fantasma llegó tener en mi cabeza forma, movimiento, actitud, poder y maldad. Esta historia estaba ganando demasiado espacio en mis pensamientos pero mientras tanto yo ponía cara de póker o imitaba algunas expresiones de los otros para disimular mi temor.
Empecé a romper el silencio diciendo: "¿Dónde?", "¿No había nadie más?", "Ya había escuchado eso de los fantasmas". Comentario tras comentario, la historia tomó otra dimensión y entonces me fui tranquilizando. Dejé de ser un espectador para convertirme en colaborador de la historia narrada.
En ese atardecer, recuerdo, pude contra esa gran historia de terror.
Hablar siempre hace bien. Sobre todo, cuando te arrincona un fantasma.



