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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 15/feb/2006 de La Auténtica Defensa.

De Gualeguaychú a Las Heras
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires, (especial para NA por Pepe Eliaschev) --El raquitismo nacional más evidente quedó patentizado al terminar la semana, cuando el presidente Néstor Kirchner proclamó que para él todos son iguales, pero, claro, algunos son más iguales que otros.

Lo hizo, tal vez sin haberlo meditado mucho, cuando consagró su pleno apoyo al corte del puente internacional Gualeguaychú-Fray Bentos sobre el río Uruguay, mientras la Gendarmería despejaba rutas cortadas por manifestantes en Santa Cruz.

Senderos bifurcados, actitudes de incoherencia evidente: el Presidente recibió a los "ambientalistas" entrerrianos, cuyo corte de la ruta 136 es manifiestamente ilegal, mientras que el asesinato del policía Jorge Sayago fue la derivación criminal de un conflicto que, al igual de lo que sucede en diferentes puntos del país, incluye en su menú el proverbial y casi inevitable corte de rutas, caminos, puentes o calles.

Pero mientras que a la localidad santacruceña de Las Heras, el Gobierno mandó a la Gendarmería para garantizar una ruta despejada, en la Casa Rosada el mismo Presidente no exigió a los gualeguaychenses que levantaran su corte del puente. Los recibió y les expresó su apoyo incondicional, como ellos mismos reconocieron tras la entrevista con Kirchner, ritualmente precedida por el prólogo inexcusable con Alberto Fernández.

¿Por qué el Presidente dice una cosa a unos y hace algo

contrario con otros? No parece existir otra explicación que la más elemental: en la Argentina se gobierna hoy con esfuerzos notables por complacer a la "gente". El loable esfuerzo por desterrar los métodos represivos que hizo Kirchner no ha podido desembarazarse de una actitud que, tal vez a pesar del Presidente, es insanablemente demagógica: como sucede con el caso Cromañón, Kirchner no se animará jamás a desafiar una corriente de opinión fuerte y militante, ya sean los familiares de las víctimas de aquella tragedia, o los desesperados vecinos de la ciudad entrerriana.

No es un tema ideológico: es un implacable cálculo de fuerzas lo que lleva al Gobierno a no atreverse a ser impopular y a colocarse siempre en circunstancias en las que es casi imposible que acusen o lo ataquen.

El Gobierno complace a quienes siguen produciendo gestos que emanan del derrumbe de 2001: puebladas, escraches, cortes, piquetes, acciones directas que pasan por encima de unas estructuras representativas con las que el propio oficialismo no siente empatía alguna, a menos que convaliden los deseos y planes del oficialismo.

A favor de Kirchner funciona, potente, una dupla estratégica que hoy cubre de invulnerabilidad al gobierno: con superávit fiscal y superávit comercial, la Argentina parece instalada en un círculo virtuoso que solo encuentra parangones en el país de hace 70 años.

Esta solidez evidente de un panorama que permite un crecimiento fuerte y una recuperación indudable, menoscaba por ahora la gravedad que pudiera representar para los argentinos las señales de déficit institucional.

Este país de 2006 parece el anverso de la Argentina de hace veinte años: mientras que en 1985 era notable la recuperación política del país y el vigor de las instituciones restauradas, la economía marchaba, por diferentes razones, al naufragio que estallaría pocos años después.

Dos décadas después, la salud de las instituciones es lamentable. El propio Gobierno no cree ni en los partidos ni en el Congreso y se maneja con la prensa con arrebatos de intolerancia y belicosidad. Pero, ¿a quién le importa? La economía produce señales de convincente mejoría, pese a que, como ya dictaminó esta semana el INDEC, ante el enojo infantil del Gobierno, la inequidad social ha aumentado y se verifica que el crecimiento no reparte riqueza, sino todo lo contrario.

Fiel a si mismo, Kirchner y la siempre sonriente Felisa Miceli acusaron a los técnicos del INDEC de manejar criterios de la época de la dictadura.

En un punto, el presidente piensa y se conduce de manera parecida a los presidentes de clubes de fútbol cuando sus equipos tienen rachas perdedoras: echan a los técnicos. Así, sacrificados Alfaro, Quiróz y Merlo, se piensa que Ruggeri, Simeone y Passarella traerán la felicidad.

Si el INDEC dice los pobres de hoy son, respecto a los ricos de hoy, más pobres que los pobres de ayer versus los ricos de entonces, el Gobierno se indigna y culpa a los investigadores por sus lúgubres resultados: como si el gobierno no pudiera tolerar confrontar noticias que abandonaran el idílico "todo bien" que hoy arrulla a los argentinos.

En este escenario, habló Roberto Lavagna. Los que lo han frecuentado recientemente no ignoran que la figura clave de la recuperación económica 2002-2005 está a años luz de experiencias electorales alocadas. El país no está hoy para él y aun cuando mantiene un pensamiento muy cercano al de Kirchner en cuestiones centrales, todo permite deducir que le resulta imposible coexistir con el estilo de gestión y los modales deliberadamente gruesos que fascinan a la Casa Rosada. Miceli, claro, no es Lavagna: hace pocos meses hubiera sido poco factible que el Gobierno cortejara a Eduardo Eurnekián para darle Aguas Argentinas.

El Presidente, por otra parte, no parece incómodo con las fotografías entre "bizarras" y asombrosas que produce su propia gestión, incluyendo el espacio colosal de acción reservado por (y alambrado para) Julio de Vido, que la semana pasada incluso se encargó de mediar en los violentos entuertos sindicales de Santa Cruz.

¿Sabe algo Sergio Acevedo que no se anima a decir o directamente no puede hacerlo? Desde que asumió la gobernación de Santa Cruz, proyecta la imagen de un funcionario que camina pisando huevos o administra un predio que no le pertenece y debe devolvérselo al dueño verdadero dentro de un tiempo.

¿Los asesinos del suboficial Sayago no formaban parte, oscura, ignota o negada, de fuerzas lanzadas a la lucha que, a la primera de cambio, generan tragedias? El veterano Partido Obrero es una agrupación de cuadros de firme raigambre trotskista y jamás se ha visto envuelto en tiroteos o ataques incendiarios. Forma parte, sí, de un colectivo de grupos en los que campea un desprecio vociferante y soberbio por el sistema electoral y la democracia


 
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