La anécdota es un retrato perfecto: un grupo de chicos de no más de 10 años jugando un partido de fútbol en las calles de Wadowice. La disputa es apasionada, se deja la piel en cada pelota. De un lado, católicos; del otro, judíos con un refuerzo de lujo. Karol Josef Wojtyla se pasaba de bando porque le faltaban jugadores al equipo contrario.
La historia es contada por el médico Jerzy Kluger, amigo de Juan Pablo II y sirve para describir la relación que tuvo con el deporte el jefe de la Iglesia católica en sus veintiséis años y medio de pontificado. Siempre lo consideró un ejemplo de unidad, solidaridad y esfuerzo conjunto en busca de un objetivo. También como cumplimiento de reglas y disciplina.
¨Gran importancia cobra hoy la práctica del deporte, porque puede favorecer en los jóvenes la afirmación de valores importantes como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la comunión y la solidaridad. A causa de la dimensión planetaria que ha adquirido esta actividad, es grande la responsabilidad de los deportistas en el mundo. Están llamados a convertir el deporte en ocasión de encuentro y de diálogo, superando cualquier barrera de lengua, raza y cultura. En efecto, el deporte puede dar una valiosa aportación al entendimiento pacífico entre los pueblos¨, decía el Papa en la celebración del jubileo de los deportistas en 2000.
Juan Pablo II fue un amante del deporte: buen arquero de fútbol, esquiador, nadador, ciclista y montañista. Su imagen escalando las montañas alpinas, con zapatillas deportivas y vestido de Papa, es una deliciosa muestra de que se tomaba su tiempo para el ejercicio físico, a pesar de todas las preocupaciones que seguramente ocupaban su mente.
En Castel Gandolfo, residencia veraniega, se construyó una pileta para que Su Santidad pudiera relajarse nadando cerca de una hora diaria.
Fue el primer pontífice que presenció un partido en vivo en el lugar del hecho: el que se disputó en el estadio Olímpico de Roma el 29 de octubre de 2000 ante 70 mil personas.
Aquel encuentro, en el que fue recibido en el estadio con la famosa ¨ola mexicana¨, enfrentó a dos equipos con futbolistas de todo el mundo, con múltiples creencias religiosas: católicos, musulmanes, anglicanos, evangelistas, protestantes, ortodoxos, budistas y ateos.
El encuentro hizo recordar aquellos ¨picados¨ infantiles en las calles de su pequeña ciudad natal. El fútbol, en representación de todo el deporte, se convertía en sinónimo de paz, de entendimiento y era un vehículo para eliminar las diferencias ideológicas, raciales, políticas o religiosas.
El Papa también puntualizó, en su momento, aspectos negativos del deporte en general. Hizo hincapié en que el negocio desnaturalizaba el juego y en las ¨malas artes¨ para llegar a la victoria. Proponía ¨un deporte que tutele a los débiles y no excluya a nadie, libere a los jóvenes del riesgo de la apatía y de la indiferencia, y suscite en ellos un sano espíritu de competición; un deporte que sea factor de emancipación de los países más pobres y ayude a eliminar la intolerancia¨.
Cuenta un corresponsal celestial que el último domingo debutó, por lesión del portero titular, un polaco fortachón en el arco del Deportivo Moisés. Parece que la rompió y que está confirmado para el clásico del sábado frente a la
Asociación Atlética Ismael. Informan desde el cielo que se llama Karol Josef Wojtyla y que no se saca las zapatillas blancas deportivas ni para dormir.
Agencia MP



