El placer de madurar
El día que cumplí los 51, me miré al espejo con un secreto regocijo. No
tenía más canas ni más arrugas que el día anterior y el mundo seguía igual, pero el brillo de la mirada era más intenso. Tal vez por el sueño que había tenido la noche anterior:
Tras muchos esfuerzos, llegaba a la cima de una montaña. Un magnífico panorama se extendía más allá de ambas vertientes. Sentado tranquilamente, contemplaba cómo una multitud apresurada y sudorosa de niños, jóvenes y personas no tan jóvenes subía por la ladera que yo acababa de ascender. Por la otra, descendían sin prisas y disfru-tando del paisaje quienes ya habían celebrado su cincuenta y un cumpleaños. Ante sus pies se desplegaba una infinidad de senderos. A lo lejos, majestuoso y sereno, un inmenso mar azul nos aguardaba a todos...
En medio del camino
Cumplir los cincuenta y un años tiene algo de mito. En el inconsciente colectivo es como una frontera legendaria: lejana cuando se es joven; temida cuando se entra en los cuarenta, por asociarse a la pérdida de lo conocido y a la entrada en lo desconocido.
Cuando Dante escribió la "Divina Comedia" tenía sólo treinta y cinco años y ya se consideraba "en medio del camino" de su vida. Para su época, incluso era algo irrealista, pues la media de vida del Medievo europeo no alcanzaba los cincuenta y un años. Han pasado más de siete siglos y, desde entonces, nuestro viaje existencial se ha alargado considerablemente. Llena de optimismo el ver a felices tatarabuelos de más de cien años rodeados de tataranietos, que aparecen cada vez con más frecuencia en los periódicos.
Hoy día, el 14 por ciento de la población en la mayoría de los países occidenta-les supera los 65 años y sólo en España son once millones y medio de personas -30 por ciento de la población- las que "ya han visto el mar desde lo alto de la montaña".
Carl Rogers, sin duda uno de los grandes psicólogos del siglo XX, manifestó en una conferencia, dada cuando ya tenía más de 75 años: "Desde que cumplí los 65, he escrito cuatro libros, unos cuarenta artículos y el guión de varias películas. Creo que esto supone una producción superior a la de cualquier otra década de mi vida". Es claro que, sin dejar de lado los límites físicos impuestos por los años, la edad se halla fundamental- men-te en nuestra cabeza y en la calidad de nuestra obras y de nuestros sueños.
Muchas personas pueden vivir el cumplir los 51 como un acontecimiento desalenta-dor, o incluso deprimente. No obstante, cada vez más personas viven ese paso con serenidad, alegría y, sobre todo, con una sensación de alivio. Cuando los hijos empiezan a valerse por sí mismos, una vez pasado el primer momento de vacío existencial, queda un hondo sentimiento de liberación. Aunque a veces alternen durante un tiempo los sentimientos de serenidad y de ansiedad, de satisfacción y de frustración, lo que se imponen son unas enormes ganas de vivir más intensamente todos los años que quedan por



