Buenos Aires, (Especial para NA por Pepe Eliaschev)- Las amenazas son un recurso muy exitoso en la Argentina de estos tiempos.
Primer caso: cuando en la noche del jueves 9, los camiones con hacienda en pie hacían una cola infinita para descargar vacas en el mercado nacional con sede en La Matanza, se advirtió que el Gobierno acaba de anotarse otro triunfo. Para demostrarlo estaban las cifras: el ganado en pie llevado a la faena el viernes 10 marcó un incremento notable.
Segundo caso: el jefe de la Fuerza Aérea tuvo tanta premura en condenar al golpe militar de 1976 que su inconsciente lo traicionó: al pronunciar el discurso que quería escuchar el Presidente, el brigadier Eduardo Schiaffino se olvidó de leer la palabra "repudio" en su condena a lo actuado por el terrorismo de Estado.
Tercer caso: diez legisladores destituyeron a Aníbal Ibarra, incluyendo el kirchnerista Helio Rebot, mientras que otro de los tres oficialistas, Elvio Vitale, no supo qué hacer y se abstuvo. Dos días antes, un vaticinio había dejado electrizado al Gobierno: si la Legislatura no lo echaba a Ibarra, grupos de familiares de los muertos en Cromañón se constituirían de modo vitalicio en Plaza de Mayo, como lo hicieron las Madres a partir de 1977.
Hay amenazas y actos de gobierno, hay "aprietes" y hay ejercicios del poder, sin duda. No todo acto de legítimo desarrollo de un mandato es necesariamente un empujón ilegal.
Pero en la Argentina esas fronteras son vaporosas: el Gobierno advierte de modo inequívoco que sus posturas de dureza funcionan y, al menos en el corto plazo, el dispositivo avanza, los adversarios se repliegan. No sólo el Gobierno constata la evidencia de esa sensualidad nacional por el poder duro: el caso Cromañón demostró que el camino de la intemperancia belicosa rinde buenos frutos hoy.
Claro que la estrategia de la tensión no es aplicada en todos los casos por todos los protagonistas. El caso del desmadre de los conflictos eternos que pilotos y técnicos mantienen con Aerolíneas Argentinas es un ejemplo.
Uno de esos sindicatos es APTA, cuyo líder es Ricardo Cirielli. Cirielli maneja el área aerocomercial a órdenes del poderoso ministro de Infraestructura Julio de Vido. De Vido es Kirchner. Cirielli es APTA. Cirielli quiere jibarizar a Aerolíneas, una empresa que cuando la tomó el Grupo Marsans no existía, y es actor principal y dominante del mercado aéreo argentino.
Las huelgas de APTA y los pilotos mantienen en jaque el servicio y violan elementales consideraciones que se aplican a todo conflicto. Las huelgas son salvajes, imprevistas e imprevisibles destinadas exclusivamente a perjudicar a los usuarios.
Pero el Gobierno no intima a Cirielli: Cirielli es funcionario del Gobierno, de modo que si no lo echan es porque lo avalan. Alberto Fernández ha perdido esa batalla: ya en octubre de 2005 aseguraba que el funcionario se iría enseguida, en oportunidad de uno de los paros salvajes.
Cirielli se quedó. Pero no fue él, claro, el autor de la patriada. Cirielli no existiría sin De Vido, y ¿se puede alegar que De Vido sería tan influyente sin la voluntad de Kirchner?
En ciertas condiciones, como la presente, el mecanismo intimidatorio parece funcionar bien en la Argentina. Produce resultados asombrosos siempre y cuando se mantenga el crecimiento económico y una percepción difundida de que la nave avanza con viento de popa.
Son, sin embargo, precarios los niveles de conciencia sobre las consecuencias de ciertas aplicaciones draconianas de la virtud muscular, esta suerte de hegemonía del más fuerte que tiende a proporcionarle un peso específico particularmente determinante a quienes manejan "cajas" jugosas, o sea presupuesto, para condicionar y encarrilar decisiones políticas fundamentales.
El caso de suspensión de las exportaciones de carne, que permitió el récord de ingreso de hacienda en Liniers, es notable. Esas 25.000 cabezas que ingresaron al mercado, la mayor cifra desde octubre de 2001 explican que el precio del novillo haya bajado un 14,2 por ciento, reduciendo gran parte de la suba del año, pero nadie puede asegurar que baje el precio minorista de la carne.
