Buenos Aires, (especial para Noticias Argentinas, por Pepe Eliaschev)- Néstor Kirchner ha venido haciendo muchas cosas que se podrían haber hecho antes y que sin embargo no fueron hechas, a pesar de que era necesario hacerlas.
Esta primera semana tuvo la astucia de gobernar con una dosis bastante inusual de pertinencia y eficacia y en apenas 72 horas de ejercicio demostró que la velocidad, la proyección y la ubicuidad pueden ser decisivas para encarar una tarea que nació con oscuros presagios.
El Presidente comprendió desde el día que Carlos Menem renunció al combate político que la vida le había reservado una curiosa y paradojal victoria.
La Argentina puso en manos de Kirchner un mandato endiablado y contradictorio, una especie de «sí, pero...» Que simbolizaba los zigzagueos y ambivalencias de una sociedad espiritualmente dilapidada.
Tenía que asumir esa verdad: iba a gobernar desde los resultados de una primera vuelta electoral que terminó siendo la única, debería venir desde abajo, ocupar todo el escenario, procurar convergencias, tomar decisiones, mejorar sustancialmente el ánimo popular, preservar el envión de la recuperación económica, lograr que los factores del poder y, sobre todo, la base de sustentación popular lo consideren ya mismo como el más representativo y normal de los presidentes.
Esta semana Kirchner se irguió con solvencia, sopapeó con toda razón a un jefe militar que se había quedado en 1976, logró que Entre Ríos volviera a la normalidad escolar, hizo pie firme en la remota y olvidada Formosa, desembarcó a su fuerza social de elite en la desesperada Santa Fe y les hizo una importante caricia a casi un millón y medio de jubilados, sin mosquearse porque simultáneamente el hábil Fidel Castro desplegó su propio huracán en una Buenos Aires que no pudo menos que azorarse de su inmensa popularidad.
Es indispensable hilvanar la crónica de esta primera semana notable. Hay cosas que no pueden ser. La noche del 25 de mayo una histórica provincia argentina languidecía en una condena absurda al analfabetismo. Cuna de pactos fundacionales que hacen al nacimiento de la Nación, Entre Ríos venía agonizando en la trampa de un gobierno local de escandalosa ineptitud, el de Sergio Montiel, las imposibilidades estructurales derivadas de la escasez presupuestaria y la propia rigidez de todos los protagonistas del problema.
Kirchner no fabricó esos 93 millones de pesos para los docentes la noche del 25 al 26, pero en la primera jornada de gobierno mandó a su ministro Daniel Filmus a Paraná y más tarde se mandó él mismo en un pequeño avión para suscribir con los docentes entrerrianos el fin del conflicto.
Los docentes, que le dieron al país un pésimo ejemplo de barbarie y primitivismo a protagonizar escenas de violencia física contra el censurable pero legítimo gobernador de la provincia, aceptaron volver a clase y cobrar 10 días más tarde.
El dinero estaba (era un crédito internacional concedido), pero ubicarlo, desbloquearlo y ponerlo a disposición de esos acreedores (los maestros) fue un rasgo de inteligencia política operativa que se cotiza muy alto en un país habitualmente transido por la incompetencia y la mala fe de las burocracias y de los intereses creados.
Enseguida liquidó de manera contundente un típico «no-problema» que tenía la potencialidad de hacer una metástasis preocupante.
El jefe del Ejército nombrado por el presidente Fernando de la Rúa en 1999, Ricardo Brinzoni, fantaseaba con que la nomenclatura militar se heredaría a si misma y que el poder ejecutivo debía limitarse a ponerle sello oficial a una decisión surgida desde los cuarteles.
Kirchner, por lo que se ve, no intrigó para sembrar cizaña entre los uniformados. Celoso de ejercer una autoridad legítima armó una nueva cúpula con el general Roberto Bendini. Tosco como siempre, Brinzoni se molestó hasta el punto del irrespeto y se despidió del arma alegando que la Argentina les debería agradecer a sus militares porque cumplen con la ley.
El recordatorio de Kirchner fue de una dureza tan brutal como justificada. Al posesionar a Bendini, el Presidente advirtió que los militares ni gobiernan ni deliberan; son profesionales que operan en un marco normativo y su actuación presupone, como sucede con cualquier ciudadano, el acatamiento regular y rutinario al orden existente.
