Nunca fui bueno para las matemáticas, pero por suerte sumar y restar lo sé hacer bastante bien. Conté, conté y sí, me pagó mal, pero ¿por qué no me dio el vuelto bien? Acá el que se duerme es cartera, no puede ser, ¡qué bronca! No le voy a reclamar unos pesos mugrosos, no voy más y listo.
Es increíble que alguien sea tan barato y se rebaje por solo unos pocos pesos, aunque quizá se equivocó, pero se dedica a eso, pero se puede equivocar. Me dolió más la actitud que los pocos pesos con que se quedó.
Mientras otra vez recontaba en mi puño semicerrado los billetes entre algunas monedas me vino la imagen recurrente en los cumpleaños en la casa de la nona, el recuento de caramelos, después de dejar todo el piso sucio, algunos rebuscaban entre los papeles la ya hace rato explotada piñata, no se resignaban a que no haya más caramelos. La piñata consistía en un kilo de harina y una bolsa de caramelos, después se cambió a papel picado por una cuestión de limpieza.
Debajo de la piñata se exponen las personalidades y la suerte de los chicos. Está al que le ayuda la madre, el grandulón que se agarra mucho y después tiene que devolver algunos, el que se pone contento con dos o tres caramelos, el que llora porque no pudo agarrar ninguno y al que le toca de limón y naranja.
Yo no era ninguno de estos, siempre me sentí grande para la piñata, quizá nadie me empujó y me dejó justo debajo de la harina, todavía no sé si fui un noble o un cobarde. La piñata tiene una entrelinea salvaje, "lo que agarro es mío" ¿No sería mejor repartir a cada uno en la mano lo que corresponda? Qué juego raro es la piñata, qué juego raro es la vida.



