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La agenda pública de nuestro país no para de darnos sorpresas. A los conflictos de difícil resolución como los que transitan diariamente por las oficinas públicas, por la cabeza y los discursos políticos de oficialistas y opositores, por el debate en el seno de las familias, por los medios gráficos, radiales y televisivos en cada rincón de la Argentina, tenemos que agregarle uno nuevo: El Tren Bala.
Parecía suficiente ya con la Inflación, con el humo, con el conflicto del campo, con las amenazas a los que claman por justicia, con la inseguridad omnipresente sobre la propiedad de las personas que apenas se distrae o se relaja recibe un incidente sobre su cartera, su vivienda o su automóvil. Con la agenda escondida e inclonclusa sobre el presente y el futuro de la Educación en todos los niveles, con el reclamo sereno y constante de los agentes de la salud pública, con la desolación de los jubilados ante una góndola de supermercado.
Parecía suficiente el estado de crispación de una sociedad que se mira preocupada en el espejo del pasado reciente desde dónde venimos, y que se había olvidado por unos años de la desolación del desempleo y la miseria.
Parecía suficiente pero no. Ahora llega el Tren Bala. En el momento más inoportuno, en el momento dónde todo merece un camino de serenidad, de sensatez, de prudencia.
El viernes pasado dando clases a casi 100 chicos entre 18 y 25 años comprendí la sensación general de repudio, que con sólo nombrar el Tren Bala, representa en un segmento de la sociedad que necesita el tren común o el colectivo. Que padece diariamente el atropello de transportarse como sardinas en latas que en vez de aceite están llenas de monóxido de carbono.
El Tren Bala, que además de sospechado y denunciado por presuntos hechos graves de corrupción, está llevando al gobierno a una menemización asombrosa.
Recolecté opiniones de otros segmentos de la sociedad. Le pregunté a jubilados, a obreros industriales, a vecinas del barrio, a empleados administrativos. No escuché una sola opinión favorable. Ni siquiera de los permanentes difusores de las bondades del gobierno. Ni los cristinistas, ni los pingüinos de pura cepa de la primera, la segunda y la tercera hora pueden sentirse cómodos con la defensa del Tren Bala. Seguro que van a salir cuando reciban las órdenes de echarle la culpa a algún sector golpista que se opone al ingreso en Tren Bala al primer mundo.
Pero de igual modo, esta nueva agenda nacional nos vuelve a poner en el tapete del debate necesario y ya impostergable entre Crecimiento o Desarrollo.
¿No es más pertinente realizar una profunda transformación de los trenes existentes?
¿No es más pertinente realizar un ambicioso plan de viviendas?
¿No es más pertinente realizar un plan de ingreso ciudadano para terminar con la indigencia en la Argentina?
¿No es más pertinente ampliar la red vial nacional?
Preguntas sobre distintas prioridades por sobre la del Tren Bala seguro que habrá muchas. Por cada área de acción pública habrá seguro ambiciosos proyectos y programas que quedarán escondidos, minimizados, tirados a la basura.
¿En Campana ocurre lo mismo?
En nuestra ciudad se exime de pagar a la Central Termoeléctrica Manuel Belgrano en casi $5.000.000.-, sin contar otras tasas.
Se inaugura el complejo de country y hotelería de primer nivel, que no sólo que no paga las tasas municipales eludiendo varios millones de pesos, sino que hasta una concejal del oficialismo tuvo que solicitarle que nombre en sus publicidades que el mismo está ubicado en Campana.
Se inaugura una planta en el parque industrial que no paga sus tasas y que además "lograron" que la provincia de Buenos Aires les de la aptitud ambiental.
Crecer de este modo requiere de una profunda revisión. Tenemos que debatir quién paga más y quien paga menos impuestos. Tenemos que asegurar que cada nuevo emprendimiento industrial y/o comercial que se instala en Campana nos asegure más cloacas, mas pavimento, más servicios. ¿O acaso nos estará agarrando el síndrome del Tren Bala?.



