Buenos Aires (Especial de NA, por Mariano Spezzapria) -- La política argentina asiste por estos días a una pelea incipiente, pero cada vez más virulenta, por el control de las estructuras partidarias tradicionales, como son el PJ y la UCR, en una disputa que tiene al Gobierno de Néstor Kirchner como actor central.
Los roces se entienden: el país está a sólo cuatro meses de las elecciones presidenciales y además muchas provincias y municipios definirán su destino político. En ese contexto, los desvalorizados partidos políticos vuelven a ganar terreno, aunque más no sea por la utilización de sellos dotados de historia y tradición.
Por un lado, el justicialismo está intervenido por la Justicia a nivel nacional y con su conducción en el "freezer" por orden directa de Kirchner. Pero ahora el Presidente necesita del partido para sustentar la candidatura de Cristina y mandó a organizar un congreso para agosto próximo.
A su vez, justicialistas anti-K como Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Ramón Puerta lanzaron una ofensiva para quedarse con el sello del PJ, con el objetivo de ponerle una piedrita en el zapato al tránsito de Cristina hacia el sillón de Rivadavia.
Buscan votos peronistas que no captará la primera dama. Los contendientes no aspiran, por cierto, a quedarse con la sede partidaria de Matheu 130, en el barrio de Once. Lo que buscan es retener para sí mismos la historia del peronismo, aunque ambos sectores lo conciban de manera prácticamente opuesta. Queda claro, entonces, que el PJ no es sólo una cáscara vacía.
Lo sabe, por cierto, Cristina Kirchner, cuyos colaboradores buscan asegurarse por estos días el favor de los intendentes del Gran Buenos Aires. Pero la primera dama no dispensa mucho afecto por estos dirigentes que, no mucho tiempo atrás, formaron la columna vertebral de las filas de Eduardo Duhalde.
Por eso les pide armar actos de campaña en el conurbano con ella como figura excluyente y con un agregado de fuerte connotación simbólica: los intendentes no aparecerán en el palco central junto a la candidata presidencial oficialista, sino a una distancia tan prudente como "políticamente correcta".
También sabe de la incidencia electoral del peronismo Daniel Scioli, quien desechó la idea de completar la fórmula que lo postula a la Gobernación bonaerense con un radical o un transversal "estilo K". El vicepresidente deshoja la margarita, en cambio, ante un menú de dirigentes justicialistas.
Los propios antikirchneristas saben, a su vez, que el peronismo no puede ser una opción testimonial en el terreno electoral. Por eso dejaron correr la versión de que le habían ofrecido la candidatura presidencial a Scioli, y ante su rechazo ahora afirman lo mismo del gobernador cordobés, José Manuel de la Sota.
El presidente Kirchner conoce estas versiones y por eso dejó trascender que una vez concluido su mandato, el 10 de diciembre, se dedicará tiempo completo a estructurar una fuerza política con basamento en el peronismo, para lo cual sus colaboradores no descartan que asuma la presidencia del partido.
Pero el jefe de Estado tampoco descuida al radicalismo y por eso imaginó en su momento la "concertación plural", como la bautizó en plena Plaza de Mayo. Lanzó en ese marco una política de seducción a gobernadores e intendentes de la UCR que se fueron acercando al armado político oficialista.
La iniciativa prosperó al punto de que seguramente el candidato a vicepresidente de Cristina Kirchner será un "radical K", Julio Cobos. El mandatario mendocino lidera este grupo, que está abiertamente enfrentado a la UCR oficial, comandada por el compañero de fórmula de Roberto Lavagna, Gerardo Morales.
La crisis del radicalismo es aún más grave que la del PJ: el partido de Alem e Yrigoyen no tendrá un candidato presidencial propio en octubre, luego de que en 2003 obtuviera sólo el dos por ciento de los votos tras el estrepitoso fracaso de la Alianza, de la cual formó parte fundamental.
Aún así, una porción del electorado argentino se sigue considerando radical y varios referentes de la política nacional surgieron de sus filas, como Elisa Carrió o Ricardo López Murphy.
Por eso su sello sigue siendo codiciado por la dirigencia, tanto oficialista como opositora.
El PJ y la UCR, los dos grandes partidos populares del siglo XX, se encuentran en pleno proceso de recambio. Habrá que ver cómo evoluciona la política argentina en el comienzo del tercer milenio, pero lo cierto es que estas fuerzas siguen siendo parte central de la estructura institucional del país.



