En mi cuarto día de dieta tuve que enfrentarme a un serio problema. Habían quedado de ayer tres facturas con crema pastelera que me robaron el corazón. Fue amor a primera vista, tienen ese "no sé qué" que me enloquece y están dando vueltas en mi cabeza desde ayer a la tarde. Tengo que optar por mantener un abdomen impecable o dejarme llevar por las irresistibles facturas. Comencé a sentirme invadido por planteos del tipo... ¿Pará qué voy a vivir si no puedo hacer lo que quiero? ¿Qué sentido tiene algo si no me hace sentir bien? Mientras meditaba acerca de quebrantar mi racha de tres días de dieta, recordé cuando comimos ñoquis en la casa de la Nona.
Hacía rato que la Nona estaba ocupada en la cocina haciendo sus célebres ñoquis. Todo iba normal, hasta que la Nona hizo un cráter de harina sobre la mesa. La harina parece tener un imán para los chicos y en un descuido, no quedamos inmovibles al borde la mesa.
La Nona puso sobre la mesa las papas calientes y comenzó a arrimarle harina, al mismo tiempo, nosotros la empezamos a atacar con preguntas del tipo... Nona, "¿querés que te ayude?" "¿para qué se hace eso?" "puedo hacer eso si querés". Tantos jodimos a la Nona con ayudarle en hacer los ñoquis que repartió tareas a cada uno, mientras que ella se limitó a vigilar su salsa y a nosotros. "Sí, así está bien", nos decía la Nona cada tanto. Algunos ñoquis salieron bastante bien, otros no tanto. Después de servir la mesa, la charla fue acerca de la imperfección de los ñoquis y los novatos cocineros. Pasamos un buen rato, que es lo más importante. Está claro, que no todo lo perfecto está bien, si en el fondo no hace bien.
En cuanto a la dieta, voy a ceder a dos facturas con crema pastelera para mi desayuno, porque mi verdadera tarea no es ser perfecto, es ser feliz.



