Me puse a delirar sobre mi futuro y me encontré planificando algunas cosas pendientes. Desde hace tiempo que tengo deseos en la gatera y no me animo a darle rienda suelta.
"Que todavía no, que no es el momento, que después quizás sí..."; siempre postergando, como si atreverse fuera un pecado. Suelo recriminar mi espíritu ambicioso (siempre lo hago).
Mientras pienso si está bien o mal proyectar sobre mi futuro, recuerdo la temporada de escarpines en la casa de la Nona. Éramos una familia grande que seguía creciendo. Si no era por mi mamá era por alguna tía, pero siempre había uno nuevo por venir.
Por lo general se tejían escarpines, a veces alguna mantilla o un gorrito. Era muy común llegar y que esté alguna de mis tías o mis primas con la bolsa donde salía de tirones en tirones el ovillo de lana y se armaban las conversaciones: "¿Y vos para cuándo?", "Por la panza es nene"... Se esperaba la niña o el niño, algunas se ilusionaban solo con tres y venían cinco o al revés. Se deliberaba sobre los nombres más lindos, los más irrisorios, los más gastados. Se hablaba de pintar la habitación y cuál sería el mejor colegio; todo casi en una misma oración.
También era común averiguar el paradero del moisés y del último cochecito. A nosotros nos preguntaban si lo íbamos a cuidar y también nos decían "Tienen uno más para el equipo". Yo decía que sí, me daba vergüenza hablar sobre alguien que no conocía, me parecían charlas raras que no captaba muy bien. Pero con el tiempo sí fui entendiendo, porque en verdad tarde o temprano había "uno más para el equipo" y también aparecían los nombres originales y los repetidos.
Con tantas temporadas de escarpines fui comprendiendo como se desarrollan las cosas de la nada. De una bolsa con lanas, hasta uno más corriendo en el patio. En poco tiempo el nuevo se convertía en viejo, porque ya se venía uno nuevo; y es así el mundo sigue girando.
Las cosas suceden o suceden y no tiene nada de delirante soñar un poco.



