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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 29/oct/2009 de La Auténtica Defensa.

Leyenda primaveral: Una brisa energética
Por Nora Basualdo Esteban




La historia aconteció hace miles de décadas perdidas en el tiempo, en una de las provincias del sur argentino. Con la llegada de los colonizadores procedentes del nuevo mundo, la comunidad indígena comenzó a sufrir cambios radicales. Tribus completas eran tomadas como esclavas y algunas mujeres raptadas para convertirlas en esposas. Solo una tribu de ese territorio había logrado exiliarse e instalarse en una inhóspita región, cerca de un extenso río.

En el transcurso de unos meses, para desconcierto de la tribu, ante las evidencias la hija del cacique confiesa a su padre que se encontraba esperando un hijo de un colono, del que cuál se había enamorado perdidamente. Ante el deshonor hacia su comunidad indígena, fue recluida en una choza, en donde era alimentada y atendida por dos indias adolescentes. Meses mas tarde dio a luz: un hermosísimo varón y el cacique al ver a su nieto un ser tan frágil decide finalizar el castigo.

Aunque ellos deseaban llevar una vida normal, no lo conseguían, eran victimas de continuas discriminaciones. El niño había heredados los rasgos físicos idénticos de su padre, una cabellera tan rubia y resplandeciente como los rayos del sol y los ojos color celeste como el infinito cielo.

Transcurrió su infancia tolerando actitudes injustas de los demás indios. Solía caminar por el monte para no ser molestado, imaginándose protegido por su amigo el sol recolectaba frutos y los secos, acostumbraba cultivarlos. Una de esa tarde al regresar, su madre le comunica que su padre había logrado ubicarlo, por medio de un mensajero indio y deseaba conocerlo.

Al día siguiente se dirigieron a las orillas del río Dorado, lugar del encuentro. El padre se les acerca lentamente y lo rodeó con un sincero abrazo sanguíneo; luego de dialogar por unos minutos, este le propone llevárselos a España. Ante la negativa de la madre que no deseaba abandonar sus raíces, consulta a su hijo y este le responde: -¡Nunca abandonaría a mi madre, ella lucho mucho por mí y por nuestros orígenes!-

El padre comprendió su decisión y antes de marcharse, le ofreció una bolsa de quince semillas color limonado como su cabello y le expresó: -¡Estas semillas representan parte de tu otro origen, siémbralas y veras como serás respetado por tu comunidad!- Mientras observaba a su padre alejarse para siempre, él sostenía en sus manos, el obsequio como si fuera el tesoro mas apreciado.

Al día siguiente, decide sembrarlas en un sector de la tierra cercana a una pequeña cascada, para facilitar su riego. Envuelto en su entusiasmo, no se percató que seis niños lo estaban persiguiendo.

Cuando lo atraparon, al resistirse para no ser lo despojado de la bolsa, en medio de la lucha es empujado y su cabeza golpea sobre una roca puntiaguda, hiriéndolo de gravedad. Estos se acercaron para continuar humillándolo y al observar el pequeño charco de sangre emanando de su nuca, se asustan y emprenden la huida.

El niño desangrándose sostenía la única semilla que había podido proteger. Mientras la observaba ante el último suspiro de vida, esta cae sobre la tierra y sus ojos derramaron las últimas lágrimas cayendo sobre la semilla.

Su aliado el sol único testigo de la escena y la brisa energética de la primavera que comenzaba a invadir toda la región; transforman al niño ya sin vida en fuertes rayos de luces amarillas y al fusionarlo con la semilla apenas germinada surge un pequeño brote que posteriormente se convierte en una espigada planta, adornada por dos carreras de quince o más granos de cada lado, con una minúscula varita amarillenta, como el cabello del indiecito asesinado.

Cuando los agresores regresaron, el hechicero al ver sus rostros en segundos tuvo la visión del penoso hecho. Minutos mas tarde, el cacique decide la expulsión de los culpables hacia al monte de los castigos, en donde reinaba la oscuridad absoluta.

La tribu fue en busca de su cuerpo y al llegar al sitio, se encontraron que este estaba poblado por un fructífero trigal y en el exacto lugar que había yacido el indio había una mancha de sangre con una planta de trigo en el centro, más crecida que las demás, en la que sus varitas doradas brillaban destacándose entre las demás.

Luego de unos meses descubrieron que con el proceso de amacharla, producían la harina y cocinándola obtenían el pan, para alimentarse.

El cacique y la comunidad indígena le pidieron perdón a su madre, porque tomaron conciencia que el niño no era diferente a ellos y su bondad logro cambiar la realidad de su tribu.

Todo los años en la fecha de su natalicio, les rendían un sagrado homenaje en el sitio donde sus ojos se habían cerrados para siempre.

La autora es ex alumna del Taller de Periodismo
y Comunicación. Director Ismael Garzón

textosjaznobas@yahoo.com.ar


 
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