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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 06/ene/2006 de La Auténtica Defensa.

VERANO CALIENTE CON PRECIOS POR LAS NUBES
por José Calero




Buenos Aires (Especial para NA, por José Calero) -- El mismo día en que Néstor Kirchner le propuso a Felisa Miceli hacerse cargo de Economía, le advirtió que su principal misión en esta primera etapa sería evitar que los precios se escaparan de las manos.

Poco más de un mes después de la asunción de la ministra, se comprobaron dos cosas: Kirchner sabía cuál era el tema clave que venía en la agenda económica, y el riesgo de que se dispare la inflación no amainó, ni mucho menos.

Quizás Miceli pueda exhibir como un logro que algunos acuerdos de precios con alimenticias e hipermercados permitieron una imperceptible baja de la canasta básica, pero la cuestión ni siquiera está cerca de encaminarse.

Para calmar los ánimos, los habituales comunicadores del gobierno, Alberto y Aníbal Fernández, salieron a destacar que, de no mediar esos acuerdos, la inflación de diciembre hubiese llegado al 2 por ciento, en lugar del 1,1 que finalmente arrojó.

Mäs allá de la óptica con que se analice el comportamiento de los precios, y de la distancia entre la estadística del INDEC y los números de las entidades de defensa del consumidor, el recalentamiento de precios es evidente y sólo queda preguntarse hasta dónde llegará.

Las razones de la inflación hay que buscarlas en una regla tan vieja como la economía misma: cuando aumenta la demanda, quienes manejan la oferta buscan recomponer sus márgenes de ganancia.

Tras la devaluación de enero del 2002, la desaceleración que venía mostrando la economía argentina se convirtió en parate total de las decisiones de consumo.

Los salarios se destruyeron, el comercio quedó herido de gravedad y la industria buscó como pudo colocar sus productos en el exterior, porque en el mercado interno el horno "no estaba para bollos".

Quienes tenían productos para vender, como electrodomésticos o propiedades, defendieron su posición y prefirieron esperar antes que liquidar a precios de oferta.

Y en esa ecuación, otra vez perdieron los asalariados y, por supuesto, los sectores sin ingreso.

En el 2003, la economía se empezó a recuperar, pero aún no había margen para retocar precios, lo que recién comenzó a ocurrir hacia fines del 2004.

Ya en el 2005, los sectores formadores de precios empezaron a animarse más cuando observaron que la clase media volvía a consumir con ánimo, y por eso el año concluyó con un costo de vida del 12,3 por ciento, que duplicó al del 2004.

Y todo indica que el fenómeno no se detendrá: lo demuestran los alquileres por las nubes en los destinos turísticos, los restaurantes de moda que vuelven a estar a pleno a pesar de cobrar precios exorbitantes, la suba de las propiedades acompañando al dólar y las constantes alzas en el precio de los autos, que en enero volverán a subir hasta 3 por ciento.

El gobierno espera subas de precios superiores al 1 por ciento para enero y febrero -por el rubro esparcimiento- y algo similar para marzo, cuando entra a tallar el inicio de clases.

A ese paso, el 2006 cerraría con una inflación cercana al 15 por ciento, un escenario temido por Kirchner, quien aspira a ser reelecto en el 2007.

La preocupación presidencial no sólo parte de que el bolsillo es el "órgano" más sensible de la opinión pública, sino también está vinculada con cuestiones macroeconómicas delicadas.

Una parte considerable de los bonos de la deuda argentina se actualiza por el temido coeficiente CER, que refleja la inflación.

Sólo en el 2005, el costo de vida hizo que la deuda ajustada por CER aumentara en unos 6.500 millones de dólares, y para este año los pronósticos no bajan de los 8.000 millones.

A ese paso, el riesgo es que un costo de vida en ascenso termine licuando parte del superávit fiscal, pilar que sostiene todo el andamiaje económico.

Para los voceros oficiales, el alejamiento de Roberto Lavagna del Ministerio de Economía se debió en gran parte a que el ministro supuestamente falló a la hora de diseñar una estrategia de contención de los precios.

Más allá de que eso sea o no totalmente cierto, Miceli llegó entonces al Palacio de Hacienda con el mandato de poner en caja el costo de vida.

La ministra seguirá trabajando entonces con los acuerdos de precios, aunque por ahora es incierto el resultado de esa estrategia.

Si la estrategia fracasa, será la hora de bucear otras alternativas para tratar de evitar una carrera desenfrenada de la inflación.

Llegado a ese extremo, ¿decidirá Kirchner echar mano de precios máximos que casi nunca dieron resultado en la Argentina?

¿Se volverá a echar a mano de la suba de las retenciones? ¿O se elegirá el camino de fomentar las inversiones a través de una agresiva estrategia de atracción de capitales? Del acierto en esta estrategia puede depender nada menos que la continuidad del crecimiento económico.


 
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