Siempre en movimiento, su vida fue una película más que una fotografía. Soy un vendedor de ilusiones, decía, y en cuanto cerraba trato para presentar tal o cual espectáculo comenzaba a pensar en otro y otro y así.
Fanático de su trabajo, las calles eran su ambiente y la noche su momento preferido. Obsesivo, controlaba cada detalle en persona para que las cosas salieran como era debido. Sin embargo no disfrutaba de cada presentación: prefería quedarse afuera, imaginando sus próximos pasos.
Admiraba a los artistas, fueran actores o músicos, pero no consumía su arte con la frecuencia que uno imaginaba para alguien dedicado a tal oficio.
Buen oyente de opiniones, requería a sus conocidos -que eran muchísimos, aunque tal vez ninguno de ellos, nosotros, llegara a ser su amigo- pareceres sobre tal o cual nombre, sobre tal o cual disco, película, lo que fuera.
Para su manera de ver el mundo, debía tratarse con igual nivel de profesionalismo una gala en el mejor teatro como un cumpleaños privado o un beneficio en cualquier sociedad de fomento.
A orillas de un vaso de whisky se tranquilizaba como para escuchar jazz o rock por un rato largo. En su oficina o su casa sintonizaba la radio para no perderse nada del mundo. Leía diarios como desayuno, almuerzo, cena. Juntaba papeles que generalmente no encontraba y tenía un buen humor predominante.
Los que muchas veces discutimos con su particular concepción del universo, sabíamos que cualquier discrepancia terminaría en una cena, en un almuerzo, en un trago de buen vino compartido.
Le gustaba más el futuro que el pasado, raramente contaba anécdotas de sus andanzas y lo hacía con espíritu de diversión porque detestaba las nostalgias excesivas.
Nunca desechaba idea alguna, por más fantasiosa que pareciese y si le proponían algo lo trabajaba durante meses hasta concretarlo o dejarlo de lado sin cerrar la puerta a una posible realización.
Generoso de los que da lo que gustaría de guardar pero prefiere lo disfrute otro, junto a su mujer Viviana, amaba a los animales y las plantas. Se conmovía por cualquier tropiezo familiar que sufrían sus conocidos como si fuese propios. Tal vez temiera a la vejez, vaya a saber. Pero no parecía tener su edad. Es que soy más rápido que el tiempo, se reía. Y tenía una de las sonrisas más cautivantes que recuerde.
Fue el promotor de un legendario boliche llamado Soko´s, donde hizo debutar su pasión por la presentación de músicos. Allí aparecieron por primera vez en Campana nombres como Juan Carlos Baglietto, Hugo Díaz, Enrique Villegas, Víctor Heredia, Lito Vitale, Silvina Garré, Marilina Ross, Alejandro Lerner, Hernán Oliva, Chico Novarro y una lista interminable de talentos.
Siempre a un costado de la escena, gozaba con pasar inadvertido. Siempre apurado, dejaba en suspenso encuentros para disfrutar de un vino con alegría. Era su forma de asegurarse el porvenir, tirando piedritas hacia delante para encontrarlo.
Oscar fue un tipo de buena madera. Eso, en los tiempos que corren, no abunda. La historia dirá que una noche salió hacia acá y fue tan rápido que entró en la mañana siguiente antes de que pudiéramos alcanzarlo.
Osvaldo Croce



