InicioFarmacias#DifusiónArchivoBúsquedaSesiones HCD
  Ir a la edicion del dia
MEDIO DIGITAL DE CAMPANA
BUENOS AIRES, ARGENTINA
miércoles, 10/jun/2026 - 06:57
 
Cubierto con lluvias
11.3ºC Viento del Nordeste a 4Km/h
Cubierto con lluvias
Política y EconomíaInfo GeneralPolicialesEspectáculosDeportesNacionales
Twitter Facebook Instagram
» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 26/mar/2006 de La Auténtica Defensa.

El mito de la eterna inauguración
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (Especial para NA por Pepe Eliaschev)-- El lector tiene derecho a hacerse una pregunta elemental pero inevitable: ¿tiene sentido opinar sobre opiniones? ¿Reviste fertilidad analizar palabras? ¿Lleva a algún lado seguir atrapado por el sentido profundo de los vocablos? ¿No estaremos enfermos de retórica vacua, necesitados de hechos tangibles?.

Los interrogantes derivan de la onda expansiva de las palabras de Néstor Kirchner en el Colegio Militar. En el acto del 24 de marzo, el Presidente ¿solo consumó una pieza de oratoria, ó sus palabras, al revés, implican sentidos trascendentes que se patentizan en realizaciones inexorables?.

Sí, en general, no hay palabras inocentes cuando se lidia con los destinos de un pueblo, en este caso, la semana de incesantes recordaciones del 24 de marzo de 1976 produjo, en la pieza discursiva de Kirchner, un testamento de ricas consecuencias fácticas.

Digámoslo: las palabras constituyen, las ideas configuran, los conceptos comprometen. Pero, ¿qué fue lo que dijo Kirchner que merece permanecer en el análisis?.

Lo más importante: ni él ni el Congreso pueden derogar los indultos que un gobierno peronista emitió entre 1989 y 1990 mediante el cual se deshicieron las condenas de la justicia resueltas durante los años de Alfonsín.

Kirchner dice reprobarlos (aunque se privó de condenarlos cuando fueron proclamados por Menem), pero en una muy pertinente decisión que debe ser elogiada sin retaceos, prefiere que lo hagan los jueces, porque no se le escapa que son los únicos que tienen potestad para hacerlo.

El Presidente se sumó a la creciente corriente de opinión para la cual aquel 24 de marzo las Fuerzas Armadas tomaron el poder, pero que el país vivió desde entonces una dictadura cívico-militar, algo muy diferente a un régimen puramente castrense.

En este punto, Kirchner también se ajustó a la verdad e hizo muy bien al decirlo: no nos hagamos los distraídos, porque muchos sectores civiles acompañaron desde el primer momento al régimen terrorista que se implantó aquel día trágico.

Personalizó de manera taxativa. Dijo Videla. Dijo Martínez de Hoz. Resumió en pequeñas y mínimas trayectorias individuales una era de horror insondable de cuyas responsabilidades son titulares legiones de personas nunca aludidas.

¿No hubiera sido, acaso, acto de coraje y dignidad que enunciara su repudio militante a que el candidato presidencial de su partido en 1983, Ítalo Luder, patrocinara y apoyara la autoamnistía pergeñada por los militares en fuga antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983?.

¿No podría haber admitido el Presidente qué hizo y qué dijo cuando Menem indultó a Videla, Massera y tantos otros, mientras el justicialismo miraba hacia otro lado? Todo debe ser revisitado, aunque duela, o porque duele, precisamente.

Pero si las palabras importan, y mucho, en la vida de las personas y de las sociedades, hay silencios ensordecedores. El Presidente, por ejemplo, elogió a las juventudes militantes de los años Setenta, para quienes no tuvo elogios y admiración.

Ni una palabra hubo, sin embargo, ni una respiración equilibrada para matizar el desenlace maniqueo, para huirle a la mentira de un combate absolutamente desprovisto de contradicciones.

Fue una gran pena: a Kirchner le sobran hoy condiciones y recursos para alzar su voz en contra de los iluminismos vanguardistas y las violencias insensatas del terrorismo.

Podría, incluso, haberlo hecho de manera prospectiva, un "nunca más" dirigido a las formaciones militantes que puedan llegar sentirse sentadas con retornar alguna vez a la demencia destructiva del foquismo armado.

¿Acaso hubiese sido un crimen que el Presidente recordara que el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) primero y Montoneros enseguida hicieron todo lo posible y desearon ardientemente que la endeble institucionalidad que Perón dejó a su muerte fuese quebrada por un golpe que para las conducciones guerrilleras sería el sinceramiento del conflicto en desarrollo, un objetivo deseable?

Otro silencio impresionante de Kirchner es el que emitió sobre el sistema democrático surgido el 10 de diciembre de 1983. Hay silencios que son emitidos, no son meras omisiones, son vacíos poderosos. Cuando se callan asuntos decisivos, esa boca cerrada en verdad es vociferante.

