Señaló al hombre de casco, con el dedo índice, justo en la cara, en un papel a color, en una foto.
Los que lo rodeaban sonrieron con la casual complicidad que brinda la ocasión, y entre telones blancos expusieron dientes jocosos, satisfechos, con la piel estirada hasta la comisura del labio, exigida de tal manera que les dolía la cara.
¡-No ves que dijo Papá, ves!-, remarcó alegremente la madre, mientras la parentela seguía regocijada por algo que para otros hubiera sido una pavada.
Reconoció a Leonardo Valdez, un latino que trabajaba en otro país, pero que vivía en el corazón de su gente. Los dos aprendieron a conocerse por las fotos que acompañaban las cartas; ambos se presentaban con cada edad y con cada idioma a los seres más cercanos.
En aquella fábrica, Ariel Valdez, hacía facha con sus pañales, colgado con trozos de cinta adhesiva del monitor de la PC. En esa foto ya tenía 10 meses, pero su padre lo extrañaba como de toda la vida.
En casa, Ariel no sabía de día de padres. Solo había aprendido a reconocer a otro Valdez, en otro país y en otra realidad.
A la noche, a solas, cuando Ariel y su madre se van a acostar la casa suele estar una poco más fría. Pero mientras acaricia su pequeña cabeza, ella, desde hace poco tiempo le viene diciendo al oído: ¡-Papá podrá regresar pronto, parece que hay alguien que quiere hacer un país en serio!-.
Charly Schneider



