No es nuevo para nadie escuchar el eterno debate respecto de la relación de la pobreza con las conductas delictivas. Desde las más diversas áreas se culpa de ello a los sectores más indigentes mientras que de otros más interesados en desdibujar la realidad, niegan esta relación, y lo que es peor, también niegan los grandes bolsones de pobreza que nos muestra como una sociedad cruel y despiadada.
Quienes a diario tomamos contacto con esta triste realidad, tenemos una visión un poco más amplia y menos interesada al respecto. Es bien sabido que el hecho de ser pobre no es regla general condicionante para convertirse en delincuente. El que arrastra el flagelo de la marginalidad y de la exclusión, en general busca permanentemente alternativas legítimas que le permitan una salida digna a través del trabajo genuino y dignificante, alternativa que no siempre se encuentra. Es entonces cuando comienzan a perderse las esperanzas en una vida mejor y aflora el fantasma de lo marginal, empujando a vivir al margen de las normas establecidas para una armónica convivencia social, perdiendo de ese modo todo tipo de valores, como el respeto a la vida, la de los demás e incluso la propia.
Cuando uno se interna en el pasado, presente y futuro de quienes están en conflicto con la ley, ya sea que estén detenidos o no, comienza a comprender el porque de los diversos comportamientos que llevan a hombres y mujeres a cometer delitos. Familias disgregadas, especialmente con ausencia de la figura paterna desde temprana edad, falta de valores éticos y morales, falta de consideración para con los más desprotegidos por parte de los que ostentan el o los poderes del Estado, y el tiempo que pasa mientras que la vida se va sin dejar al menos, en este segmento de personas, la más mínima esperanza de un futuro mejor. Por último y como razón fundamental, el etiquetamiento que la sociedad o gran parte de ella aplica contra quienes alguna vez se han equivocado, sumado a la escasa estructura existente que no alcanza para resocializar o readaptar al sujeto que mantuvo un conflicto con la ley.
Si de menores se trata, aún no es suficiente lo que se ha hecho en materia de minoridad para atender preventivamente sus necesidades y evitar de ese modo que estos se sumen a la red delictiva. La lentitud de los procesos judiciales incide potenciando las tendencias al delito, en tanto que en el sistema penitenciario, en la gran mayoría de los establecimientos carcelarios provinciales y/o federales, aún no se han establecido las bases de un debido tratamiento de readaptación para con el interno, utilizando incluso en la actualidad métodos represivos más que correctivos, lo que sin dudas genera nuevos y más violentos delincuentes.
En este último ítem me quiero detener sólo un instante para destacar que en algunos penales, algunos directores con una mentalidad más abierta y actualizada han dispuesto verdaderas políticas criminales que apuntan no sólo a la resocialización del preso, sino que las mismas surgen del respeto y la consideración al interno como sujeto de derecho y no como objeto. Se parte así de la base jurídica que indica que quienes han delinquido están en deuda con la sociedad por su comportamiento y deberán pagar la misma con el máximo castigo que los juristas entendieron se puede aplicar a un hombre, la pérdida de su libertad, uno de los estados, sino el más preciado por toda criatura sobre la faz de la tier ra. Entonces, para que aplicar castigos adicionales no permitidos ?
Sumemos a ese coctel de detonantes el flagelo del alcohol, la droga y los alucinógenos comunes como el "Poxi y el Paco " que por lo baratos llegan fácilmente a las clases más desamparadas y lo que es peor, a los niños, destruyendo sus neuronas y convirtiéndolos, en poco tiempo, en seres sin retorno.
¿Que se hace al respecto ? Poco, muy poco, pero por poco que sea siempre es algo y ese algo se convierte en un todo. Por eso cuando recorremos los barrios, las comisarias, las cárceles , los juzgados, etc, buscamos , los que tenemos intenciones de cambiar la realidad, aportar soluciones, dar afecto, prestar nuestra oreja para escuchar a aquellos que tal vez nunca fueron escuchados y fundamentalmente, decirles a quienes han delinquido y a quienes aún no, que no están solos, que DIOS del que poco se habla, no los ha abandonado. Que por encima de lo que los hombres podamos hacer por cambiar estas cuestiones, debe estar puesta la fe en el Cristo que quien todo lo puede y que desde la cruz, la misma que todos llevamos dentro, les prometió a los pobres y delincuentes que fueron sacrificados a su lado, un lugar en El Reino. Por ello debemos entender que si bien la pobreza empuja sin piedad hacia la delincuencia, con fe y dedicación se puede cambiar, a pesar de todo, esta realidad y convertirla en un presente y un futuro digno. Es por eso que también nosotros como sociedad debemos reflexionar ampliamente sobre el tema y producir de ese modo los cambios de conducta necesarios. Este puede ser un buen momento para empezar....
Hasta la próxima
Por: José Manuel "Tito´Martinez.
Periodista y coordinador de la Of. Desc de Política Criminal y Coord.Fiscal-Campana
Especial para: La Auténtica Defensa



