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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 10/jun/2023 de La Auténtica Defensa.

Opinión:
El Libro, ese amigo irreemplazable
Por Fernando Andrioli




Cuando tenía cuatro años vivía en Beruti 265, a metros de calle España, hoy De Dominicis; en la casa de mi abuela. Mis dos hermanos mayores, en ese entonces con 10 y 8 años ya estaban escolarizados y eran el reflejo de lo que yo quería ser y hacer todo el tiempo. Años más tarde me di cuenta que en esos momentos yo era una carga importante para ellos que compartían junto a mis primos, Oscar y Ricardo, juegos acordes a su edad y que no estaban a mi altura ni a los de mi prima María Inés, con la que nos llevamos tan solo 8 días de diferencia. Pero, aún así, tengo que reconocer que ambos dedicaron mucho tiempo en entretenerme, armarme juegos, explicarme cosas; más que nada para ayudar a mi abuela en su rol de madre hasta que mi vieja volvía del trabajo cada tarde.

A pesar de mi corta edad, tengo muchísimos recuerdos de esa época marcados a fuego. Entre ellos los disfraces de papel de diario que mi hermana Nancy me hacía de Batman, serie de la cual yo era fanático y que veía en el viejo televisor a lámpara de imagen blanco y negro, el mismo que nos acompaño hasta la casa de Ariel del Plata y funcionó hasta mediados de los 80. Otro de los juegos que recuerdo era el senku, que por supuesto yo lo jugaba con mis reglas imitando a mi hermano Sergio, que era un experto, y dejaba una sola ficha clavada en el centro. Pero también pasaba mucho tiempo en soledad, sobre todo por las mañanas cuando mis hermanos iban a la Escuela 9, jugando con las cosas que me rodeaban o las que mis hermanos iban dejando de lado, como muñecos, autitos, libros...



Con respecto a los libros, siempre me atrajeron. No solo los de cuento con figuras llamativas y coloridas (contrariamente a los dibujos de la TV, que veíamos en blanco y negro), sino también unos libros que ya por esos días eran amarillentos y que se encontraban en una pequeña biblioteca que mi abuela se empeñaba en recordarme que la había construido mi abuelo Ramón, su marido. Cabe aclarar que nunca lo conocí, ya que falleció cuando mi madre tenía 11 años, en 1946. Pero ella, mi abuela, fue la encargada de mantener vivo su recuerdo contándonos historias, rasgos de su personalidad y de su carácter. Probablemente mediante esos relatos fui entendiendo la importancia de la palabra y el efecto que ejerce en nuestros pensamientos, ya que para mi el abuelo siempre estuvo presente aún 25 años después de su fallecimiento.

Volviendo a la biblioteca del abuelo, dentro de ella había muchas cosas, entre ellas una colección variada de libros de mi tío Carlos, que para ese entonces estaba terminando su carrera de ingeniería en la universidad de La Plata y que muy esporádicamente volvía a su casa, que desde hacía ya varios años compartía con la familia Andrioli. Aún así, había muchas cosas de él en esa casa, entre ellas esos libros que repetidamente yo llevaba a la mesa de la cocina y simulaba que los leía, inventando historias y pasando prolijamente hoja por hoja con mis diminutos dedos, mientras mi abuela cocinaba. Ella con tal de verme tranquilo (era un poco travieso por naturaleza) me dejaba hacerlo y de vez en cuando interrumpía mi relato: “Si te gustan tanto los libros desde ahora, seguro vas a ser ingeniero como tu tío…" orgullosa de su hijo próximo a recibirse.

Así, un poco por mis ganas, otro tanto por la dedicación que puso mi hermana Nancy en enseñarme; aprendí a leer bastante bien a los 5 años y comencé primer grado haciéndolo de corrido, empezando así mi largo recorrido por la lectura, que fue exacerbándose día tras día, al punto que con 10 u 11 años solía leer un libro por semana como mínimo. El primero más o menos grande, de varios capítulos, fue “20 mil leguas de viaje submarino" y abrió la puerta a varios de Julio Verne que siguieron posteriormente. Recuerdo también unos libros de tapa dura que estaban en mi casa de Editorial Kapelusz de la colección Iridium. Me apasionaban tanto que los devoraba: “Hola Luck, aquí Martina", “Lassie y Joe", “David Copperfield", “Grishka y los Lobos", “Robinson Crusoe", “La isla del Tesoro", “Ivanhoe", entre otros títulos adaptados para niños. Sumados a ellos tampoco faltaban las revistas que había en el kiosco de mi viejo: Patoruzú, Hijitus, El Tony, Intervalo, Lupin... No recuerdo día de mi infancia sin dejar de dedicarle dos o tres horas a la lectura. Comenzó a ser una verdadera pasión que abría mi mente, me transportaba por infinitos caminos cargados de emociones y enseñanzas, aventuras que despertaban sensaciones y sentimientos irrefrenables: Alegrías, temores y también algunas lágrimas, las cuales secaba rápidamente cuando brotaban de mis ojos ya que me avergonzaba sentirme tan vulnerable.