Ese aluvión de vacunos y el descenso del precio del novillo, que marca la tendencia de los precios promedio de la hacienda del mercado, fue evidente resultado del cese temporario de las exportaciones de carne. Pero remedio tan drástico no puede sino suscitar efectos colaterales.
La semana concluida el viernes 10 marcaría, de esta manera, un ingreso de 48.423 cabezas, unas 7.000 más que la semana pasada, cuando se produjo la mayor entrada de vacunos de 2006. Se sabía que sucedería.
El vicepresidente del Mercado de Liniers, Ignacio Gómez Álzaga, anticipó el jueves que los precios de la hacienda bajaría, pero se preguntó si esa rebaja se trasladaría a los mostradores. "El precio de la hacienda seguro que bajará respecto de otros días, pero el precio de la carne en el mostrador no sé", confesó.
"El precio tendría que bajar en el mostrador. En diciembre hubo baja en el mercado, pero no se reflejó en el mostrador, todo depende de la cadena. Hay que tener un poco de paciencia y que se normalicen los precios", agregó.
Es que los mecanismos del mercado son, en una economía como la Argentina, ensortijados y a menudo intratables. El Presidente cree en la postura dura y mandó a decir por ciertos medios que sus órdenes a Felisa Miceli eran "juguemos fuerte".
Es una de sus características centrales: propicia emitir el mensaje de intransigencia y tonos admonitorios, pero se reserva luego repliegues tácticos pocas veces admitidos y mucho menos divulgados.
El Dr. Kirchner tiene razones para verificar que, en la vida real, las posturas más recalcitrantes en materia de ortodoxia funcionan. Se comprobó la tarde del viernes, cuando se supo quiénes subían al Tango 01 para participar de la asunción de Michelle Bachelet en Chile.
El diputado ex duhaldista José M. Díaz Bancalari integró previamente varias comitivas oficiales con el Presidencial. Eso se paró durante los meses de la guerra que terminó con la jubilación de Duhalde, pero ahora Díaz Bancalari fue autorizado a trepar de nuevo al Boeing 757 que el Dr. Kirchner ha usado más que nadie.
En las elecciones del 23 de octubre (¿hace 100 años?), Díaz Bancalari fue el compañero de fórmula de Hilda González de Duhalde en la lista de candidatos a senadores que confrontó con la entonces repudiada Cristina Kirchner.
Ese lugar junto al matrimonio Duhalde le costó a diputado de San Nicolás su despido como jefe del bloque oficialista en Diputados. Hoy Díaz Bancalari es un kirchnerista de la primera hora, un pingüino hecho y derecho, ya disciplinado y encuadrado.
Nada más alejado de la realidad que ignorar la profunda sintonía que en esta coyuntura conserva el modo de operación del Gobierno con las pulsiones y preferencias de una sociedad que parece más intrigada y/o asombrada que enfrentada al modo de conducir de características imperiales. El Dr. Kirchner trabaja, en este sentido, con un preciso mecanismo de apreciación realista de la temperatura ambiente.
La sensación térmica del país parece autorizar a que esta manera de conducir se perpetúe sin objeciones importantes. Aunque no siempre es así, como lo demuestran las esquirlas del conflicto gremial con Aerolíneas levantado la tarde del viernes hasta mañana lunes, según prometieron los gremios, que no realizarán estas horas ninguna otra medida.
Pero, millares de pasajeros quedaron varados por la huelga sorpresiva en reclamo de mejoras salariales. Aerolíneas Argentinas asegura que si hicieran lugar a los petitorios de los dos gremios en conflicto, estarían firmando "el certificado de defunción de la compañía". Lo cierto es que ya el pasado 2 de diciembre se levantó una huelga de nueve días, luego de que tuviera que poner el cuerpo el propio Kirchner.
En ese momento, la empresa retiró los 373 telegramas de despido enviados a los huelguistas, tras denunciar pérdidas millonarias por la medida. ¿Tendrá que ocuparse de nuevo Kirchner? Éste es uno de los problemas centrales que conlleva el modo de vida que ha asumido la Argentina: conflictos frontales y clamorosos, gestos violentos, soluciones que en vez de negociarse a los ámbitos profesionales tienden a apelotonarse en el despacho del máximo poder.
Esta tendencia refuerza la concentración y la personalización del ejercicio del poder, un movimiento que nada promisorio supone para las posibilidades de mejorar verdaderamente la tan mentada pero tan poco atendida calidad institucional.