Lo que el nuevo gobierno no pudo ocultar es que el nuevo ministro de Defensa, José Pampuro, salió lesionado del encontronazo. Había sido poco funcional en la instrumentación del relevo de los jefes de Estado Mayor, tal vez en la senda de Horacio Jaunarena, que tanto con De la Rúa como con Eduardo Duhalde, siempre fue más emisario de los militares ante la sociedad civil que ministro del poder constitucional a cargo de dirigir a los militares. Pero las asperezas en el tema militar fueron apenas epiteliales.
El episodio le vino de mil maravillas a un Presidente que, a un costo mínimo, dibujó los contornos de su poder, algo facilitado por la increíble torpeza de Brinzoni, un emergente notorio de la historia previa a la democracia.
Sus lamentables «errores» antisemitas y su nunca desmentida responsabilidad en la masacre de presos políticos de Margarita Belén, cuando ejercía la secretaría general del Chaco en plena dictadura como funcionario del régimen, lo convirtieron en una figura del pasado, imposible ya hace tiempo, pero agraviante hoy.
Lo central, empero, no pasó por estos sofocones de poca monta. Kirchner se movió con celeridad en frentes sociales de verdadera repercusión.
El viernes 30 despachó a la gente de su gabinete social para constituirse en Santa Fe de la Veracruz, la desolada capital de una de las provincias teóricamente más ricas del país, área devastada por una monumental inundación.
En este caso importa el modo de operación más que la retórica aceptación de que se está frente a un problema. Uno de los rasgos más salientes de la crónica crisis argentina es la diaria constatación de que este país padece de una grave deficiencia funcional para resolver operativamente cuestiones críticas.
Bien entendido, en muchos casos la precariedad presupuestaria es la madre de casi todas las desgracias, pero, incluso en ese contexto menesteroso, las administraciones políticas proceden con lentitud y mediocridad inaceptables.
Hacerse cargo de la crisis docente entrerriana, así como gobernar con medio de gabinete desde Santa Fe, son caminos de contundencia gerencial que abren alternativas promisorias.
La brutal devaluación de la política que la Argentina vivió entre 2000 y 2003 puede revertirse de manera asombrosa si el país consigue poner en marcha a una clase dirigente que funcione en serio, incluidos los legisladores nacionales, puesto que los mandatarios municipales registran una formidable tasa de reconocimiento y respetabilidad en todo el país.
Hacer las cosas bien, o satisfacer expectativas mínimas de una sociedad abrumada por una insatisfacción crónica, no tiene que ser una agresión a la racionalidad económica y a la escrupulosidad presupuestaria.
Por eso impresionó la pequeña pero potente decisión de adelantar el pago del medio aguinaldo a 1.446.870 Jubilados y pensionados, que cobrarán unos 118 millones de pesos dos semanas antes del 30 de junio.
Parece mentira: son casi 82 pesos de promedio por persona, prorrateo de una cifra equivalente a 40,7 millones de dólares que para el Estado representa sólo el 1,76 por ciento de la formidable recaudación fiscal de mayo, que trepó a los 6.700 Millones de dólares (más de 2.310 Millones de dólares). Cuando hicieron el anuncio, Roberto Lavagna y el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, estaban exultantes.
Después de tantas lágrimas y miseria, este aguinaldo anticipado no solo trae necesarias gotas de felicidad a los retirados, sino que sugiere una pequeña cuota de estímulo a la demanda, clave de la filosofía del actual gobierno, que pretende reconstruir el consumo sobre la base de este dólar y a partir de la lenta pero progresiva reducción de la pobreza. Kirchner recién empieza. Hay que verlo como quien analiza una partida de ajedrez. Enseguida, al observar el tipo de apertura, se advierten las posibilidades y los escenarios previsibles. Ha salido a jugar de manera más agresiva que conservadora, más imaginativa que aburrida, más dinámica que siestera. Pero hay gente de poder importante que no lo quiere a Kirchner, aunque en la gramática de la hipocresía nacional ahora lo aludan admirativamente y se derritan por él activos operadores de un viejo orden que consumó, con la fuga de Menem, su default político inexorable.
La Argentina está saliendo de una larga pesadilla, durante la cual estuvo anestesiada por propia voluntad en un dogmatismo que le hizo enorme daño. Sería imperdonable que Kirchner se equivoque o que le vaya mal por pecados de omisión.
Con los naipes vistos hasta hora, parecería que la mano viene bien.