La escuela secundaria, lejos de alejarme de los libros, abrió nuevos caminos. Además de las obligadas lecturas de estudio, se sumaron las de Borges, Bioy Casares, Freud, Platón, Kant y Cortázar, entre otros, y también la oportunidad de estar frente a frente con autores de libros por quienes siempre tuve un gran respeto, sea el género que fuera. Tengo recuerdos tempranos de escritores campanenses. El primero de ellos fue Oscar Serrano, en 1978, quién con mucho orgullo llevó a mis padres un ejemplar de su obra “En un abrir y cerrar de ojos" dedicado con mucho cariño. Oscar era un amigo de la familia y desde muy niño frecuentaba la casa de calle Beruti por la amistad que lo unía a mi tío Carlos (otro amante de la lectura). También recuerdo el día que Aida Nebbia obsequio a mi padre un ejemplar de “Poemas de cenizas y esperanzas", llevándoselo en persona al kiosco. Mi viejo la admiraba a ella y a su poesía.



Otro lindo recuerdo me quedó de Nancy González. Ella solía escribir en La Autentica Defensa una columna muy entretenida que enviaba escrita a mano y yo tipiaba semanalmente. Un día en una sala de espera de un consultorio médico la conocí personalmente y nos reencontramos tres o cuatro veces en el mismo lugar. Una de esas tardes me expresó que uno de sus sueños era editar su propio libro, más allá de los dos o tres proyectos colectivos en los que había participado. Una mañana de julio de 2003 me llevó al diario “El lugar. Cuentos, relatos y otros sueños", su sueño se había hecho realidad. Me lo regalo orgullosa con una dedicatoria hermosa que dice: “Con mucho afecto, esperando que encuentres en estas páginas algo de vida". Ese libro, que conservo con mucho cariño, no solo se destaca por la bella forma de escribir que Nancy González tenía desbordante de sentimientos, sino además por ser el fiel reflejo de su persona. Un legado que dejó al partir tan tempranamente.

Yo entiendo los motivos por el que las pantallas nos han atrapado. Desde el comienzo del cine y luego con la TV, ya se avizoraba el poder de captación de la atención que tenían las imagenes en movimiento. Chaplin nos conmovía sin sonido y sin color, solo con su gestualidad. Que decir cuando todo se fue perfeccionando y se tornó tan profesionalizado y posteriormente con las computadoras y los teléfonos, !cuando se han estudiado hasta los segundos máximos que nuestra atención se enfoca sobre la pantalla de los Smartphones y la potencialidad de enganchar temas con temas para atraparnos durante horas en reels interminables. Pero un libro es un libro y es irremplazable. Y aunque soy lector de archivos y libros en PDF, que nos acercan material que de otra manera sería muy difícil de conseguir, creo que los libros sobre papel son distintos. Es como tomar mate con bombilla o hacerte un mate cocido en una taza: No hay comparación, aunque a veces nos saca de algún apuro.

En lo personal a los libros de papel amo tenerlos, disfruto leerlos y atesorarlos en mi biblioteca. Igual a veces reflexiono sobre lo importante que otros también puedan nutrirse de sus páginas, y los regalo a amigos o a alguna biblioteca. Por suerte también he ligado libros de otras personas que saben de mi adicción por ellos y me los pasan. Pero reconozco que es difícil desprenderme de esos ejemplares que de alguna manera me impactaron y aceleraron mi corazón de lector. Con esos soy un poco avaro, ni siquiera los presto.



Campana tiene una historia rica en autores de cuentos, poesías, recopilaciones históricas, de relatos para niños, antologías. También un presente lleno de escritores prometedores que en el futuro seguramente nos maravillaran. No creo que sea un hecho casual, estoy convencido que tiene que ver a que históricamente tuvimos una muy buena educación y eso se refleja en movimientos culturales y artísticos interesantes. Estos procesos educativos generan beneficios a futuro y solo se perciben una o dos generaciones más tarde. De ahí la importancia de lo que ocurre hoy, porque se reflejara en el mañana, lo disfrutaran nuestros hijos y nuestros nietos. Deberíamos tener bien claro esto, para así proyectar solidas bases educativas en el presente que enriquezcan nuestro futuro. Tuvimos un pasado cultural muy sólido, con instituciones fuertes y un compromiso social para con la cultura y el arte que hoy se disfruta como la cosecha, producto de haber sembrado tanto. Por eso, es importante seguir preparando la tierra y plantando buenas semillas, haciendo una analogía con el trabajo del campo.

