Buenos Aires (Especial de NA) -- El convulsionado mundillo peronista entrega por estos días notorias señales de fragmentación, que podrían llevar a Néstor Kirchner a intentar una supervivencia en otros andariveles políticos, tras su forzada renuncia a la jefatura del PJ a raíz de la derrota electoral oficialista.
Kirchner coquetea con la idea de armar un polo de centroizquierda que le otorgue algún sustento al Gobierno, en medio de su enojo con gobernadores, intendentes y jefes sindicales justicialistas que según su criterio no se empeñaron demasiado en salvar al kirchnerismo del fracaso electoral. Algunos militantes del "campo popular" se ilusionan, incluso, con la posibilidad de que Kirchner anuncie el próximo domingo, cuando se cumplirá un nuevo aniversario de la muerte de Eva Perón, el inicio de un proyecto para aglutinar a diversos sectores por afuera de la estructura justicialista.
Ese día, el 26 de julio, grupos oficialistas como los piqueteros del Movimiento Evita, los intelectuales de Carta Abierta y los seguidores de Luis D´Elía se reunirán -hasta ahora por separado- para homenajear a Evita y debatir qué rumbo político tomarán en el nuevo escenario que plantea la Argentina. Todos ellos han recibido escasas señales políticas de Kirchner, quien tras la derrota electoral sólo altera su reclusión en Olivos para encerrarse en El Calafate, pero a la vez saben de algunas comunicaciones del ex presidente con referentes del espacio como el diputado electo Martín Sabbatella.
También apuntan que Kirchner buscará acercarse al gobernador de Santa Fe, el socialista Hermes Binner, habida cuenta de que ambos tienen un rival en común, el senador en funciones y a la vez electo para un nuevo período Carlos "Lole" Reutemann.
Otro nombre que suena con insistencia entre estos grupos oficialistas "no pejotistas" es el de Fernando "Pino" Solanas, el diputado electo que viene de dar un batacazo político en la Capital Federal y al que algunos mencionan como el hombre indicado para pilotear la nacionalización del petróleo.
"Tenemos que dejar de hacer la plancha, porque así la derecha nos lleva puestos", razonan en la periferia del Gobierno, donde pregonan la idea de que la única manera de salvar el proceso político del kirchnerismo es embarcar al matrimonio presidencial
en una radicalización ideológica que se plasme en la gestión. Kirchner recibe a diario todas estas opiniones, pero ha dado pocas señales de haberlas asimilado: estuvo preocupado en cuestiones más perentorias, como el recambio del Gabinete de Cristina y la defensa irrestricta de su funcionario dilecto, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.
Sin embargo, su corazón político tira para ese lado, porque se considera "traicionado" por los popes del peronismo y encima comienza a aparecer nuevamente en la escena el fantasma más temido en la Casa Rosada, Eduardo Duhalde, que definitivamente salió del ostracismo al que él mismo se había conminado.
Bien mirado, no obstante, el panorama que tiene Kirchner por delante no le presenta opciones, sino callejones por los cuales podría -con suerte- tomar algún atajo para regresar a la avenida central de la política y contribuir a que su esposa cumpla el mandato presidencial hasta diciembre de 2011.
Esto es así porque el peronismo -en su más amplia acepción- comienza a mirar para otro lado, pese a que aún no se desentiende de la suerte de un gobierno que contribuyó a su revitalización tras la debacle de 2001, cuando a sus dirigentes aturdía el sonoro avance del "que se vayan todos".
Para muestra alcanza un botón: Hugo Moyano, un aliado clave del Gobierno, sufre la más fenomenal embestida a su conducción en la CGT y pese a que cuenta con el respaldo de 120 gremios, nadie podría decir con certeza si será capaz de resistir la presión política a la que está siendo sometido.
De hecho, Moyano se vio obligado a pedir "perdón" a los gremios que cuestionan su conducción, en una muestra de que el sentido de la supervivencia es prácticamente genético en el peronismo, más allá de las inquinas personales.
Por eso el intento de desestabilización de Moyano no se puede explicar sólo como una cuestión de rencores personales entre los popes sindicales. Los "gordos" tienen muchos motivos para querer "bajarlo" de su sitial, pero en el fondo el camionero hizo lo mismo con los Kirchner que ellos en su momento con Carlos Menem.
Son, la mayoría de ellos, exponentes de un "sindicalismo empresarial", cuyos intereses exceden largamente el bienestar de sus afiliados y se posan en la concreción de negocios con el Estado que canjean oportunamente por apoyo al Gobierno de turno, con más fervor por cierto si éste resulta justicialista.
Así, se entiende que el control que Moyano tiene sobre los transportes en el país, donde no sólo lidera a los camioneros sino que también tiene participación en los ferrocarriles, los puertos y ahora en la aviación, a través de la emblemática Aerolíneas Argentinas.
Por si fuera poco, puso un delegado en una caja millonaria para las obras sociales sindicales que funciona en el Ministerio de Salud. Moyano conoce el juego a la perfección: el gremio de los camioneros es el que más aumentos salariales y mejores condiciones laborales consiguió en los últimos años.
Pero todo ello fue a costa de atar su destino al de Kirchner. Y ahora las sombra comienzan a cernirse sobre él. Un efecto similar padece Daniel Scioli. El gobernador de Buenos Aires fue un soldado leal al matrimonio presidencial pese a que muchas decisiones adoptadas en Olivos no le agradaron.
A diferencia del vicepresidente Julio Cobos, Scioli aguantó el "chubasco" al que lo sometieron los Kirchner en la cúspide de su popularidad y llegó a la Gobernación de la provincia más poderosa del país. Pero ahora procura no caer en alguna de las inmumerables grietas que se abrieron en el PJ bonaerense.
Por eso el primer referente opositor invitado al diálogo en La Plata será Francisco De Narváez. Se sabe que el diputado electo, vencedor de Kirchner en las últimas elecciones, tiene una especial predilección por el justicialismo y que no descarta participar de su reorganización en el futuro.
Entre Scioli y De Narváez aparece Duhalde, casi como una bisagra. El histórico caudillo bonaerense habría entrado en contacto con el gobernador en los últimos días, al tiempo que dejó trascender su bronca con "el colorado" porque no le atendió el teléfono tras las elecciones legislativas.
Kirchner aparece ajeno a todas estas movidas aún subterráneas. No es que las desconozca, porque sus sabuesos siguen atentos, pero ya no las controla. El peronismo ya está mirando hacia otra parte.
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