La última semana cerró con un nuevo avance del gobierno nacional en su intención de acumular poder a corto plazo. La media sanción de la Ley de Radiodifusión con 250 modificaciones respecto del proyecto original y prácticamente sin debate en la Cámara de Diputados demuestra cómo a dos meses de la derrota electoral este gobierno se empeña en crear sus propios fantasmas con el único fin de retener a toda costa el efímero poder. En concreto, la Ley de Radiodifusión que ocupa la agenda no es un tema prioritario en este contexto de crisis económica y social sino una nube de humo más para distraer a la opinión pública.
El Proyecto, además, ha sido objetado por todas las fuerzas opositoras significativas (el PRO, la UCR, la CC) porque incorpora varios puntos polémicos que colisionan contra principios básicos de la libertad de prensa, el pluralismo y la seguridad jurídica. Entre otros aspectos, cabe citar que lesiona la libertad de expresión por cuanto genera un fuerte intervencionismo estatal en los contenidos (art. 65 del Proyecto de ley), no regula la pauta de publicidad oficial, hace discrecional el otorgamiento de licencias (art. 33 y 34), no permite a un mismo operador tener cable y TV abierta en una misma zona, y genera un marco para que medios estatales y paraestatales sean los únicos con alcance nacional.
En otro orden, afecta el pluralismo porque restringe la producción de señales nacionales de noticias permitiendo que los titulares de licencias de cable sólo puedan producir lo que se llama "canal local". Finalmente, lesiona la seguridad jurídica por cuanto la ley es retroactiva y, en consecuencia, inconstitucional ya que no respeta las licencias de los medios actuales.
En perspectiva, esta iniciativa se inscribe en un marco más amplio de una concepción del poder que enfatiza la "imagen" por sobre la "realidad" y por tanto privilegia el "corto plazo" y descuida el "mediano y largo plazo".
Por la imagen, se ataca a la prensa en forma intermitente (y esta ley es un avance más para coartar la libertad de expresión, particularmente de los que informan lo que el gobierno no quiere); se alteran las estadísticas oficiales (el INDEC pasa a decir lo que el gobierno quiere y no lo que pasa en la economía y sociedad argentina); y se acumulan distorsiones en la economía para ocultar las graves distorsiones que se acumulan (sólo a título de ejemplo cabe citar que gran parte de los "precios" de la economía -transporte, servicios públicos, etc.- están sostenidos por subsidios estatales financiados cada vez con mayor esfuerzo).
Esta visión del poder es cortoplacista y táctica. Esto es así porque a mediano y largo plazo, las consecuencias inevitablemente se pagan. En materia política, el gobierno recuperó poder (o capacidad de daño) a corto, pero no recupera el consenso porque su imagen se sigue deteriorando y se encamina a una derrota en 2011.
En consecuencia es también táctica porque no conduce a otra cosa que el manejo del día a día.
Esto está inscripto en una visión absolutista del poder donde "el otro" no tiene espacio. Mientras todo esto sucede, mientras la vida nacional se enreda en problemas que se continúan inventando donde no los había, los problemas urgentes no se atienden y los problemas importantes se acumulan. A esta altura no se puede esperar que nuestros gobernantes actuales cambien.
Para ellos sólo hay lugar para sus vanidades y sus negocios. La vida cívica argentina se tiene que concentrar en construir los espacios de oposición que, con consensos en temas fundamentales, permitan hacer una ordenada transición de 2011 en adelante, mientras a corto plazo se esfuercen en contener los desvaríos de un gobierno que perdió el tren de la historia y el interés en solucionar los problemas del país.
En este sentido, el apoyo de la población a líderes moderados (Macri, Reutemann, Sóla, De Narváez, Cobos) es una señal positiva y se enmarca en una tendencia regional en el cono sur (Brasil, Uruguay, Chile) que permiten abonar una dosis de sano optimismo sobre el futuro del país y la región. Es hoy, más que nunca, donde los argentinos debemos participar para dar lugar a nuevos dirigentes, para construir equipos y organizaciones, para afianzar instituciones, en definitiva para fijar los cimientos de un país que aproveche las oportunidades del mundo para crear bienestar para sus habitantes y devolverles a ellos el poder para forjar sus propios destinos.



