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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 08/mar/2008 de La Auténtica Defensa.

Alta exposición en medio de una cumbre histórica
por Gabriel Profiti




Buenos Aires (Especial de NA) - Ese abrazo entre Álvaro Uribe y Rafael Correa en medio de una catarsis latinoamericana en Santo Domingo dio por superado un conflicto que amenazó con desequilibrar a la región y en el que la presidenta Cristina Kirchner tuvo un alta exposición.

El contrapunto que la propia mandataria tuvo con el jefe de Estado colombiano durante la histórica cumbre del Grupo de Río fue una muestra de ese papel protagónico que asumió no sólo para esta reunión sino para su política exterior.

Sin embargo, su intervención en los últimos días tuvo tantas dosis de exhortación a la paz como de fuerte condena a la incursión colombiana, lo que le impidió dar una contribución decisiva a la resolución del conflicto.

Esto, más allá de que el país integra la comisión especial de la OEA formada para avanzar en una resolución a la controversia, lo cual conlleva un reconocimiento a sus gestiones. Pero ese rol de intermediación en este caso lo asumieron -en medio de fuertes cruces de su colegas- el presidente de México, Felipe Calderón, el canciller de Brasil, Celson Amorim y, sobre todo, el mandatario de República Dominicana Leonel Fernández.

El presidente dominicano fue el gestor de ese acuerdo que desencadenó un dominó de abrazos en el plenario del Grupo de Río y que finalmente pareció derribar barreras ideologías entre países alineados con Estados Unidos y los "antinorteamericanistas".

Cristina ya se había ubicado en la vidriera del conflicto con su paso por Venezuela, donde mantuvo reuniones con Correa, Hugo Chávez y Yolanda Pulecio, la madre de la rehén más emblemática de las FARC, Ingrid Betancourt.

Pero ellos tres son actores de uno de los sectores del conflicto y, del otro lado, el gobierno colombiano mostró cierto reparo en tomarla como referencia para salir del embrollo. El contrapunto Uribe-Kirchner también dejó claro ese punto.

La condena

Latinoamérica coincidió en que la Operación Fénix, por la que Colombia mató al número dos de las FARC en territorio ecuatoriano, resultó un exceso. Y si bien en el acuerdo parcial sellado por ambos países en la OEA no apareció la palabra condena, el documento la incluyó tácitamente.

Colombia recibió el apoyo excluyente de Estados Unidos, que tiene en Uribe a su máximo referente en la región y financia la guerra contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

No obstante, hubo matices en las reacciones y la del gobierno argentino fue una de las primeras y las más duras detrás de Venezuela y Nicaragua, que antes de la terapia de grupo dominicana había roto relaciones con Colombia.

Esa posición indisimulablemente lo acercó a ese polo de gobiernos ubicados al extremo de la cuerda ideológica aunque, a diferencia de ellos, su mensaje por la paz fue contundente.

Distinta fue la posición de Brasil que tuvo una actitud más moderada y priorizó el mensaje de mediación por sobre la censura a la incursión colombiana.

Brasil vio en esta crisis la posibilidad de asumir un liderazgo que le ha costado ejercer, mientras que Estados Unidos buscó sostener su cuña en una región cada vez más díscola a sus pretensiones. Y tanto Uribe como Chávez jugaron sus proyectos de poder fronteras adentro.

En medio de este choque de ideologías e intereses, América Latina finalmente logró separar la paja del trigo. Está claro que la doctrina "Bush" -como fue bautizada por algunos analistas- utilizada por Uribe en Ecuador debe ser condenada, pero hay otros factores en juego y prevaleció la concordia.

Las FARC forman parte de un drama colombiano desde hace 40 años y a Uribe -reelecto en mayo de 2006 con el 62 por ciento de los votos- le ha otorgado dividendos su posición más bien inflexible contra la guerrilla.

Por otra parte, Colombia pidió que Venezuela y Ecuador no cobijen a las FARC y sostuvo que esa situación constituiría una clara intromisión en sus asuntos internos.

Habrá que ver si todas esas polémicas lograron fundirse en el saludo presidencial o si la lucha de doctrinas vuelve a sacudir a una región que no sufre guerras desde 1995.


 
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