Próximamente en Campana se realizará la 3ra. Edición de la Feria del Libro. Un proyecto que comenzó tímidamente en 2021, que ya el año pasado rompió todas las expectativas y que este año se apresta a ser un evento inolvidable de 4 días de duración, con la participación de grandes editoriales, decenas de autores locales, disertaciones magistrales de reconocidas figuras y por cierto, una estrella destacada: El libro.



La 3ra. edición de la Feria del Libro de Campana, a realizarse los días 17, 18, 19 y 20 de junio en el Club Ciudad fue promulgado el año pasado desde una Ordenanza Municipal en el Concejo Deliberante, que la inscribe como un evento relevante y cultural que deberá realizarse todos los años, pasando a ser una política de Estado.

En ésta edición nos visitaran: El periodista Nelson Castro y el actor Gastón Pauls, también el fotógrafo Facundo Zuviria, el periodista Federico Reato, el historiador Felipe Pigna, el escritor campanense Tomas Balmaceda y como cierre, el 20, habrá una gran celebración por el Día de la Bandera. Presentaciones de libros, recitados, lecturas, espectáculos variados; redondearan un evento sublime y gratuito, con el que nuestro municipio reconoce la importancia del libro y el impacto cultural que genera en toda la población. Además se podrá estar en contacto con los autores y tener información de primera mano para que nos cuenten la experiencia de haber atravesado un proyecto editorial. Celebro el esfuerzo del municipio, de la gestión de Sebastián Abella, en darle este espacio de tanta importancia al libro y sus autores. El tiempo será testigo de la importancia de esta iniciativa y los resultados a futuro.



Me quedan miles de cosas en el tintero sobre este amigo inseparable que es para mi el libro, pero se me hizo muy largo el relato. Solo me gustaría destacar el gran trabajo realizado por el primo de mi mamá, Juan Carlos Iglesias, que años atrás plasmó en papel la historia del creador del primer automóvil argentino, su abuelo y mi bisabuelo Manuel. "Historia del Primer Automóvil Argentino" es un trabajo documental imprescindible para que toda esa información que su padre Chale le contó de primera mano no se pierda, así como tantas fotos inéditas que allí él comparte. Creo que debería ser un libro de lectura obligatoria en las escuelas de Campana, ya que más allá de su invención, es una historia de superación y muy didáctica para inspirar a los jóvenes a llevar adelante sus sueños. Lo recomiendo porque además Juan Carlos tiene una pluma de excelencia y fue muy riguroso en términos históricos.

También quiero reconocer lo importante que fue la vieja guardia de autores de la ciudad que han dado tanto a la cultura campanense. Nombraré algunos, pero hay tantos otros que seguramente se me escaparan sin ninguna mala intención. Para mí ellos son Jorge Fumiere, Luis Del Greco, Mateo Blanco, Hermenegildo Calvo, Ramón Pereyra, Ángel Beruti, Manuel Besasso, Ulises Torres, Martin Becerra, Salomón Sinay, Washington De la Peña, Saturnino Sanders, Anselmo Beltrame, Gotardo Croce, Ismael Garzón, Ernesto Fráncica, Ronald Nash, Nélida Coltelli, Heriberto Señor, Beatriz Díaz, Aida Nebbia, Nancy González, Susana Boéchat y Oscar Serrano.

Para finalizar la historia quiero recordar a mi tía Lili, que hace pocos días se cumplió un año de su partida. Ella, una vez retirada de su profesión de enfermera y viviendo en City Bell, pero con un corazón campanense como pocos; se dedicó a la literatura y lo hizo prolíficamente a partir de 2008: “Sillanki", “Un viaje fantástico", “Un original gato con botas" y “Un libro extraño", que se compone de historias de su vida ficcionadas a través de relatos cortos, fueron sus obras. Cada una de ellas fue presentada en la Feria del Libro de Buenos Aires, en diferentes ediciones, rodeada de familiares y gente amiga. También se encargó de traer varios ejemplares a la biblioteca de Campana y tuvo el orgullo de poder presentar una de sus publicaciones en Toledo, España, para más tarde publicarla también traducida al Francés. Estoy seguro que para ella hubiera sido emocionante haber participado de la Feria del Libro de Campana, ciudad a la que adoraba tanto o igual que a sus libros. De más está decir, que Lili es y será mi escritora favorita por siempre.



 
P U B L I C I D A D






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