El Dr. Kirchner perdió otra maravillosa oportunidad de dar cátedra en el Colegio Militar de la Nación y elogiar no solo a la Constitución a secas, sino a su nervio central, el régimen representativo, el Congreso, los partidos, el respeto y la participación de las minorías.

Se explica que la presencia de Hebe Bonafini, una mujer sufriente como tantos centenares de mujeres argentinas, a la que el Presidente prácticamente reinventó políticamente desde 2003.

Su presencia excluyente tiene, sin embargo, precios altísimos: en el Colegio Militar estaba sola. A Estela de Carlotto, la presidenta de las Abuelas de Mayo, no se la invitó, pese a que Kirchner no se hizo cargo de la omisión.

Lejos de ser estéril, la discusión por la elección de la fecha del feriado tiene proyecciones tremendas. A nadie se le ocurriría que Europa marcara con un feriado anual el aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando Alemania invadió Polonia el 1º de septiembre de 1939. El mundo recuerda el Día de la Victoria, el 8 de mayo de 1945, cuando los nazis se rindieron en Berlín.

Pero no fue un mero "error" ponderativo del Presidente recordar aquel día de infamia, en lugar de sacralizar el Día Internacional de los Derechos Humanos, el 10 de diciembre.

Al Presidente se le hace aparentemente intolerable aceptar que ese día se hizo cargo de la Argentina el hombre que no se dedicó a la (de todos modos) muy necesaria tarea de descolgar cuadro con fotos de facinerosos. Alfonsín mandó a juzgar a los comandantes de las juntas, mismos que un gobierno del partido de Kirchner puso en libertad para "cicatrizar heridas".

No puede taparse el sol con un delgado meñique. Como esta semana lo han admitido personalidades variadas, Kirchner jamás participó, ni durante la dictadura ni después de ella, del movimiento por los derechos humanos. Hoy, empero, sus palabras y sus silencios lo colocan en la embarazosa posición de perfilarse como el primero y el más veterano de sus activistas.

Hay, además, peligros que todavía no son mayores por la naturaleza de la recuperación económica. En su discurso en El Palomar, el Presidente dijo que "el modelo económico de la dictadura tuvo un cerebro, con nombre y apellido, que los argentinos nunca deberemos borrar de nuestra memoria, y espero que la memoria, justicia, y verdad llegue. Se llama José Martínez de Hoz".

Dos horas más, una columna de militantes de Quebracho llegó hasta el edificio Kavanagh en el barrio porteño de Retiro y protagonizó un destructivo ataque contra el inmueble. Al terminar el zafarrancho guerrillero, Fernando Esteche, portavoz del grupo, aseguró que "Martínez de Hoz es la figura emblemática de los sectores que se beneficiaron de la dictadura".

Junto al líder quebrachista se lo veía a Roberto Cirilo Perdía, integrante de la conducción nacional de Montoneros hasta el desbande de fines de los años setenta. Los militantes de Quebracho coreaban "Ya van a ver, vamos a volver, todos juntos, como en el 73".

Quizá el Presidente no debería olvidar que sus palabras son promisorias o temibles, incitan o calman, promueven o desalientan, agitan o tranquilizan, y que la botella dentro de la cual dormita el genio del mal no debe ser destapada irresponsablemente.

Nuevamente embelesada con el mito de la eterna inauguración, la Argentina impaciente y confusa merecería ser guiada que sume sin negar nada, que agregue sin renunciar a los valores.

Cuando en febrero de 1981 un conato de golpe militar a seis años de la muerte de Franco amenazó la transición democrática, la calle vio literalmente de la mano a socialistas y ex falangistas, socialcristianos y comunistas.

España entera se hizo lugar a sí misma en sus matices y en sus diferencias, para expresar la disposición a no dar marcha atrás.

También pasó en la Argentina en 1986, cuando gran parte del peronismo (no todo, porque Menem nunca llegó) fue a la Casa Rosada de Alfonsín a proteger al sistema de los manotazos autoritarios.

¿Hubiese sido un delirio inconcebible que, a 30 años del golpe, el Presidente hubiese invitado al Colegio Militar, además de la señora de Bonafini y Hugo Moyano, a personas que representan a la otra mitad del país que no votó a Kirchner el año pasado?.

¿Es una sublime tontería imaginar una presidencia verdaderamente inclusiva, con una ceremonia en la que, como acaece en el admirado Chile, se demuestra que la historia no tiene dueños ni acaba de empezar?


 
P U B L I C I D A D






Av. Ing. Rocca 161 (2804) Campana - Provincia de Buenos Aires
Tel: 03489-290721 - E-mail: info@laautenticadefensa.com.ar
WhatsApp: +54 9 3489 488321.-