Hablaba con dos amigos sobre temas comunes de la vida: La felicidad, la muerte, la verdad. De que si la felicidad es un encuentro, un camino, una idea, un destino... Si la muerte existe, si vale la pena ocuparse de estas cuestiones...
Yo los escuchaba y opinaba, estaba muy interesante la charla. Pero de tanto comentar los temas uno de ellos se fue comprometiendo, a mi entender, demasiado con respecto a "La Verdad". Cambió el tono de voz y empezó a relatar fundamentos de esto y aquello, de lo que es y de lo que debería ser "la verdad" y "el hombre".
Con mi otro amigo lo dejamos hablar para que se desahogue ya que se lo veía realmente comprometido en lo que explicaba y mientras lo escuchaba recordé cuando jugábamos con Gino en la casa de la Nona.
Los sillones del patio tenían almohadones. Si alguien se sentaba un rato, cuando se levantaba, quedaba una leve depresión que al tiempo desaparecía. Seguramente cuando fuimos un día al patio alguno estuvo sentado antes y dejó dicha depresión en el sillón.
"Parece como si estaría alguien sentado" dijo uno. "Es cierto" le respondimos. Era un sillón hamaca, de hierro, que se movía y hacía ruido solo cuando el viento lo mecía. "Es mi amigo" -dijo uno- "me vino a visitar". Ninguno se quedó atrás y dijimos: "Y mío también". "Está aburrido", comento uno. "Tiene hambre Gino", improvisó otro. "Tiene sed, me parece"...
Y así empezó nuestra amistad con Gino. Cuando no había nada para hacer le dábamos de comer a Gino o le hacíamos preguntas: "¿Qué hiciste ayer?" "¿Podés volar?". Un día se armó una discusión: "A Gino no le gustan las manzanas, le gustan las hamburguesas", "Recién me dijo que quiere fideos", "No lo molesten a Gino, que ahora no quiere comer", "¡No quiere comer!"... Todos se sentían más amigo de Gino y lo cuidaban. Gino no decía nada, pero no tengo dudas, ese día no quería comer.



