En estos días estuve pensando mucho en la capacidad que tenemos de aprender. Hay un aprendizaje que es el que realizamos yendo a la escuela.
Para acceder a este saber necesitamos escuchar lo que nos transmiten. Le podemos dar el nombre de educación formal y nos informa.
No es de ése del que hablo, sino del otro aprendizaje, del que nos forma. Este que está más cercano a la capacidad de percepción. Nacemos abiertos y vamos recibiendo marcas que vienen desde el exterior. En el primer momento necesitamos la presencia de lo externo. Simplificando mucho lo incorporamos si nos place y lo rechazamos si no.
Posteriormente lo esperable es que ese primer objeto, a cuya semejanza se instalan nuestras elecciones posteriores, pueda desaparecer y que conservemos algo de él grabado en nuestra interioridad. Lo llamamos representación. Es algo muy preciado e intentamos recurrir a él, buscando y buscando, recordándolo, o ligándolo a recuerdos más o menos cercanos, pero para nuestra sorpresa, no lo encontraremos jamás…Podremos pasarnos la vida buscando a eso perdido; o podremos iniciar otros caminos que nos posibiliten desplegarnos.
Y buscando, se me apareció esta historia, incluida en El Círculo de mentirosos, de Claude Carrière, que puede ayudar a entender esta idea:
"Se cuenta de un hombre al que un anciano sabio reveló un secreto fabuloso llamado "la Piedra de Toque". Se trataba de hallar dicho talismán tras lo cual estaría a su alcance todo aquello que deseara. La Piedra de Toque podría encontrarse, según le informó el sabio, entre los guijarros de una playa. Todo cuanto debía hacer era pasear por la orilla e ir recogiendo guijarros. Si una de esas piedras la sentía tibia al tacto, cosa contraria a lo que suele suceder con los guijarros, habría encontrado la Piedra de Toque.
El hombre se marchó inmediatamente a su casa y decidió dedicar una hora cada día a la búsqueda de tal tesoro. Y cada mañana al amanecer recogía piedras en la playa. Cuando agarraba un guijarro que sentía frío, lo tiraba al mar. Esta práctica continuó hora tras hora, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Cada guijarro se sentía frío. Cada guijarro era inmediatamente lanzado al mar. Sin embargo, se consolaba pensando que aquella práctica resultaba sana y agradable. De hecho, pasados los años, casi había olvidado la razón de sus paseos matinales por la playa, disfrutaba mirando el mar, observando el oleaje y escuchando a las gaviotas; recoger y tirar los guijarros pasó a ser casi un juego divertido, un hábito.
Pero entonces, tarde en una mañana, sucedió que tomó un guijarro que sintió tibio, a diferencia de los demás. El hombre, cuya conciencia apenas percibió la diferencia, lo lanzó al mar. Ni siquiera se dio cuenta que había tirado La Piedra de Toque. El tesoro cuya búsqueda había comenzado hace tantos años…"
Nos podemos quedar por hoy con la idea que en tanto en la vida nos dejemos llevar por el fluir, de facilitar la circulación de ideas estaremos en mejor condición de aprehender, podremos ampliar algunos saberes y mejorar nuestras opciones…
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