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Intentando ser reflexiva e infructuosamente profunda, sobre un tema que creo importante y paradojal en estos días: La Tolerancia (o la falta de ella), marqué como condición necesaria para la sociedad actual, practicarla y verla como una oportunidad de crecimiento individual y grupal en pos de una vida mejor para todos.
Dejar de tener miedo a las diferencias, a esos otros que nos muestras otras elecciones en la vida, otras miradas.
Pero a veces las palabras son tramposas y nos enredamos en ellas en busca de ser concretos y a la vez globales. Entonces me encontré con lectores que se perdieron en el mensaje y el texto les disparó el enojo. Porque en tanta globalización perdieron la identificación necesaria para sentirse representados. Y el resto, obviamente, no se hizo cargo…
La intolerancia no es propiedad de los fanáticos religiosos, extremistas o terroristas. Lamentablemente, circula por nuestras calles y aunque creí dejarlo implícito, no fue suficiente.
Es necesario recordar que cada vez que juzgamos a una persona por su forma de vestir, por su raro peinado nuevo, por sus aros o sus tatuajes y los tildamos de brutos, drogadictos, raros, sicóticos sociales, etc., la intolerancia muestra la peor de sus caras. Porque llega directamente, con la mirada, con el gesto acusador, y el ceño fruncido. Con esa actitud inmediatamente le ponemos un sello en la frente a todos aquellos que prejuzgamos y creemos "insuficientes" "antisociales" cuando los que estamos siendo "insuficientes y antisociales" somos nosotros.
Lo mismo se aplica por cada vez que decimos "bolita", "judío" (como sinónimo de insulto), "zurdito", "camuca" y tantos otros motes que usamos para distinguirnos de eso a lo que tanto tememos. Porque cuando somos intolerantes simplemente estamos presos del miedo que nos provoca lo diferente, el miedo a la oportunidad de ver más allá, de conocer otras vidas y otras opciones.
Preferimos no darnos la oportunidad de aprender, antes de aceptar que otro sea diferente que yo. Y así, transitamos la vida creyéndonos a salvo y perdiéndonos lo mejor que tiene, la oportunidad de crecer como seres espirituales y humanos, festejando las diferencias y aprendiendo de ellas.



