Nacido un 1 de diciembre de 1922, Gotardo cumple hoy 84 años. Quienes lo quieren como a un personaje literario dejan de considerar detalles mínimos como una supuesta fecha de fallecimiento y hoy leen un texto suyo, brindan a su salud y se dedican a contar anécdotas en cualquier parte donde estén, que es la mejor forma de mantener la memoria popular.
DE CUANDO EL ALMACENERO DEL BARRIO DABA LA YAPA
Por Gotardo Esteban Croce
Todos los barrios tenían "su" almacén, pero hablaré de la mía, aunque casi todas eran de las mismas características.
Siempre que paso por la esquina donde actualmente funcionan dependencias judiciales me acuerdo del almacén de don Primo Colombi en la que, con el tiempo, llegó a trabajar toda la familia.
Los mostradores estaban pintados de color marrón, y en uno de ellos sobresalía algo así como un pupitre donde se llevaba la contabilidad. Allí había dispuesto un tintero con varias lapiceras de madera, provistas con una pluma cucharón. Imponía respeto un libro de tapas negras con la leyenda DEBE, donde se anotaba el fiado. También había una mano aprieta papeles, con las facturas a pagar de las casas mayoristas, casi todas de la Capital Federal. Completaban la parte contable los sellos de goma, uno con el nombre del almacén y su propietario y otro de PAGADO, con figuras alegóricas especialmente relacionadas al Progreso.
Ubicada en un lugar funcional del mostrador, estaba la balanza de platos y sus pesas. Estas en un depósito de madera, que las albergaba desde la de los 10 gramos hasta la de 1 kilo. Las pesas más chiquitas se hallaban atadas a un piolín para que no desparecieran. Luego vinieron las balanzas de aguja, que en algunos comercios aún se utilizan, y hasta conocimos alguna luminosa.
También en el mostrador, el papel estraza ocupaba un lugar muy importante, pues en aquella época casi toda la mercadería se envolvía. Y era una verdadera ciencia cómo se disponían los artículos en el papel. Se lo "orejeaba" de tal manera que nunca se desparramaba nada.
El mostrador del despacho de bebidas era un poco más alto para facilitar el servicio de copas en lo que hoy sería la barra. En uno de los extremos este mostrador disponía, para lavar las copas, de una pileta de hojalata con su canilla en forma de grifo y que siempre goteaba.
En el despacho de bebidas había dos mesas con sus respectivas sillas para jugar a las cartas. En cada mesa un platito con porotos, que alguna vez habían sido blancos, para señalar los tantos. La baraja había que solicitarla en el mostrador.
Los parroquianos que no jugaban a los naipes consumían de pie, junto al mostrador, o mirando jugar.
La consumición era mucho más sencilla que actualmente: un vaso de vino, una grapa, un anís o un vermouth con soda o con agua que era más barato.
Casi toda la clientela compraba con libreta. Estas eran provistas por el almacenero. Llevaban impresas en dorado sobre la tapa negra la palabra ALMACÉN para distinguirla de otros rubros, en especial carnicería. En la primera página se identificaba al cliente y allí estaba cerrado el trato. La palabra del comprador, el mutuo conocimiento de las personas, el instinto comercial del proveedor, más la necesidad de vender obviaban solicitudes escritas y garantías.
En época de huelgas o escasez de trabajo ¡si se habrán aguantado fiados y pequeñas entregas a cuenta estos comerciantes!!!!.
Nunca nos falló decían mis padres, siempre estuvo en las buenas y las malas sin horario ni feriados.
Más de una vez el almacén ofició de agencia de conchabo para clientes que necesitaban trabajo, aunque sea una changa para ir tirando, o de inmobiliaria cuando formalizado algún matrimonio era necesario encontrar pieza y cocina para alquilar lo más barato posible. También se recibía la correspondencia de los clientes que vivían fuera del radio urbano.
En época de mi niñez y adolescencia, la heladera del almacén era a hielo, provisto temporariamente por alguna fábrica local o se adquiría a un distribuidor que lo traía en tren desde Buenos Aires.
En la heladera se almacenaban quesos y fiambres en mucha menor variedad que actualmente. Al principio el corte del fiambre se efectuaba con filosa cuchilla pero luego fueron apareciendo las hoy primitivas cortadoras.
En líneas generales había menos rubros y la diversidad que nos ofrecen hoy desde los más modestos comercios hasta los supermercados habría sido una elucubración de Julio Verne y, lo repetimos, casi toda la mercadería había que envolverla. La yerba mate venía en cilindros, el azúcar en bolsas, la manteca en panes, el dulce de membrillo en las clásicas latas artísticamente decoradas ( recordar La Gioconda) esas que posteriormente se utilizaban para preparar los primeros hectógrafos (viejas maestras, explicar a sus nietos).
Los fideos y las legumbres se distribuían en cajoneras con exhibidor de vidrio que permitía su identificación. En algunos viejos almacenes aún se conservan estos muebles. De lo que "venía envasado" recuerdo a las latitas de sardinas, las media libra de chocolate, las latas de aceite, el fluido Manchester en su rojo envase triangular todavía subsistente.
La rutina se alteraba muy pocas veces en el año. Una de ellas era para Semana Santa con el advenimiento del bacalao de Noruega. Las planchas de pescado se disponían sobre el mostrador en el cajón original par disipar dudas sobre su procedencia. Era de rigor adquirir junto al bacalao los garbanzos y algún kilo más de papa. Para Fin de Año era obligatoria la sidra, las peladillas y las frutas secas: nueces almendras, avellanas.
El vino venía en bordalesas, que el almacenero solía adquirir directamente en Mendoza u otra región vitivinícola, para venderlo suelto en las botellas que traían los clientes. El que ya venía envasado era un poco más caro.
Los sifones y las "bolita" (antecesoras de las gaseosas) pertenecían tanto al almacén propiamente dicho como al despecho de bebidas. Aún no andaba el sodero por los domicilios.
A mí mucho no me agradaba ir al almacén pues lo consideraba una obligación más de esas que me quitaban tiempo de juegos, pero había una vez en que sí iba gustoso: era cuando mi madre, el día que mi padre cobraba el mes de sueldo, tomaba la libreta, ponía dentro el importe correspondiente y me decía: andá al almacén y pagale. Apretá bien la libreta que no se te caiga la plata.
Ya en el almacén entregaba libreta y dinero. Me quedaba junto al mostrador calculando mentalmente cuántos caramelos media hora cabrían en el frasco panzón que los albergaba. El almacenero cotejaba las anotaciones en su libro y en la libreta, poniendo el sello PAGADO humedecido con el aliento ya que a la almohadilla solía faltarle tinta. Y mientras me devolvía la libreta decía: esperá, no te vayas.
Entonces se producía el gran momento: el de la yapa. Tomaba una bolsita de papel y se acercaba a la lata de las galletitas surtidas. El envase se iba llenando de crocantes animalitos.
Yo volvía despacio para mi casa mordisqueando la trompita de un elefante o el cuernito de un rinoceronte.
Luego mi mamá ponía las galletitas en una lata que guardaba en un mueble del comedor, junto a una media libra de chocolate, un tubito con la vainilla dentro y un licor con el que se convidaba a "las visitas".
Hoy los supermercados con su estructura comercial de comprar a largo plazo y vender al contado gobiernan el hecho venta / consumo. Por eso los almacenes barriales de mi niñez duermen su sueño de nostalgia.
Eso si, nunca veremos salir de un hipermercado a un pibe mordisqueando con felicidad la crocante galletita con forma de animal, esa que como yapa le acaban de regalar.



