BUENOS AIRES, (AIBA-Infosic). La Casa Rosada no ha modificado su horizonte electoral de sólo una semana de extensión: espera denuncias de fraude en la noche del 27 de abril y no descarta a ninguno de los candidatos como potenciales reclamantes.
Considera que al asomar la tendencia definitiva en los cómputos del escrutinio, los candidatos que por pocos sufragios no accedan al objetivo perseguido, plantearán denuncias.
Por esto el ministro del Interior, Jorge Matzkin -tras votar en La Pampa-, el viceministro Cristian Ritondo, y el director nacional electoral, Alejandro Tullio, se acuartelarán el domingo de la elección en el edificio del Correo donde funcionará el centro de cómputos.
Más allá del seguimiento que harán del comicio, en la intimidad de la cartera política se adjudica a ese grupo el alcance de un 'comité de crisis', que deberá responder a las eventuales denuncias y a las quejas por presuntos favoritismos que deriven de la difusión de los cómputos oficiales.
Aunque sin saber la dimensión que finalmente adquirirán las protestas de los candidatos, los problemas de la primera vuelta se agotarían aquí para Matzkin.
En cambio, para todo el gobierno se suman otros: la Side acercó esta semana al presidente Eduardo Duhalde y al Ministerio del Interior un informe preocupante: con un peronismo dividido y con la perspectiva de que dos de sus tres candidatos lleguen a la segunda vuelta, se han detectado aprestos de desmanes que producirían grupos justicialistas descontentos con un
resultado adverso a sus líderes.
Ninguno de los tres segmentos peronistas que compiten aparece ajeno a esta previsión.
En cuanto a los pronósticos sobre el resultado de las elecciones presidenciales, la preocupación es el denominador común del duhaldismo y el menemismo, los dos polos irreconciliables del espectro justicialista.
En la intimidad de la Casa Rosada así se sintetiza el escenario: '(Carlos) Menem tendrá problemas en la segunda vuelta; (el oficialista Néstor) Kirchner, tiene problemas para llegar a la segunda vuelta'.
De allí la arremetida de todo el gobierno en la recta final para apuntalar a un Kirchner que no derrama sensaciones sobre el electorado. Son nada menos que Duhalde y 'Chiche' Duhalde los que han debido apurarse a hablar en estos últimos días de la necesidad de 'la renovación' de la dirigencia, en la que inscriben a su candidato santacruceño.
Ante ese empeño las urgencias alcanzaron al ministro de Economía, Roberto Lavagna, en condición de sacrificio para éste: debió asegurar su permanencia en un eventual gobierno kirchnerista a pesar de las antipatías que comparte con el candidato.
Menem, por su parte, da por hecho su paso a la segunda vuelta pero, a pesar del mensaje confiado que manifiestan sobre el triunfo en cualquier escenario, la intimidad de la actual carpa menemista ciertamente teme la concentración del voto rechazo en la segunda vuelta si debe competir contra el mismo Kirchner o Adolfo Rodríguez Saá.
Siempre optimista, éste último ya adelantó que 'apenas gane' la Presidencia, se convertirá en titular del PJ: asegura que su triunfo dejará tan debilitados a Duhalde y Menem que el encolumnamiento justicialista tras su figura será casi automático.
Pase lo que pase a esta altura sorprenden los que dicen no entender cómo Menem puede hoy tener aspiraciones a llegar otra vez a la Presidencia luego de su década de gobierno. Parecen extraños a la idiosincracia argentina.
Menem aspira a ser otra vez presidente de la Nación, de la misma manera que Raúl Alfonsín, a pesar de su gobierno de aislamiento de la Argentina e hiperinflación que encabezó, es convocado a la Casa Rosada para aconsejar sobre determinadas decisiones.
Por ejemplo el voto argentino en la ONU por no condenar la situación de los derechos humanos en Cuba. Voto que sumó este año un desafío de Fidel Castro a la comunidad internacional: encarceló por décadas a 75 opositores a su régimen y fusiló a tres secuestradores de una nave con la que quisieron abandonar la isla.
Entre otras cosas como estas, el martes los ministros ingresaron a la reunión de gabinete convencidos de que el presidente les confirmaría el voto por la condena en Cuba.
El de Relaciones Exteriores, Carlos Ruckauf, en lo que a poco se convertiría en un memorable papelón, había instruido a sus colaboradores de la Cancillería para preparar la formalización del voto condenatorio.
Ante el gabinete, Duhalde hizo revolear miradas y pensamientos de los ministros y secretarios cuando reveló que el voto de la Argentina sobre la situación cubana sería la abstención. Les dijo que no era el momento para cuestionar la crónicamente grave situación de los derechos humanos en la isla, cuando el mayor cuestionador, los Estados Unidos, terminaban de desatar una guerra.
También mezcló el acompañamiento que este voto haría a la postura de Brasil, con la absoluta necesidad del país de asociarse comercialmente con ese país. Finalmente destacó ante los presentes que el canciller 'había trabajado firmemente' para presentar en los foros internacionales con los mejores argumentos la posición argentina de abstención.
Ruckauf, a esa altura ansioso por conocer si sus hombres en la Cancillería cumplían en borrar aceleradamente el sentido del voto argentino en la ONU, escuchó en silencio ese tramo de los dichos del presidente. Tiene deudas pendientes con Duhalde, la última su apresurada retirada sin escándalo de la provincia de Buenos Aires para abordar su actual cargo.
Argentina retomó con este voto su inagotable vocación por asociarse al subdesarrollo: aparte de Brasil acompañaron el sufragio abstencionista argentino Uganda; Swazilandia; Togo; Kenya; Sri Lanka; Senegal y Tailandia.
Nadie dirá en el gobierno qué represalia económica del mundo financiero acercará a la Argentina el voto sobre Cuba y en cuanto crecerá la desconfianza. Pero nadie niega que crecerá. Claro que caerá sobre el próximo gobierno y sobre los mismos argentinos.



